martes, 6 de noviembre de 2018

Vanse mis amores, madre

                               Las espigadoras, James Tissot (1836-1902)

Vanse mis amores, madre,
luengas tierras van morar:
yo no los puedo olvidar,
¿quién me los hará tornar?


Yo soñara, madre, un sueño
que me dio en el corazón:
que se iban los mis amores
a las islas de la mar.
Yo no los puedo olvidar,
¿quién me los hará tornar?


Yo soñara, madre, un sueño
que me dio en el corazón:
que se iban los mis amores
a las tierras de Aragón.
Allá se van a morar:
yo no los puedo olvidar,
¿quién me los hará tornar?


Gil Vicente
(1465- h. 1536)

sábado, 3 de noviembre de 2018

Dizia la fremosinha

                Una tarde de verano, Iván Fedorovich Choultsé (1874-1939)

Dizia la fremosinha:
    "ai, Deus val,
com' estou d’amor ferida!"

     Ai, Deus val,
com' estou d’amor ferida!


Dizia la ben talhada:
    "ai, Deus val,
com' estou d’amor coitada!"

     Ai, Deus val,
com' estou d’amor ferida!

 

"Com' estou d’amor ferida,
    ai, Deus val,
non ven o que ben queria!"

    Ai, Deus val,
com' estou d’amor ferida!


"Com' estou d’amor coitada,
    ai, Deus val,
non ven o que muit’amava!"

    Ai, Deus val,
com' estou d’amor ferida!


Afonso Sanches
(Siglos XIII-XIV)

Versión al castellano de Un poema cada día

Decía la hermosita:
    "¡ay, válgame Dios,
cómo estoy de amor herida!"
    ¡Ay, válgame Dios,
cómo estoy de amor herida!

Decía la bien tallada:
    "¡ay, válgame Dios,
cómo estoy de amor cuitada!"
    ¡Ay, válgame Dios,
cómo estoy de amor herida!

"¡Cómo estoy de amor herida,
    ay, válgame Dios,
no viene el que bien quería!"
    ¡Ay, válgame Dios,
cómo estoy de amor herida!

"¡Cómo estoy de amor cuitada,
    ay, válgame Dios,
no viene el que mucho amaba!"
    ¡Ay, válgame Dios,
cómo estoy de amor herida!

jueves, 1 de noviembre de 2018

Gar sabes devina

                           En el harem, Frederick Arthur Bridgman (1894)

Gar sabes devina,
e devinas bi-l-haqq,
garme cuánd me vernad
mey habibi Ishaq.

Anónimo
(Siglo XI)

Traducción al castellano de Un poema cada día

Di: ¿sabes adivinar,
y adivinas la verdad?,
dime cuándo vendrá
mi amigo Isaac.

lunes, 15 de octubre de 2018

Airiños, airiños aires

                             Paisaje en Chaponval, Camille Pissarro (1880) 

Airiños, airiños aires,
airiños da miña terra;
airiños, airiños aires,
airiños, leváime a ela
.

 

Sin ela vivir non podo,
non podo vivir contenta;
que adonde queira que vaia
cróbeme unha sombra espesa.
Cróbeme unha espesa nube,
tal preñada de tormentas,
tal de soidás preñada,
que a miña vida envenena.
Leváime, leváime, airiños,
como unha folliña seca,
que seca tamén me puxo
a callentura que queima.
¡Ai!, si non me levás pronto,
airiños da miña terra;
si non me levás, airiños,
quisáis xa non me conesan,
que a febre que de min come,
vaime consumindo lenta,
e no meu corazonciño
tamén traidora se ceiba.

Fun noutro tempo encarnada
como a color de sireixa;
son hoxe descolorida
como os cirios das igrexas,
cal si unha meiga chuchona
a miña sangre bebera.
Voume quedando muchiña
como unha rosa que inverna;
voume sin forzas quedando,
voume quedando morena
cal unha mouriña moura,
filla de moura ralea.

Leváime, leváime, airiños,
leváime a donde me esperan
unha nai que por min chora,
un pai que sin min n'alenta,
un irmán por quen daría
a sangre das miñas venas,
e un amoriño a quen alma
e vida lle prometera.
Si pronto non me levades,
¡ai!, morrerei de tristeza,
soia nunha terra estraña,
donde estraña me alcumean,
donde todo canto miro
tomo me dice: –¡Extranxeira!

¡Ai, miña probe casiña!
¡Ai, miña vaca bermella!
Años que balás nos montes,
pombas que arrulás nas eiras,
mozos que atruxás bailando,
redobre das castañetas,
xas-co-rras-chás das cunchiñas,
xurre-xurre das pandeiras,
tambor do tamborileiro,
gaitiña, gaita gallega,
xa non me alegras dicindo:
–¡Muiñeira, muiñeira!,
¡Ai, quén fora paxariño
de leves alas lixeiras!
¡Ai, con qué prisa voara,
toliña de tan contenta,
para cantar a alborada
nos campos da miña terra!
Agora mesmo partira,
partira como unha frecha,
sin medo ás sombras da noite,
sin medo da noite negra;
e que chovera ou ventara,
e que ventara ou chovera,
voaría e voaría
hastra que alcansase a vela.
Pero non son paxariño
e iréi morrendo de pena,
xa en lágrimas convertida,
xa en sospiriños desfeita.

