lunes, 28 de marzo de 2016

Llevabas

              Atardecer en Kilauea Kauai, Alfred Richard Gurrey (1914)

Llevabas
en los pies arena blanca
de una playa desconocida.
Por eso
cuando a mí llegaste
no sentí tus pisadas.
Llevabas
en la voz desnuda
un compás de espera.
Por eso
cuando me hablaste
no pude medir tu voz.
Llevabas
en las manos abiertas
espuma blanca de aquel mar.
Por eso
de tu bienvenida
no pude conservar la huella.
Todo tú
venías en mi busca
y no pude reconocerte.
¡Arena blanca, compás de espera, espuma blanca!
¡Inquieto sueño de la verde orilla,
rizado de preguntas...!

Josefina de la Torre
(Marzo incompleto, 1968)

lunes, 21 de marzo de 2016

Uno de esos instantes que se vive

                    Descanso, Frederick Carl Frieseke (c. 1916)
                                                                                                                ...Desde el umbral del sueño me
                                                                                                                                                      llamaron...
                                                                                                                                         Antonio Machado
Uno de esos instantes que se vive
no se sabe en qué mundo, ni en qué tiempo,
que no se siente el alma y en que apenas
se siente el existir de nuestro cuerpo,
mi corazón oyó que lo llamaban
desde el umbral en niebla de algún sueño.

Para decirme su mensaje extraño,
aquella voz venía de tan lejos,
que más que voz de sueño parecía,
en su misterio gris, sombra de un eco.

Sentada estaba yo en aquel instante
en un muelle sillón de terciopelo.
Mis brazos se apoyaban en sus brazos
­–¡qué desmayados los sentía luego!–.
Después, atravesando los cristales
de un gran balcón que daba al ancho cielo,
una sombra vi entrar. Tal vez la tarde
al irse, entraba a verme… Yo eso creo…

Concha Méndez
(Poemas. Sombras y sueños, 1944)

miércoles, 16 de marzo de 2016

Entrega

 Ninfa con campanillas, Jules Joseph Lefrebve (1834-1912)

Iré a tus manos, limpia, indemne, sin memoria,
renacida de ti y ajena a lo tuyo,
iré a tus manos casta,
desnuda de tus besos.

Sentirás al ceñirme que una rosa de nieve
insinúa en tus palmas su gélida caricia.
Seré para tu cuerpo el lino apaciguante
que sana y que perdona.

¡Deja que vaya en ti más allá de lo mío,
que abandone mi ser por la gloria del tuyo!
¡Aunque me huyas siempre,
iré a tus manos, muerta!


Ernestina de Champourcín
(Cántico inútil, 1936)

miércoles, 9 de marzo de 2016

Recuerdo de un olvido

                            De buena mañana, Moritz von Schwind (1858)

Se agrandaban las puertas. Yo gigante,
con el recuerdo de mi olvido dentro,
atravesaba las estancias,
golpeando las paredes sordas.

¡Qué collar interior en mi garganta
de palabras en germen, de lamentos
que no podían salir, que se estorbaban
en su gran muchedumbre!

¡Cuánto tiempo de olvido incomprensible!
Siempre ella en su ventana.
Su ventana entre dos nubes
-una y ella- siempre.

Y yo distante, agigantado, loco,
con el recuerdo de mi olvido dentro,
pesándome en el alma su naufragio,
agarrándose, hundiéndome,
en un espeso mar de cielos grises.


Manuel Altolaguirre
(Ejemplo, 1927)

martes, 1 de marzo de 2016

No es el amor quien muere

          Bosque interior con arroyo, Henri Biva (1848-1929)

No es el amor quien muere,
Somos nosotros mismos.


Inocencia primera
Abolida en deseo,
Olvido de sí mismo en otro olvido,
Ramas entrelazadas,
¿Por qué vivir si desaparecéis un Día?

Solo vive quien mira
Siempre ante sí los ojos de su aurora,
Solo vive quien besa
Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

Fantasmas de la pena,
A lo lejos, los otros,
Los que ese amor perdieron,
Como un recuerdo en sueños,
Recorriendo las tumbas
Otro vacío estrechan.

Por allá van y gimen,
Muertos en pie, vidas tras de la piedra,
Golpeando impotencia,
Arañando la sombra
Con inútil ternura.

No, no es el amor quien muere.


Luis Cernuda
(Donde habite el olvido, 1934)

martes, 23 de febrero de 2016

Orfeo

                 Orfeo en un bosque, Henri-Jean Guillaume Martin (1895)

¿Para quién cantas tú, para quién canta
tu alma de luz, el lirio de tu cuello?
¿Para el fuego de Apolo o el cabello
en fuga huracanado de Atalanta?


