viernes, 20 de febrero de 2015

Unos cuerpos son como flores

                   Cuando viene el otoño, Robert Le Madec (1899)

Unos cuerpos son como flores,
Otros como puñales,
Otros como cintas de agua;
Pero todos, temprano o tarde,
Serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden,
Convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un hombre.

Pero el hombre se agita en todas direcciones,
Sueña con libertades, compite con el viento,
Hasta que un día la quemadura se borra,
Volviendo a ser piedra en el camino de nadie.

Yo, que no soy piedra, sino camino
Que cruzan al pasar los pies desnudos,
Muero de amor por todos ellos;
Les doy mi cuerpo para que lo pisen,
Aunque les lleve a una ambición o a una nube,
Sin que ninguno comprenda
Que ambiciones o nubes
No valen un amor que se entrega.


Luis Cernuda
(Los placeres prohibidos, 1931)

miércoles, 18 de febrero de 2015

La aurora

                   Puente de Brooklyn, Joseph Stella (1919-1920)

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.


Federico García Lorca
(Poeta en Nueva York, 1929-1930)

lunes, 16 de febrero de 2015

Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca


          Fragmento de Go West, película interpretada y dirigida por Buster Keaton (1925)

1, 2, 3 y 4.
En estas cuatro huellas no caben mis zapatos.
Si en estas cuatro huellas no caben mis zapatos,
¿de quién son estas cuatro huellas?
¿De un tiburón,
de un elefante recién nacido o de un pato?
¿De una pulga o de una codorniz?

(Pi, pi, pi.)

¡Georginaaaaaaaaaaaaa!
¿Dónde estás?
¡Que no te oigo, Georgina!
¿Qué pensarán de mí los bigotes de tu papá?
 

(Paapááááááá.)
¡Georginaaaaaaaaaa!
¿Estás o no estás?
Abeto, ¿dónde está?
Aliso, ¿dónde está?
Pinsapo, ¿dónde está?
¿Georgina pasó por aquí?

(Pi, pi, pi, pi.)

Ha pasado a la una comiendo yerbas.
Cucú,
el cuervo la iba engañando con una flor de reseda.
Cuacuá,
la lechuza, con una rata muerta.

¡Señores, perdonadme, pero me urge llorar!
(Guá, guá, guá)

¡Georgina!
Ahora que te faltaba un solo cuerno
para doctorarte en la verdaderamente útil carrera de ciclista

y adquirir una gorra de cartero.

(Cri, cri, cri, cri.)

Hasta los grillos se apiadan de mí
y me acompaña en mi dolor la garrapata.
Compadécete del smoking que te busca y te llora entre aguaceros

y del sombrero hongo que tiernamente
te presiente de mata en mata.

¡Georginaaaaaaaaaaaaaaa!
 

(Maaaaaaa).

¿Eres una dulce niña o eres una verdadera vaca?
 

Mi corazón siempre me dijo que eras una verdadera vaca.
Tu papá, que eras una dulce niña.
Mi corazón, que eras una verdadera vaca.
Una dulce niña.
Una verdadera vaca.
Una niña.
Una vaca.
¿Una niña o una vaca?
O ¿una niña y una vaca?
Yo nunca supe nada.

                                      Adiós, Georgina.
                                                                     (¡Pum!)


Rafael Alberti
(Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, 1929)

sábado, 14 de febrero de 2015

Far West

 Imagen de Águila Blanca, película del oeste dirigida por Fred Jackman y W. S. Van Dyke en 1922

¡Qué viento a ocho mil kilómetros!
¿No ves cómo vuela todo?
¿No ves los cabellos sueltos
de Mabel, la caballista
que entorna los ojos limpios
ella, viento, contra viento?
¿No ves
la cortina estremecida,
ese papel revolado
y la soledad frustrada
entre ella y tú por el viento?

Sí, lo veo.
Y nada más que lo veo.
Ese viento
está al otro lado, está
en una tarde distante
de tierras que no pisé.
Agitando está unos ramos
sin dónde,
está besando unos labios
sin quién.
No es ya viento, es el retrato
de un viento que se murió
sin que yo le conociera,
y está enterrado en el ancho
cementerio de los aires
viejos, de los aires muertos.

Sí le veo, sin sentirle.
Está allí, en el mundo suyo,
viento de cine, ese viento.


