lunes, 23 de septiembre de 2019

Colinas plateadas

 
                              Paisaje de Calatayud, Ignacio Zuloaga (1930)

    ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, obscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...


Antonio Machado
(Campos de Castilla, 1912-1917)

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Sinfonía en gris mayor

                                            Marinos, Albert Edelfelt (h. 1905)

    El mar, como un vasto cristal azogado,
refleja la lámina de un cielo de zinc;

lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.
    El sol, como un vidrio redondo y opaco,
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo la almohada su negro clarín.
    Las ondas, que mueven su vientre de plomo,
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.
    Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol de Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.

    La espuma, impregnada de yodo y salitre,
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.
    En medio del humo que forma el tabaco,
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada,
tendidas las velas, partió el bergantín...
    La siesta del trópico. El lobo se duerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.
    La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia su solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.


Rubén Darío
(Prosas profanas, 1896)

jueves, 5 de septiembre de 2019

Sherpa

                   Cumbre nevada. El Cáucaso, Arkhip Kuindzhi (h. 1900)

Escalamos el suelo
a pie.

Solos o juntos,
sin abrigo ni guía, suelo adentro,
pasos arriba.

Seguimos, nos perdemos
y sobre el suelo plano
se suceden aludes y refugios.

A veces en la sima
del sueño coronamos
una verdad posible:

cada paso es la cumbre.

Álvaro Tato
(Gira, 2011)

sábado, 29 de junio de 2019

No quiero

                Joven rubia platino, Childe Hassam (a. 1935)

                         No quiero
para mañana un reloj
que marque el tiempo;
quiero despertar, a solas
con la sombra de tus dedos,
caricias en lontananza
de un sueño apenas deshecho.
Así sentirte, dormida,
en casi un sueño despierto,
saber que estás
sin que esté
mi corazón cara al viento.

Marina Romero
(Poemas A, 1935)

sábado, 22 de junio de 2019

Mi luz recorre todo tu paisaje interior

                                           El rayo, Félix Vallotton (1909)

Mi luz recorre todo tu paisaje interior.
Me veo en todo tú hecha mil yos chiquititas; yo, solo perfil. Yo,
     solo frente. Yo, solo hombros.
Invado las galerías de tu silencio, descorro tus ventanas y
     sonrío...
¡Ríe tú, que mi sonrisa es toda la mañana descalza!

Carmen Conde
(Brocal, 1929)

sábado, 15 de junio de 2019

Media hora más tarde

 
         Atardecer en la bahía de Nápoles, Csontváry Kosztka Tivadar (1901)

Es la media hora mala de la desilusión;
la que convierte en hieles la miel del corazón.
La que llega imponente, impasible, implacable,
derrumbando el castillo que nos pareció estable.
La que apaga la risa iniciando el lamento;
la hora gris del hastío… La del remordimiento.
La que muestra el fantasma azul del idealismo
convertido en el barro negro del prosaísmo.
Es la media hora mala de los nervios revueltos,
la hora en que triunfantes van los diablos sueltos...

Yo, pues, me felicito de no haberte querido: 
Media hora más tarde me habría arrepentido.

Elisabeth Mulder
(La hora emocionada, 1931)

domingo, 9 de junio de 2019

La danza de Pierrot

 
           Pierrot con la guitarra, Honoré Daumier (1869)

En un claro del jardín
blanco de la luna llena,
Pierrot, convulso de pena,
ha roto su bandolín.

La faz, pálida de harina
tiene un gesto de dolor,
cuando evoca a Colombina
en la voz del surtidor.

Y si en la glorieta, suave
la brisa, besa a las rosas
–para olvidar su infortunio–,

Pierrot danza mudo y grave
en las noches milagrosas
nevadas de plenilunio.


Lucía Sánchez Saornil
(Publicado en Los Quijotes, nº 80, 1918)

viernes, 17 de mayo de 2019

Tu nombre ya me lo han dicho

     Mujer joven vestida de azul arreglando unas flores, Frederick Carl Frieseke (1915)

      Tu nombre ya me lo han dicho
pero yo no te conozco,
no te vi nunca la cara
ni sé el color de tus ojos.
Pero tu nombre ¡qué claro
lo voy diciendo en el fondo,
con sus siete letras firmes
de tres sílabas, sonoro!
Enamorada ya estoy
aunque yo no te conozco,
ni te vi nunca la cara,
ni sé el color de tus ojos. 


      Tu nombre ya me lo han dicho
con siete letras en corro.


Josefina de la Torre
(Poemas de la isla, 1930)

martes, 14 de mayo de 2019

Paisaje urbano

                            Frente al café, Lesse Ury (entre 1920-1929)
 
Ya pasea la luna sobre las azoteas.
En calles y avenidas los perfiles se agrandan.
En el momento lívido, que hace inclinar las hojas
las farolas encienden su luz de madrugada.

Un cielo, barnizado de cemento, sostiene
entre sus anchos dedos escasas luminarias.

Por el asfalto ruedan rehilanderas de acero
con sonoros flautines de voces esmaltadas.
Se estremece un tic-tac de pasos epilépticos.
Se disparan a un tiempo cohetes de miradas.

Se juega a serpentinas a través de las lunas
de los escaparates –cintura cinemática
.
Y se ven, dominando las huestes callejeras,
policías ecuestres con ondulantes capas.
Los vastos rascacielos emanan claridades
de ruedas Catalina y luces de Bengala,
que saltan a la calle gozosas de perderse
entre el rumor continuo de todas las pisadas.

Por las profundas venas, el metropolitano
veloz de puerto en puerto, acompasando escalas,
cruzando del suburbio a la gran avenida
en una eterna noche de sombras estrelladas.
 
Se ha tendido en lo alto, sobre las azoteas,
la etíope danzarina, dulce y desmelenada.
 
Concha Méndez
(Surtidor, 1928)

martes, 30 de abril de 2019

Te esperaré apoyada en la curva del cielo

                                 Desnudo, Childe Hassan (1912)

Te esperaré apoyada en la curva del cielo
y todas las estrellas abrirán para verte
sus ojos conmovidos.

Te esperaré desnuda.
Seis túnicas de luz resbalando ante ti
deshojarán el ámbar moreno de mis hombros.

Nadie podrá mirarme sin que azote sus párpados
un látigo de niebla.
Solo tú lograrás ceñir en tus pupilas
mi sien alucinada
y mis manos que ofrecen su cáliz entreabierto
a todo lo inasible.

Te esperaré encendida.
Mi antorcha despejando la noche de tus labios
libertará por fin tu esencia creadora.
¡Ven a fundirte en mí!
El agua de mis besos, ungiéndote, dirá
tu verdadero nombre.


Ernestina de Champourcín
(Cántico inútil, 1936)
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