Árboles, rocas, fieras, mueve, imanta,
bambolea y concentra tu destello
de oro, tu timbre que, si eriza el vello,
desde el orco hasta el cielo nos levanta.
 

Tu voz conduces, intervalas, bañas
en llanto. Se te rompe. Mas perdura
tu mano. Orfeo, que edifica y dice
 

—arrancando a la lira sus entrañas—
las sílabas de un nombre que inaugura,
crea toda la música: ¡Eurídice!


Gerardo Diego
(Cementerio civil, 1972) 

sábado, 20 de febrero de 2016

Quién cabalgara el caballo

                    Bahía de Nápoles, Amandus Adamson (1896)

¡Quién cabalgara el caballo
de espuma azul de la mar!
 

De un salto
¡quién cabalgara la mar!
 

¡Viento, arráncame la ropa!
¡ Tírala, viento, a la mar!
 

De un salto,
quiero cabalgar la mar.
 

¡Amárrame a tus cabellos,
crin de los vientos del mar!
 

De un salto,
quiero ganarme la mar

 Rafael Alberti
(Marinero en tierra, 1925)

martes, 16 de febrero de 2016

Preciosa y el aire

 La pequeña panderetera, François-Alfred Delobbe (1884)

    Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.
En los picos de la sierra
los carabineros duermen
guardando las blancas torres
donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua
levantan por distraerse,
glorietas de caracolas
y ramas de pino verde.

                      *
    Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento, que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira la niña tocando
una dulce gaita ausente.


    Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.


    Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento-hombrón la persigue
con una espada caliente.


    Frunce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantan las flautas de umbría
y el liso gong de la nieve.


    ¡Preciosa, corre, Preciosa,
que te coge el viento verde!
¡Preciosa, corre, Preciosa!
¡Míralo por dónde viene!
Sátiro de estrellas bajas
con sus lenguas relucientes.

                           *
    Preciosa, llena de miedo,
entra en la casa que tiene,
más arriba de los pinos,
el cónsul de los ingleses.


    Asustados por los gritos
tres carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.


    El inglés da a la gitana
un vaso de tibia leche,
y una copa de ginebra
que Preciosa no se bebe.


    Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.


Federico García Lorca
(Romancero gitano, 1928)

miércoles, 10 de febrero de 2016

No sé si el mar es, hoy

            Playa con sol poniente, Jaime Morera y Galicia (1854-1927)

    No sé si el mar es, hoy
–adornado su azul de innumerables
espumas–,
mi corazón; si mi corazón, hoy
–adornada su grana de incontables
espumas–,
es el mar.
                 Entran, salen
uno de otro, plenos e infinitos,
como dos todos únicos.
A veces, me ahoga el mar el corazón,
hasta los cielos mismos.
Mi corazón ahoga el mar, a veces,
hasta los mismos cielos.

Juan Ramón Jiménez 
(Diario de un poeta recién casado, 1916)

sábado, 6 de febrero de 2016

Allá, en las tierras altas

                          Logoyschina, Alexei Kuzmich (1992)

    Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...

    ¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.

    Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.


Antonio Machado
(Campos de Castilla, 1912-1917)

jueves, 4 de febrero de 2016

Fue una clara tarde, triste y soñolienta

             Jardines del Generalife, Santiago Rusiñol (1909)

    Fue una clara tarde, triste y soñolienta
tarde de verano. La hiedra asomaba
al muro del parque, negra y polvorienta...

                        La fuente sonaba.
    Rechinó en la vieja cancela mi llave;
con agrio ruïdo abriose la puerta
de hierro mohoso y, al cerrarse, grave
golpeó el silencio de la tarde muerta.

    En el solitario parque, la sonora
copla borbollante del agua cantora
me guió a la fuente. La fuente vertía
sobre el blanco mármol su monotonía.

    La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano,
un sueño lejano mi canto presente?
Fue una tarde lenta del lento verano.

    Respondí a la fuente:
No recuerdo, hermana,
mas sé que tu copla presente es lejana.

    Fue esta misma tarde: mi cristal vertía
como hoy sobre el mármol su monotonía.
¿Recuerdas, hermano?... Los mirtos talares,
que ves, sombreaban los claros cantares
que escuchas. Del rubio color de la llama,
el fruto maduro pendía en la rama,
lo mismo que ahora. ¿Recuerdas, hermano?...
Fue esta misma lenta tarde de verano.