Pedro Salinas
(Seguro azar, 1929)

miércoles, 11 de febrero de 2015

Evasión

                            El arcoíris, Robert Delaunay (1913)

Acabo de desorbitar
al cíclope solar

Filo en el vellón

de una nube de algodón
a lo rebelde a lo rumoroso
a lo luminoso y ultratenebroso

Los vientos contrarios sacuden las velas
de mis carabelas

¿Te quedas atrás Peer Gynt?


Las cuerdas de mi violín
se entrelazan como una cabellera
entre los dedos del viento norte

Se ha ahogado la primavera

mi belleza consorte

Finis terre la

soledad del abismo

Aún más allá

Aún tengo que huir de mí mismo


Juan Larrea
(Versión celeste, 1919-1931)

domingo, 8 de febrero de 2015

El Chato de las Vistillas

 La Plaza Mayor de Madrid en Pascua de Navidad, Francisco Ortego Vereda (1860)

El Chato de las Vistillas
le decía al de Pozuelo:
–No hay quien conozca cual yo
el gran mundo madrileño.
Tengo buenas relaciones
y buenos conocimientos
desde la Bombi hasta el Rastro
y desde el Rastro al Estrecho.
Conozco a los maleantes
que van al Pardo al ojeo
y a los que cazan con liga
en el Cerro del Pimiento.
Tengo amigos en las tascas,
tabernas y merenderos
que se extienden desde el Puente
hasta el Pico del Pañuelo.
Soy parroquiano efectivo
del bodegón del Infierno,
de la tasca de la Blasa
y el café de Naranjeros.
Ni la Ronda de Segovia,
ni la Ronda de Toledo
tienen para mí tapujos
que no conozca de lleno.
El juego de las tres cartas
y otros juegos de embeleco
son para mí el abecé
del arte de los enredos.
El centro de los Madriles
ese también es mi centro;
y la calle de la Aduana
y la calle de Tudescos
las conozco palmo a palmo
y las tengo así en los dedos.
Supongo que alguna vez
habrá que ir a la Modelo;
pero allí tengo también
amigos de pelo en pecho
y personas muy decentes,
que son unos caballeros.

Pío Baroja
(Canciones del suburbio, 1944)

jueves, 5 de febrero de 2015

Castilla

                   Ávila, Aureliano de Beruete y Moret (1909)

     Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
                 al cielo, tu amo.
     Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
                  del noble antaño. 

     Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
                 y en ti santuario.

     Es todo cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
                aquí, en tus páramos.

     ¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
                desde lo alto!


Miguel de Unamuno
(Poesías, 1907)

lunes, 2 de febrero de 2015

A lo lejos

                         La sonata, Childe Hassam (1911)

A lo lejos resonaban las cadencias de un piano
que jemía las nostalgias de una májica canción,
y extasiado en la amargura de aquel éxtasis lejano,
derramaba triste llanto mi doliente corazón.

Yo soñaba en la ternura suave y lenta de la mano
que arrancaba del piano tan amarga vibración,
y mis besos se perdían en la bruma del arcano
que absorbía con su sombra la dulcísima aflicción.

¡Ay, quién sabe si aquel alma era hermana de la mía
y soñando con mi alma mitigaba su pesar!
La agonía de sus quejas era igual a mi agonía,

su sollozo melancólico me obligaba a sollozar...
¡Oh, las almas que se adoran de una tarde en la harmonía
y consuelan sus martirios sin poderse nunca amar!


Juan Ramón Jiménez
(Rimas, 1902)

sábado, 31 de enero de 2015

XV

           Carrera del Darro, Darío de Regoyos (1857-1913) 

     La calle en sombra. Ocultan los altos caserones
el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.
      ¿No ves, en el encanto del mirador florido,
el óvalo rosado de un rostro conocido?
      La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,
surge o se apaga como daguerrotipo viejo.
      Suena en la calle solo el ruido de tu paso;
se extinguen lentamente los ecos del ocaso.
      ¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón... ¿Es ella?
No puede ser... Camina... En el azul la estrella.


Antonio Machado
(Soledades, galerías y otros poemas, 1907)

sábado, 24 de enero de 2015

Cantares

 
                          Alegrías, Julio Romero de Torres (1917)

     Vino, sentimiento, guitarra y poesía
hacen los cantares de la patria mía.
Cantares...
Quien dice cantares dice Andalucía.

      A la sombra fresca de la vieja parra,
un mozo moreno rasguea la guitarra...
Cantares...
Algo que acaricia y algo que desgarra.

      La prima que canta y el bordón que llora...
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares...
Son dejos fatales de la raza mora.

