sábado, 21 de marzo de 2020

Llamada

     El velo, William-Adolphe Bouguereau (1898)

Que me quemo, 
flor de fuego.

Deja abiertos
los jardines
de tu cuerpo,
que me quemo.

Deja al viento
tejer redes
por mi sueño,
que me quemo.

Deja al tiempo,
tu futuro 
jardinero,
podar ramas
en secreto,
alzar vallas,
talar cuerpos,
cavar pozos
de silencio;
arde ahora
que me quemo.

Que me quemo,
flor de fuego.

Álvaro Tato
(Vuelavoz, 2017)

sábado, 14 de marzo de 2020

Blancanieves se despide de los siete enanos

 
        Blancanieves con los siete enanitos, Victor Mueller (entre 1860 y 1865)

Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra solo la luna a través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora, qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios, qué olor a cerrado, ahora, qué grotescos. Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban. Está en venta el jardín de los cerezos.

Leopoldo María Panero
(Así se fundó Carnaby Street, 1970)

sábado, 29 de febrero de 2020

Aquí Madrid, mil novecientos

                     Madrid, Rafael Forns Romans (1868-1939)

Aquí Madrid, mil novecientos
cincuenta y cuatro: un hombre solo.


Un hombre lleno de febrero,
ávido de domingos luminosos,
caminando hacia marzo paso a paso,
hacia el marzo del viento y de los rojos
horizontes —y la reciente primavera
ya en la frontera del abril lluvioso...—

Aquí, Madrid, entre tranvías
y reflejos, un hombre: un hombre solo.

—Más tarde vendrá mayo y luego junio,
y después julio y, al final, agosto—.

Un hombre con un año para nada
delante de su hastío para todo.


Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

viernes, 21 de febrero de 2020

Esta imagen de ti

               La cinta blanca, Albert Lynch (1860-1950)

Estabas a mi lado
y más próxima a mí que mis sentidos.

Hablabas desde dentro del amor,
armada de su luz.
                  Nunca palabras
de amor más puras respirara.

Estaba tu cabeza suavemente
inclinada hacia mí.
                    Tu largo pelo
y tu alegre cintura.
Hablabas desde el centro del amor,
armada de su luz,
en una tarde gris de cualquier día.

Memoria de tu voz y de tu cuerpo
mi juventud y mis palabras sean
y esta imagen de ti me sobreviva.


José Ángel Valente
(La memoria y los signos, 1966)

jueves, 13 de febrero de 2020

Todo es nuevo quizá para nosotros

          Ciudad francesa a orillas de un río, Jan Monchablon (1854-1904)

Todo es nuevo quizá para nosotros.
El sol claroluciente, el sol de puesta,
muere; el que sale es más brillante y alto
cada vez, es distinto, es otra nueva
forma de luz, de creación sentida.
Así cada mañana es la primera.
Para que la vivamos tú y yo solos,
nada es igual ni se repite. Aquella
curva, de almendros florecidos suave,
¿tenía flor ayer? El ave aquella,
¿no vuela acaso en más abiertos círculos?
Después de haber nevado el cielo encuentra
resplandores que antes eran nubes.
Todo es nuevo quizá. Si no lo fuera,
si en medio de esta hora las imágenes
cobraran vida en otras, y con ellas
los recuerdos de un día ya pasado
volvieran ocultando el de hoy, volvieran
aclarándolo, sí, pero ocultando
su claridad naciente, ¿qué sorpresa
le daría a mi ser, qué devaneo,
qué nueva luz o qué labores nuevas?
Agua de río, agua de mar; estrella
fija o errante, estrella en el reposo
nocturno. Qué verdad, qué limpia escena
la del amor, que nunca ve en las cosas
la triste realidad de su apariencia.


Claudio Rodríguez
(Don de la ebriedad, 1953)

viernes, 7 de febrero de 2020

Idilio y marcha nupcial

                        El registro de boda, Edmund Blair Leighton (1920)
                                                                                                                                             Y vi que todo era vanidad
                                                                                                                                              y apacentarse de viento.

                                                                                                                                                       (ECL., 2, 11)

Mirad a los amantes vedlos
en la apacible umbría del jardín.
Entre el susurro como un vuelo de plumas
gemebundas entre el ir y venir
de nobles pensamientos
se palpa la presencia del amor
de su severo y principal mandato.