    —No sé qué me dice tu copla riente
de ensueños lejanos, hermana la fuente.

    Yo sé que tu claro cristal de alegría
ya supo del árbol la fruta bermeja;
yo sé que es lejana la amargura mía
que sueña en la tarde de verano vieja.

    Yo sé que tus bellos espejos cantores
copiaron antiguos delirios de amores:
mas cuéntame, fuente de lengua encantada,
cuéntame mi alegre leyenda olvidada.

    —Yo no sé leyendas de antigua alegría,
sino historias viejas de melancolía.

    Fue una clara tarde del lento verano...
Tú venías solo con tu pena, hermano;
tus labios besaron mi linfa serena,
y en la clara tarde dijeron tu pena.

    Dijeron tu pena tus labios que ardían;
la sed que ahora tienen, entonces tenían.

    —Adiós para siempre la fuente sonora,
del parque dormido eterna cantora.
Adiós para siempre; tu monotonía,
fuente, es más amarga que la pena mía.

    Rechinó en la vieja cancela mi llave;
con agrio ruïdo abriose la puerta
de hierro mohoso y, al cerrarse, grave
sonó en el silencio de la tarde muerta.


Antonio Machado
(Soledades, galerías y otros poemas, 1907)

lunes, 1 de febrero de 2016

Ocaso

          Atardecer sobre la costa de Málaga, Guillermo Gómez Gil (1918)

    Era un suspiro lánguido y sonoro
la voz del mar aquella tarde... El día,
no queriendo morir, con garras de oro
de los acantilados se prendía.

    Pero su seno el mar alzó potente,
y el sol, al fin, como en soberbio lecho,
hundió en las olas la dorada frente,
en una brasa cárdena deshecho.

    Para mi pobre cuerpo dolorido,
para mi triste alma lacerada,
para mi yerto corazón herido,

    para mi amarga vida fatigada...,
¡el mar amado, el mar apetecido,
el mar, el mar, y no pensar en nada!... 

Manuel Machado
(Ars Moriendi, 1922)

sábado, 30 de enero de 2016

Clair de lune

             La Bahía de Nápoles a la luz de la luna, Ivan Aivazovsky (1842)

Votre âme est un paysage choisi
Que vont charmant masques et bergamasques,
Jouant du luth et dansant et quasi
Tristes sous leurs déguisements fantasques;

Tout en chantant sur le mode mineur
L'amour vainqueur et la vie opportune,
Ils n'ont pas l'air de croire à leur bonheur
Et leur chanson se mêle au clair de lune,

Au calme clair de lune triste et beau
Qui fait rêver les oiseaux dans les arbres
Et sangloter d'extase, les jets d'eau,
Les grands jets d'eau sveltes parmi les marbres.


Paul Verlaine
(Fêtes galantes, 1869)

Versión al castellano de Un poema cada día

Claro de luna

Vuestra alma es un paisaje elegido,
Donde encantadoras máscaras y bergamascas
Van tocando el ld y bailando, casi
Tristes bajo sus disfraces caprichosos;

Cantando en el modo menor
Al amor vencedor y la vida oportuna,
No parecen creer en su dicha
Y su canción se mezcla con el claro de luna,

Con el calmo claro de luna triste y hermoso
que hace soñar a las aves en los árboles
Y sollozar de éxtasis a los surtidores,
A los grandes surtidores esbeltos entre los mármoles. 

(Fiestas galantes, 1869)

sábado, 23 de enero de 2016

El Cisne

                          Lohengrin, August von Heckel (1886)

Fue en una hora divina para el género humano.
El Cisne antes cantaba solo para morir.
Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano
fue en medio de una aurora, fue para revivir.

Sobre las tempestades del humano oceano
se oye el canto del Cisne; no se cesa de oír,
dominando el martillo del viejo Thor germano
o las trompas que cantan la espada de Argantir.

¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
del huevo azul de Leda brotó de gracia llena,
siendo de la Hermosura la princesa inmortal,

bajo tus blancas alas la nueva Poesía
concibe en una gloria de luz y de harmonía
la Helena eterna y pura que encarna el ideal.


Rubén Darío
(Prosas profanas, 1896)

sábado, 16 de enero de 2016

Première soirée

   Silver, Albert Joseph Moore (1848-1893)

– Elle était fort déshabillée
Et de grands arbres indiscrets
Aux vitres jetaient leur feuillée
Malinement, tout près, tout près.

Assise sur ma grande chaise,
Mi-nue, elle joignait les mains.
Sur le plancher frissonnaient d'aise
Ses petits pieds si fins, si fins.