      No importa la vida, que ya está perdida,
y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?...
Cantares...
Cantando la pena, la pena se olvida.

      Madre, pena, suerte, pena, madre, muerte,
ojos negros, negros, y negra la suerte...
Cantares...
En ellos el alma del alma se vierte.

      Cantares. Cantares de la patria mía,
quien dice cantares dice Andalucía.
Cantares...
No tiene más notas la guitarra mía.


Manuel Machado
(Alma, 1902)

domingo, 18 de enero de 2015

Canción de otoño en primavera

Ninfa en el bosque, Charles-Amable Lenoir (1860-1926)

    Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.
    Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y aflicción.

    Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

    Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé... 

    Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver...!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...
    La otra fue más sensitiva,
y más consoladora y más
halagadora y expresiva,

cual no pensé encontrar jamás. 
    Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía... 

    En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé...
Y le mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe... 

    Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer... 

    Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón
    poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad:

    y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también... 

    Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
¡y a veces lloro sin querer! 

    ¡Y las demás!, en tantos climas,
en tantas tierras, siempre son,
si no pretextos de mis rimas,
fantasmas de mi corazón. 

    En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar! 

    Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris me acerco
a los rosales del jardín... 

    Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!...
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...
    ¡Mas es mía el Alba de oro!


Rubén Darío
(Cantos de vida y esperanza, 1905)

domingo, 11 de enero de 2015

Les coquillages


 
Pequeñas gaviotas a orillas del mar en Belle-Isle, Octave Penguilly L'Haridon (1858)

Chaque coquillage incrusté
Dans la grotte où nous nous aimâmes
A sa particularité.

L'un a la pourpre de nos âmes
Dérobée au sang de nos coeurs
Quand je brûle et que tu t'enflammes;

Cet autre affecte tes langueurs
Et tes pâleurs alors que, lasse,
Tu m'en veux de mes yeux moqueurs;

Celui-ci contrefait la grâce
De ton oreille, et celui-là
Ta nuque rose, courte et grasse;

Mais un, entre autres, me troubla.


Paul Verlaine
(Fêtes galantes, 1869) 

Versión al castellano de Un poema cada día

Cada concha incrustada
En la gruta donde nos amamos
Tiene su particularidad.

Una tiene la púrpura de nuestras almas
Hurtada a la sangre de nuestros corazones
Cuando yo me abraso y tú te inflamas;

Esta otra finge tu languidez
Y tu palidez cuando, fatigada,
Me reprochas mis ojos burlones;

Esta imita la gracia
de tu oreja, y aquella
tu nuca rosa, corta y lustrosa;

Pero solo una, entre todas, me trastornó.

(Fiestas galantes, 1869)

lunes, 29 de diciembre de 2014

Un arbre

                       Primavera en California, Albert Bierstadt (1875)

                     Vius entre l'aire.
                     De nit vas de la terra
                     a les estrelles.
                     Quan seràs mort, encara
                     faràs créixer una flama.


                    Màrius Torres
                     (Poesies, 1947)

Versión al castellano de Un poema cada día

                    Vives entre el aire.
                    De noche vas de la tierra
                    a las estrellas.
                    Cuando hayas muerto, aún
                    harás crecer una llama.

                    (Poesías, 1947)

domingo, 14 de diciembre de 2014

Ojos garzos ha la niña

 
      Joven pastora, William-Adolphe Bouguereau (1868) 

     Ojos garzos ha la niña:
¡quién se los namoraría!
      Son tan bellos y tan vivos
que a todos tienen cautivos,
mas muéstralos tan esquivos
que roban el alegría.
     Roban el placer y gloria,
los sentidos y memoria;
de todos llevan victoria
con su gentil galanía.
     Con su gentil gentileza
ponen fe con más firmeza;
hacen vivir en tristeza
al que alegre ser solía.
     No hay ninguno que los vea
que su cautivo no sea.
Todo el mundo los desea
contemplar de noche y día.

Juan del Encina
(1468-1529)

domingo, 7 de diciembre de 2014

Vuestros ojos que miraron

 
    Retrato de una dama, Domenico Ghirlandaio (1449-1494) 

     Vuestros ojos que miraron
con tan discreto mirar,
hirieron y no dejaron
en mí nada por matar.

     Ellos, aun no contentos
de mi persona vencida, 
me dan atales tormentos
que atormentan mi vida:
después que me sojuzgaron
con tan discreto mirar,
hirieron y no dejaron
en mí nada por matar.

