domingo, 16 de septiembre de 2018

El oso, la mona y el cerdo


             El oso bailarín, William Frederick Witherington (1822)

Un oso, con que la vida
ganaba un piamontés,
la no muy bien aprendida
danza ensayaba en dos pies.

Queriendo hacer de persona,
dijo a una mona: "¿Qué tal?".
Era perita la mona,
Y respondiole: "Muy mal".

–Yo creo –replicó el oso–
que me haces poco favor.
Pues ¿qué?, ¿mi aire no es garboso?
¿No hago el paso con primor?

Estaba el cerdo presente,
y dijo: "¡Bravo! ¡Bien va!
Bailarín más excelente
no se ha visto ni verá".

Echó el oso, al oír esto,
sus cuentas allá entre sí,
y con ademán modesto,
hubo de exclamar así:

"Cuando me desaprobaba
la mona, llegué a dudar;
mas ya que el cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar".

Guarde para su regalo
esta sentencia un autor:
si el sabio no aprueba, ¡malo!
Si el necio aplaude, ¡peor!


Tomás de Iriarte
      (1750-1791) 

martes, 28 de agosto de 2018

Down by the Salley Gardens


         Versión cantada de este hermoso poema de Yeats por Maura O'Connell y Karen Matheson en 1998

Down by the salley gardens my love and I did meet;
She passed the salley gardens with little snow-white feet.
She bid me take love easy, as the leaves grow on the tree;
But I, being young and foolish, with her would not agree.

In a field by the river my love and I did stand,
And on my leaning shoulder she laid her snow-white hand.
She bid me take life easy, as the grass grows on the weirs;
But I was young and foolish, and now am full of tears. 

W.B. Yeats 
(The Wanderings of Oisin an Other Poems, 1889) 

Versión en castellano 

En el jardín de las acacias 

En el jardín de las acacias mi amor y yo nos encontramos;
por el jardín pasaba ella con sus menudos pies, tan blancos.
Un amor me pidió pausado, cual crece la hoja en el árbol;
pero era yo joven y torpe, y a mi amor no hice caso.

A un campo cerca del río mi amor y yo nos acercamos,
y en mi hombro, hacia ella inclinado, apoyó sus dedos, tan blancos.
Me pidió una vida pausada, cual crece la hierba en el lago;
pero yo era joven y torpe, y ahora me deshago en llanto.

(Cruces de caminos, 1889)

[Versión rimada en castellano de Daniel Aguirre, en Antología poética, W.B. Yeats, Lumen]

sábado, 30 de junio de 2018

El Golem

                       Pierrot, Juan Gris (1919)

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
Habrá un terrible Nombre, que la esencia
Cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
En el Jardín. La herrumbre del pecado
(Dicen los cabalistas) lo ha borrado
Y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
No tienen fin. Sabemos que hubo un día
En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
Sombra insinúan en la vaga historia,
Aún está verde y viva la memoria
De Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
De letras y a complejas variaciones
Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
Sobre un muñeco que con torpes manos
Labró, para enseñarle los arcanos
De las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
Párpados y vio formas y colores
Que no entendió, perdidos en rumores
Y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
Aprisionado en esta red sonora
De Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
A la vasta criatura apodó Golem;
Estas verdades las refiere Scholem
En un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
"Esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga"
Y logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
O en la articulación del Sacro Nombre;
A pesar de tan alta hechicería,
No aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
Y harto menos de perro que de cosa,
Seguían al rabí por la dudosa
Penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
Ya que a su paso el gato del rabino
Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
Pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
Las devociones de su Dios copiaba
O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
En cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
Pude engendrar este penoso hijo
Y la inacción dejé, que es la cordura?


¿Por qué di en agregar a la infinita
Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
Madeja que en lo eterno se devana,
Di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de angustia y de luz vaga,
En su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?


Jorge Luis Borges
(El otro, el mismo, 1964)

lunes, 25 de junio de 2018

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos

                         Dolce far niente, Frederick Arthur Bridgman (h. 1885)

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.

Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.

Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!

Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.


Pablo Neruda 
(Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1924)

sábado, 23 de junio de 2018

Nunca la Poesía entre gramático

                  Lago Ginebra desde Chexbres, Ferdinand Hodler (1905)

Nunca la Poesía entre gramático,
retórico artificio, horro señuelo.
Jamás la hembra para el macho en celo
nada más, sin amor pulcro y extático.