– Je regardai, couleur de cire,
Un petit rayon buissonnier
Papillonner dans son sourire
Et sur son sein, – mouche au rosier.

– Je baisai ses fines chevilles.
Elle eut un doux rire brutal
Qui s'égrenait en claires trilles,
Un joli rire de cristal.

Les petits pieds sous la chemise
Se sauvèrent : "Veux-tu finir! "
– La première audace permise,
Le rire feignait de punir!

– Pauvrets palpitants sous ma lèvre,
Je baisai doucement ses yeux :

– Elle jeta sa tête mièvre
En arrière : "Oh! c'est encor mieux!...

Monsieur, j'ai deux mots à te dire... "
– Je lui jetai le reste au sein
Dans un baiser, qui la fit rire
D'un bon rire qui voulait bien...

– Elle était fort déshabillée
Et de grands arbres indiscrets
Aux vitres jetaient leur feuillée
Malinement, tout près, tout près.


Arthur Rimbaud
(Poésies, juillet-octobre 1870)

Versión al castellano de Un poema cada día

Primera velada

Estaba casi desnuda
y grandes árboles indiscretos
a los cristales tendían su follaje
con malicia, cerca, muy cerca.

Sentada en mi sillón,
semidesnuda, juntaba las manos.
En el suelo se estremecían de gusto
sus finos, sus muy finos piececitos.

Miré, de color de cera,
un rayito montaraz
mariposear en su sonrisa
y su seno – mosca en el rosal.

Besé sus finos tobillos,
soltó una risa dulce y brutal
que se desgranaba en claros trinos,
una hermosa risa de cristal.

Sus piececitos bajo la camisa
se escondieron: "¡Quieres parar!"
¡La primera audacia permitida,
la risa fingía castigar!

Sus pobrecitos ojos palpitantes,
bajo mis labios, besé con dulzor:
echó hacia atrás su delicada
cabecita: "¡Oh, mucho mejor...!"

"Señor, te quiero decir..."
Le vertí el resto en el seno
con un beso, que la hizo reír
con risa de consentimiento...

Estaba casi desnuda
y grandes árboles indiscretos
a los cristales tendían su follaje
con malicia, cerca, muy cerca.

(Poesías, julio-octubre de 1870)

Vladimir Bagrov ha realizado esta preciosa versión cantada del poema, que compartimos con vosotros.


domingo, 10 de enero de 2016

¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!


                          Idilio, Lawrence Koe (h. 1908-1911)

LEONARDO.      ¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
                     Porque yo quise olvidar
                     y puse un muro de piedra
                     entre tu casa y la mía.
                     Es verdad. ¿No lo recuerdas?
                     Y cuando te vi de lejos
                     me eché en los ojos arena.
                     Pero montaba a caballo
                     y el caballo iba a tu puerta.
                     Con alfileres de plata
                     mi sangre se puso negra,
                     y el sueño me fue llenando
                     las carnes de mala hierba.
                     Que yo no tengo la culpa,
                     que la culpa es de la tierra
                     y de ese olor que te sale
                     de los pechos y las trenzas.

NOVIA.           ¡Ay qué sinrazón! No quiero
                     contigo cama ni cena,
                     y no hay minuto del día
                     que estar contigo no quiera,
                     porque me arrastras y voy,
                     y me dices que me vuelva
                     y te sigo por el aire
                     como una brizna de hierba.
                     He dejado a un hombre duro
                     y a toda su descendencia
                     en la mitad de la boda
                     y con la corona puesta.
                     Para ti será el castigo
                     y no quiero que lo sea.
                     ¡Déjame sola! ¡Huye tú!
                     No hay nadie que te defienda.

LEONARDO.    Pájaros de la mañana
                     por los árboles se quiebran.
                     La noche se está muriendo
                     en el filo de la piedra.
                     Vamos al rincón oscuro
                     donde yo siempre te quiera,
                     que no me importa la gente
                     ni el veneno que nos echa.


Federico García Lorca
(Bodas de sangre, 1933)

lunes, 21 de diciembre de 2015

Cántico espiritual (fragmento)

 
        Un bosque cerca de Ilsenburg, en el Harz, Peder Mørk Mønsted (1908)

    Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

    Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas;
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.

    Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí, tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:

    El aspirar del aire,
el canto de la dulce Filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.

    Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.