Juan de Mena
(1411-1456)

martes, 2 de diciembre de 2014

¡Cuándo saldréis, el alba galana!

     Salida del sol sobre paisaje con agua, Anna Gardell-Ericson (1853-1939)

¡Cuándo saldréis, el alba galana!
    ¡Cuándo saldréis, el alba!

        Resplandece el día,
        crecen los amores,
        y en los amadores
        aumenta alegría.
        Alegría galana.
    ¡Cuándo saldréis, el alba!

Anónimo
(Siglo XV)

viernes, 28 de noviembre de 2014

E-nas verdes ervas

                          Paisaje forestal, Peder Mørk Mønsted (1908)

E-nas verdes ervas
vi anda-las cervas, 
    meu amigo.

E-nos verdes prados
vi os cervos bravos,
    meu amigo

E con sabor d'elas
lavei mias garcetas,
    meu amigo.

E con sabor d'elos
lavei meus cabelos,
    meu amigo

Des que los lavei,
d’ouro los liei,
    meu amigo.

Des que las lavara,
d’ouro las liara,
    meu amigo

D’ouro los liei,
e vos asperei,
    meu amigo.

D’ouro las liara
e vos asperara,
    meu amigo.

Pero Meogo
(Siglos XIII-XIV)

Versión al castellano de Un poema cada día

En las verdes hierbas
vi andar las ciervas,
    amigo mío.

En los verdes prados,
vi los ciervos bravos,
    amigo mío.

Y con placer de ellas
lavé mis guedejas,
    amigo mío.

Y con placer de ellos
lavé mis cabellos,
    amigo mío.

Cuando los lavé,
de oro los lié,
    amigo mío.

Cuando las lavara,
de oro las liara,
    amigo mío.

De oro los lié,
y os esperé,
    amigo mío.

De oro las liara,
y os esperara,
    amigo mío.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Gar, ¿qué fareyo?

      Mujer de Bagdad, William Clarke Wontner (1900)

Gar, ¿qué fareyo?,
¿cómo vivreyo?
Est' al-habib espero,
por él murreyo.

Anónimo
(siglo XI)

Versión al castellano de Un poema cada día

Dime, ¿qué haré?,
¿cómo viviré?
A este amado espero,
por él moriré.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Soy Rocinante, el famo-

         Don Quijote, Honoré Daumier (h. 1868)

Soy Rocinante, el famo-,
bisnieto del gran Babie-:
por pecados de flaque-,
fui a poder de un don Quijo-;
parejas corrí a lo flo-,
mas por uña de caba-
no se me escapó ceba-,
que esto saqué a Lazari-,
cuando, para hurtar el vi-
al ciego, le di la pa-.

Miguel de Cervantes
(El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, 1605)

Cervantes introduce, tras el prólogo de la primera parte del Quijote, una serie de poemas de tono burlesco,  parodia de los que solían aparecer al comienzo de las novelas de caballerías para elogiar a sus protagonistas. Este, escrito con versos de cabo roto y alusivo a Rocinante, va precedido de la siguiente leyenda: "Del Donoso, poeta entreverado, a Rocinante".

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Te has despertado pronto

     Hombre barbudo sentado, Roger de La Fresnaye (h. 1910)

Te has despertado pronto. Es noviembre. Esta noche
dormiste mal. Y ahora, aturdido, buscas
en la mesilla de tu cuarto, a tientas,
tabaco y fuego. Enciendes un cigarrillo, y miras
el reloj. Hace frío en este hotel. El alba
no llega todavía. Estás cansado. Llueve.
Y aquí, en la oscuridad desapacible
de este cuarto alquilado, muy a solas
contigo mismo, piensas en tu vida.

Eloy Sánchez Rosillo
(Autorretratos, 1989)

martes, 11 de noviembre de 2014

¡Ah! No es cierto, ángel de amor

    Paisaje marino a la luz de la luna, Giuseppe Canella el Joven (1837-1913)