Nunca la Poesía el truco enfático,
la oratoria vacía, el vacuo anzuelo.
Jamás la Hembra la montura en pelo
–funcional– y en decúbito acrobático

nada más. La mujer no solo es nido:
la mujer, algo más que amante gruta
tibia, al socaire del toisón fragante.

También la Poesía: no el manido 
vano artilugio de humos que en voluta
se bebe el viento: no es el solo instante

la Poesía: sino la constante
proyección hacia dentro de la fruta
–del meollo– seor Don Relamido,
–del sentir– mi señora Doña Enjuta,
–del soñar– señorito Don Pedante.

León de Greiff
(Nova et Vetera, 1973)

miércoles, 13 de junio de 2018

Oscuro desamparo

                             Otoñal, Santiago Rusiñol (1910)

Qué tiernamente heridos marchamos por el tiempo,
golpeados por sueños que nunca se cumplieron
o que, al fin, se cumplieron para hacerse recuerdo,
nebulosa región de la melancolía.

Qué leve y largamente
vamos cayendo puros, solitarios, sombríos
como las tristes hojas del otoño
en los brazos de niebla que nos tiende el olvido.

Oh qué orfandad tan terca,
qué oscuro desamparo
este irse alejando beso a beso,
palabra tras palabra, sueño a sueño,
de la hora exacta en que vivir es cántico,
desplegada hermosura,
horizonte naciente de unos labios,
de un nombre,
de una piel sensitiva que llega como un alba hasta la sangre.

Rafael  Morales
(Prado de serpientes, 1982)

domingo, 27 de mayo de 2018

Las caricias

                           La estrella vespertina, Franz von Stuck (h. 1912)

¡Qué música del tacto
las caricias contigo!
¡Qué acordes tan profundos!
¡Qué escalas de ternuras,
de durezas, de goces!
Nuestro amor silencioso
y oscuro nos eleva
a las eternas noches
que separan altísimas
los astros más distantes.
¡Qué música del tacto
las caricias contigo!


Manuel Altolaguirre
(Soledades juntas, 1931)

domingo, 20 de mayo de 2018

Canción de jinete


                                   Paco Ibáñez interpreta este hermoso y trágico poema de Lorca

     En la luna negra
de los bandoleros,
cantan las espuelas.

     Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?

     ...Las duras espuelas
del bandido inmóvil
que perdió las riendas.

     Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!

     En la luna negra
sangraba el costado
de Sierra Morena.

     Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?

     La noche espolea
sus negros ijares
clavándose estrellas.

     Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!

     En la luna negra,
¡un grito! y el cuerno
largo de la hoguera.

     Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?


Federico García Lorca
(Canciones, 1921-1924)

lunes, 14 de mayo de 2018

Yo vengo de un brumoso país lejano

            Jardín señorial, Santiago Rusiñol (1912)

    Yo vengo de un brumoso país lejano,
regido por un viejo monarca triste...
Mi numen solo busca lo que es arcano,
mi numen solo adora lo que no existe.
 

    Tú lloras por un sueño que está lejano,
tú aguardas un cariño que ya no existe,
se pierden tus pupilas en el arcano
como dos alas negras, y estás muy triste.

    Eres mía: nacimos de un mismo arcano
y vamos, desdeñosos de cuanto existe,
en pos de ese brumoso país lejano,
regido por un viejo monarca triste...


Amado Nervo
(Los jardines interiores, 1905)

sábado, 5 de mayo de 2018

El lunarcito

   Una nueva cesta de flores, Federico Andreotti (1847-1930)

        La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?
    ¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?

   ¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
        La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?
    ¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal
    que un val de azucenas
hiende por mitad?
       La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?
    Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;
    mirolo y riose,
y dijo vivaz:
        «La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?»
    En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal;
   y diz que picado,
se le oyó gritar:
       «La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?»
    Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,
    do clama el deseo
al verse estrellar:
       «La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?»

   Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,
    iluso, perdido,
ansiando encontrar,
         la noche y el día
         ¿qué tienen de igual?
    Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.
    ¡Señuelo del gusto!
¡Dulcísimo imán!
        La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?
    Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;
    diciéndome mudo
con cada compás:
       «La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?»

   Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,

   clamando yo al verle
subir y bajar:
        «La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?»

   ¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,
    no así preguntaras,
burlando mi mal:
         «La noche y el día,
         ¿qué tienen de igual?»


Juan Meléndez Valdés
        (1754-1817)
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