Los amantes se aman señoras y señores
con seriedad canónica. Ahora
queda muy lejos todo aquello
del arrebato pasional oh fruto
nefasto de poetas licenciosos
de un mal llamado Renacimiento
histórica y humanamente despreciable.


El camino del hombre está marcado
por leyes sempiternas y además
la autoridad ha establecido claras normas
para estos menesteres. Los amantes
deben acomodarse al juicio exacto
a la moral more geométrico demonstrata
a los capítulos al fin primordial
al uso y no al abuso res pudendae.


Estos son los preceptos estas son
las razones. Los amantes prosiguen
su trabajoso amarse y se aman observadlo
día tras día hasta la culminación
de este proceso necesario. Pues ahora
en la etapa preparatoria de las nuptiae
es cuando deben sentarse los cimientos
de este gran edificio cual es
como todos sabemos la familia.

                                                 II

Pero vedlos más tarde. Ya llegaron
a la meta propuesta. Es el gran día.
Todo se dijo todo está cumplido.
Avanzan los amantes mientras
 

los familiares se voltean y el tumulto
de los curiosos y las flores y todo
está pagado y ella puso el armario
y la vitrina y él luce buen talante
papel seguro inteligencia activa

y la música suena retumba
crece hasta el cielo ya estarán los pollos
asándose en el Ritz ya se ilumina
la cara de la novia llantos hipo

la música la música ya llegan
hay un chaqué alquilado sonríen las amigas
todo está dicho qué calor y sigue

la Gran Marcha Nupcial enorme
viva que ya no cesará en los corazones
de los dulces amantes que sabedlo
seguirán no hay duda para siempre
amándose y amándose sin término.


José Agustín Goytisolo
(Salmos al viento, 1958)

domingo, 2 de febrero de 2020

Albada

           Una calle de París, Maximilien Luce (1896)

Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.
Por los montantes de la galería
            llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
            y liga de mujer.

Despiértate pensando vagamente
que el portero de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al trabajo.
             Es el amanecer.

Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros –cabrones–
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
             después de amanecer.

Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
              que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
              en la noche de ayer,

y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
            desde el amanecer.

Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
              hecho al amanecer.

—Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarse cara a cara,
            en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
            y no por el placer.


Jaime Gil de Biedma
(Moralidades, 1966)

miércoles, 29 de enero de 2020

¡Hago versos, señores!

 
      Autorretrato, Winnaretta Singer (h. 1885)

Hago versos señores, hago versos,
pero no me gusta que me llamen poetisa,
me gusta el vino como a los albañiles
y tengo una asistenta que habla sola.
Este mundo resulta divertido,
pasan cosas señores que no expongo,
se dan casos, aunque nunca se dan casas
a los pobres que no pueden dar traspaso.
 

Sigue habiendo solteras con su perro,
sigue habiendo casados con querida
a los déspotas duros nadie les dice nada,
y leemos que hay muertos y pasamos la hoja,
y nos pisan el cuello y nadie se levanta,
y nos odia la gente y decimos: ¡la vida!
 

Esto pasa señores y yo debo decirlo.

Gloria Fuertes
(Todo asusta, 1958)

sábado, 25 de enero de 2020

Compañera de hoy

                         El pintor y Jo, Ernst Oppler (1928)

Compañera de hoy, no quiero
otra verdad que la tuya, vivir
donde crezcan tus ojos,
dando tu luz, tu cauce
a lo que veo y siento...

Deshacer ese ovillo
oscuro del temor,
encontrar lo perdido,
quebrar la voz del sueño...

Y lenta, lentamente
aprender a vivir,
de nuevo, de nuevo,
como en una mañana
cargada de riqueza.


Alfredo Costafreda
(Compañera de hoy, 1966)

martes, 21 de enero de 2020

Canción de los cuerpos

                                            Interior, Leo Putz (h. 1905)

La cama está dispuesta,
blancas las sábanas,
y un cuerpo se me ofrece
para el amor.
Abramos la ventana,
entren calor y noche,
y el ruido del mundo
sea solo el ruido
del placer.
Que no hay felicidad
tan repetida y plena
como pasar la noche,
romper la madrugada,
con un ardiente cuerpo.
Con un oscuro cuerpo,
de quien nada conozco
sino su juventud.


Francisco Brines
(Insistencias en Luzbel, 1977)
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