DON JUAN.    ¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, 
                   que en esta apartada orilla
                   más pura la luna brilla
                   y se respira mejor?
                       Esta aura que vaga llena
                   de los sencillos olores
                   de las campesinas flores
                   que brota esa orilla amena;
                   esa agua limpia y serena
                   que atraviesa sin temor
                   la barca del pescador
                   que espera cantando el día,
                   ¿no es cierto, paloma mía,
                   que están respirando amor?
                       Esa armonía que el viento
                   recoge entre esos millares
                   de floridos olivares
                   que agita con manso aliento;
                   ese dulcísimo acento
                   con que trina el ruiseñor
                   de sus copas morador
                   llamando al cercano día,
                   ¿no es verdad, gacela mía,
                   que están respirando amor?
                       Y estas palabras que están
                   filtrando insensiblemente
                   tu corazón, ya pendiente
                   de los labios de don Juan,
                   y cuyas ideas van
                   inflamando en su interior
                   un fuego germinador
                   no encendido todavía,
                   ¿no es verdad, estrella mía,
                   que están respirando amor?
                       Y esas dos líquidas perlas
                   que se desprenden tranquilas
                   de tus radiantes pupilas
                   convidándome a beberlas,
                   evaporarse, a no verlas,
                   de sí mismas al calor;
                   y ese encendido color
                   que en tu semblante no había,
                   ¿no es verdad, hermosa mía,
                   que están respirando amor?
                       ¡Oh, sí!, bellísima Inés,
                   espejo y luz de mis ojos,
                   escucharme sin enojos,
                   como lo haces, amor es:
                   mira aquí a tus plantas, pues,
                   todo el altivo rigor
                   de este corazón traidor
                   que rendirse no creía,
                   adorando, vida mía,
                   la esclavitud de tu amor. 

                   José Zorrilla
                   (Don Juan Tenorio, 1844)

jueves, 30 de octubre de 2014

No salieron jamás

                                     El beso, Carolus-Duran (1868)

No salieron jamás
del vergel del abrazo,
y ante el rojo rosal
de los besos rodaron.
 

Huracanes quisieron
con rencor separarlos.
Y las hachas tajantes.
Y los rígidos rayos.
 

Aumentaron la tierra
de las pálidas manos.
Precipicios midieron
por el viento impulsados
entre bocas deshechas.
Recorrieron naufragios
cada vez más profundos,
en sus cuerpos, sus brazos.
Perseguidos, hundidos
por un gran desamparo
de recuerdos y lunas,
de noviembres y marzos,
aventados se vieron
como polvo liviano:
aventados se vieron:
pero siempre abrazados.


Miguel Hernández
(Cancionero y romancero de ausencias, 1938-1941)

martes, 28 de octubre de 2014

Hora tras hora, día tras día

             Bosque en otoño con arroyo, Bruno Moras (1883-1939)

    Hora tras hora, día tras día,
entre el cielo y la tierra que quedan
             eternos vigías,
como torrente que se despeña
             pasa la vida.

     Devolvedle a la flor su perfume
            después de marchita;
de las ondas que besan la playa
y que una tras otra besándola expiran
recoged los rumores, las quejas,
y en planchas de bronce grabad su armonía.

     Tiempos que fueron, llantos y risas,
negros tormentos, dulces mentiras,
¡ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,
en dónde, alma mía?


Rosalía de Castro
(En las orillas del Sar, 1884)

sábado, 25 de octubre de 2014

Rima XXI

           Retrato de mujer, Pyotr Fyodorovich Sokolov (1826)

     ¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.


Gustavo Adolfo Bécquer
(Rimas, 1871)

jueves, 23 de octubre de 2014

Bella y más pura que el azul del cielo

 The Pink Rose, Charles-Amable Lenoir (1860-1926)

     Bella y más pura que el azul del cielo
con dulces ojos lánguidos y hermosos,
donde acaso el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre candorosos;
tímida estrella que refleja al suelo
rayos de luz brillantes y dudosos,
ángel puro de amor, que amor inspira,
fue la inocente y desdichada Elvira.

     Elvira, amor del estudiante un día,
tierna y feliz de su amante ufana,
cuando al placer su corazón se abría,
como al rayo del sol rosa temprana;
del fingido amador que la mentía,
la miel falaz que de sus labios mana
bebe en su ardiente sed, el pecho ajeno
de que oculto en la miel hierve el veneno.

     Que no descansa de su madre en brazos
más descuidado el candoroso infante,
que ella en los falsos lisonjeros lazos 
que teje astuto el seductor amante;
dulces caricias, lánguidos abrazos,
placeres ¡ay! que duran un instante
que habrán de ser eternos imagina
la triste Elvira en su ilusión divina.

     Que el alma virgen que halagó un encanto
con nacarado sueño en su pureza,
 todo lo juzga verdadero y santo,
presta a todo virtud, presta belleza.
Del cielo azul al tachonado manto,
del sol radiante a la inmortal riqueza.
Al aire, al campo, a las fragantes flores
ella añade esplendor, vida y colores.