San Juan de la Cruz
      (1542-1591)

domingo, 13 de diciembre de 2015

Irla

             Playa de Waikiki a la luz del sol, D. Howart Hitchkock (1896)

Igandea da hondartzan asmo oneko jendearentzat.
Hango harrabots urruna entzuten da irlatik. 


Uretara sartu gara biluzik,
Anemonak, trikuak, barbarinak ikusi ditugu hondoan.
Begira, haizeak garia bezala mugitzen du urak hondarra.
Urpera sartu eta azpitik begiratu zaitut.
Atsegin dut esku eta zangoen mugimendu geldoa,
Atsegin sabelpeek itsasbelarren forma hartzean.


Lehorrera igo gara. Bero da eta itzal egiten dute pinuek.
Gaziak dira zure besoak, gazia bularra, sabela gazia.
Ilargia itsasoarekin lotzen duen indar berak lotu gaitu geu ere.
Mendeak segundu bihurtu dira eta segunduak mende.
Udare zurituak gure gorputzak.


Anemonak, trikuak, barbarinak ikusi ditugu hondoan.
Igandea da hondartzan asmo oneko jendearentzat.


 Kirmen Uribe  
(Bitartean heldu eskutik, 2001)

Isla

Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.
Desde la isla se oye un rumor lejano.

Vamos al agua desnudos.
Anémonas, salmonetes, erizos.
Mira, el mar mueve la arena
como el viento mueve el trigo.
Bajo el agua te veo.
Me gusta el lento movimiento de brazos y piernas.
Me gusta tu pubis convertido en alga.

Salimos del agua. Hace calor. Hay sombra entre pinos.
Tus brazos están salados, tu pecho salado, tu vientre.
La misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.
Los segundos se confunden con los siglos y los siglos con los segundos.   
Nuestros cuerpos son peras recién peladas.

Anémonas , salmonetes, erizos.
Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.

(Mientras tanto, cógeme la mano, ed. biligüe de 2003)

[Traducción al castellano de Kirmen Uribe, Gerardo Markuleta y Ana Arregi]
 

lunes, 7 de diciembre de 2015

María Soliña


            Versión cantada del poema de Luar Na Lubre, en Camiños da Fin da Terra (2007)

Polos camiños de Cangas
a voz do vento xemía:
ai, que soliña quedache,
María Soliña.

Nos areales de Cangas,
muros de noite se erguían:
ai, que soliña quedache,
María Soliña.

As ondas do mar de Cangas
acedos ecos traguían:
ai, que soliña quedache,
María Soliña.

As gueivotas sobre Cangas
soños de medo tecían:
ai, que soliña quedache,
María Soliña.

Baixo os tellados de Cangas
anda un terror de auga fría:
ai, que soliña quedache,
María Soliña.


Celso Emilio Ferreiro
(Longa noite de pedra, 1962)

Versión en castellano de Un poema cada día

Por los caminos de Cangas
la voz del viento gemía:
¡ay, qué sola te quedaste,
María Soliña !
En los arenales de Cangas,
muros de noche se erguían:
¡ay, qué sola te quedaste,
María Soliña!
Las olas del mar de Cangas
ácidos ecos traían:
¡ay, qué sola te quedaste,
María Soliña!
Las gaviotas sobre Cangas
sueños de miedo tejían:
¡ay, qué sola te quedaste,
María Soliña!
Bajo los tejados de Cangas
anda un terror de agua fría:
¡ay, qué sola te quedaste,
María Soliña!

(Larga noche de piedra, 1962) 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Interior de cafè

Autorretrato delante de un espejo, Henri de Toulouse-Lautrec (1882-1883) 

En un mirall de la paret d'enfront
hi ha el meu rostre, que em mira solitari
com si veiés passar els trens de l'infància
Vivíem en un pis petit i fosc
vora l'estació. Vivia sol
amb la càlida por del pare i de la mare
i una germana morta.

Però al fons,
en l'hivern del mirall, per la finestra,
veig les vies cobertes per la neu.
Sé què em passa. Començo a ser feliç.
 

Joan Margarit
(Misteriosament feliç, 2008)

 

En un espejo, en la pared de enfrente,
mi rostro me contempla solitario
como viendo pasar los trenes de la infancia.
El nuestro era un pequeño piso oscuro
cerca de la estación. Vivía solo
con el cálido miedo de mi padre y mi madre
y con mi hermana muerta.

Al fondo, en el invierno del espejo,
veo, a través de la ventana,
los raíles cubiertos por la nieve.
Sé qué me pasa: empiezo a ser feliz.


[Traducción al castellano del propio autor, de su edición bilingüe Misteriosamente feliz, Visor, 2009)
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