     Cifró en don Félix la infeliz doncella
toda su dicha, de su amor perdida;
fueron sus ojos a los ojos de ella
astros de gloria, manantial de vida.
Cuando sus labios con sus labios sella,
cuando su voz escucha embebecida,
embriagada del dios que la enamora,
dulce le mira, extática le adora.

José de Espronceda
(El estudiante de Salamanca, 1839)

sábado, 18 de octubre de 2014

Segundo don Juan Tenorio

 El cantante Franciso d'Andrade como Don Giovanni, Max Slevogt (1912)

     Segundo don Juan Tenorio,
alma fiera e insolente,
irreligioso y valiente,
altanero y reñidor,
siempre el insulto en los ojos,
en los labios la ironía,
nada teme y todo fía
de su espada y su valor.

     Corazón gastado, mofa
de la mujer que corteja,
y hoy despreciándola deja
la que ayer se le rindió.
Ni el porvenir temió nunca,
ni recuerda en lo pasado
la mujer que ha abandonado,
ni el dinero que perdió.

     Ni vio el fantasma entre sueños
del que mató en desafío,
ni turbó jamás su brío
recelosa previsión.
Siempre en lances y en amores,
siempre en báquicas orgías,
mezcla en palabras impías
un chiste a una maldición.

     En Salamanca famoso
por su vida y buen talante,
al atrevido estudiante
le señalan entre mil;
fueros le da su osadía,
le disculpa su riqueza,
su generosa nobleza,
su hermosura varonil.

     Que su arrogancia y sus vicios,
caballeresca apostura,
agilidad y bravura
ninguno alcanza a igualar;
que hasta en sus crímenes mismos,
en su impiedad y altiveza,
pone un sello de grandeza
don Félix de Montemar.

José de Espronceda
(El estudiante de Salamanca, 1839)

domingo, 12 de octubre de 2014

Alfa y Omega

                Puesta de sol sobre el agua, Peder Mørk Mønsted (1900)

     Cabe la vida entera en un soneto
empezado con lánguido descuido;
y apenas iniciado, ya se ha ido
la infancia, imagen del primer cuarteto.

     Viene la juventud, con el secreto
de la vida, que pasa inadvertido,
y que se va también, que ya se ha ido,
antes de entrar en el primer terceto.

     Maduros, a mirar a ayer tornamos
añorantes y, ansiosos, a mañana...;
y así el primer terceto malgastamos.

     Y cuando en el terceto último entramos,
es para ver, con experiencia vana,
que se nos va el soneto... ¡y que nos vamos!


     Pero cuando logramos
tal vez del Arte el mágico secreto,
si la vida se va, queda el soneto.

Manuel Machado
(Sevilla y otros Poemas, 1921)

El estrambote de este soneto no figuraba en la primera edición de la obra.

lunes, 6 de octubre de 2014

El burro flautista

           Imagen procedente del CEDOCAM

Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.

Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.
Acercose a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
«iOh!», dijo el borrico;
«¡qué bien sé tocar!
¡Y dirán que es mala
la música asnal!»
Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.


Tomás de Iriarte
(1750-1791)

viernes, 3 de octubre de 2014

El Amor mariposa

         Amantes en un parque, François Boucher (1758)

     Viendo el Amor un día
que mil lindas zagalas 
huían de él medrosas 
por mirarle con armas, 
     dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo, 
como suya, extremada. 
     Tornose en mariposa, 
los bracitos en alas 
y los pies ternezuelos 
en patitas doradas. 
     ¡Oh! ¡qué bien que parece! 
¡Oh! ¡qué suelto que vaga, 
y ante el sol hace alarde 
de su púrpura y nácar! 
     Ya en el valle se pierde, 
ya en una flor se para, 
ya otra besa festivo, 
y otra ronda y halaga. 
     Las zagalas, al verle, 
por sus vuelos y gracia 
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan. 
     Una a cogerle llega, 
y él la burla y se escapa; 
 otra en pos va corriendo, 
 y otra simple le llama, 
     despertando el bullicio 
 de tan loca algazara 
en sus pechos incautos 
la ternura más grata. 
     Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas 
súbito Amor se muestra, 
 y a todas las abrasa. 
     Mas las alas ligeras 
en los hombros por gala 
se guardó el fementido,
y así a todos alcanza. 
     También de mariposa 
le quedó la inconstancia: 
llega, hiere, y de un pecho 
a herir otro se pasa.

Juan Meléndez Valdés
(1754-1817)
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