 

Doces galleguiños aires,
quitadoiriños de penas,
encantadores das auguas,
amantes das arboredas,
música das verdes canas
do millo das nosas veigas,
alegres compañeiriños,
run-rum de tódalas festas,
leváime nas vosas alas
como unha folliña seca.
 

Non permitás que aquí morra,
airiños da miña terra,
que aínda penso que de morta
hei de sospirar por ela.
Aínda penso, airiños aires,
que dimpóis que morta sea,
e aló polo camposanto
donde enterrada me teñan,
pasés na calada noite
runxindo antre a folla seca,
ou murmuxando medrosos
antre as brancas calaveras;
inda dimpóis de mortiña,
airiños da miña terra,
heivos de berrar: ¡Airiños,
airiños, leváime a ela!


Rosalía de Castro
(Cantares gallegos, 1863)

Versión al castellano de Un poema cada día

Airecillos, airecillos,
airecillos de mi tierra,
airecillos, airecillos,
airecillos, llevadme a ella.

Sin ella vivir no puedo,
no puedo vivir contenta;
que adonde quiera que vaya
cúbreme una sombra espesa.
Cúbreme una espesa nube,
tan preñada de tormentas,
tan de soledad preñada,
que hasta mi vida envenena.
Llevadme, llevadme, airecillos,
como una hojita seca,
que seca también me puso
la calentura que quema.
¡Ay!, si no me lleváis pronto,
airecillos de mi tierra;
si no me lleváis, airecillos,
quizás ya no me conozcan,
que la fiebre que me come,
vame consumiendo lenta,
y en mi corazoncito
también traidora se ceba.

Fui en otro tiempo encarnada
como color de cereza;
estoy hoy descolorida
como los cirios de iglesias,
como si bruja chupona
mi sangre se la bebiera.
Me voy quedando marchita
como una rosa que inverna;
me voy sin fuerzas quedando,
me voy quedando morena
como una morita mora,
hija de mora ralea.

Llevadme, llevadme, airecillos,
llevadme a donde me esperan
la madre que por mí llora,
padre que sin mí no alienta,
hermano por quien daría
toda sangre de mis venas,
y un amorcito a quien alma
y vida le prometiera.
Si pronto no me lleváis,
¡ay!, moriré de tristeza,
sola en una tierra extraña,
donde extraña me motejan,
donde todo cuanto miro
todo me dice: –¡Extranjera!
¡Ay, mi pobre casita!,
¡ay, mi vaca bermeja!
Corderos que baláis en montes,
palomas que arrulláis en eras,
mozos que gritáis bailando,
redoble de castañuelas,
xas-co-rras-chás de conchitas,
xurre-xurre de panderas,
tambor del tamborilero,
gaitita, gaita gallega,
ya no me alegráis diciendo:
–¡Muñeira, muñeira!,
¡Ay, quién fuera pajarito
de leves alas ligeras!
¡Ay, con qué prisa volara,
loquita de tan contenta,
para cantar la alborada
en los campos de mi tierra!
Ahora mismo partiera,
partiera como una flecha,
sin miedo a sombras de la noche,
sin miedo de la noche negra;
y que lloviera o venteara,
y que venteara o lloviera,
volaría y volaría
hasta que alcanzase a verla.
Pero no soy pajarito
e iré muriendo de pena,
ya en lágrimas convertida,
ya en suspiritos deshecha.

Dulces galleguitos aires,
quitadorcillos de penas,
encantadores de aguas,
amantes de arboledas,
música de verdes cañas
del maíz de nuestras vegas,
alegres compañeritos,
runrún de todas las fiestas,
llevadme en vuestras alas
como una hojita seca.

No permitáis que aquí muera,
airecillos de mi tierra,
que aun pienso que de muerta,
he de suspirar por ella.
Aun pienso, airecillos aires,
que después que muerta sea,
y allí por el camposanto
donde enterrada me tengan,
paséis en callada noche
resonando entra hoja seca,
o murmurando medrosos
entre blancas calaveras;
aun después de muertecita,
airecillos de mi tierra,
he de gritar: ¡Airecillos,
airecillos, llevadme a ella!

(Cantares gallegos, 1863)

jueves, 27 de septiembre de 2018

Rima XII

                         Claro del bosque con río, Heinrich Bömer (h. 1930)

    Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hurís del Profeta.


    El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.

Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera,
y las ondas del Océano
y el laurel de los poetas.


    Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve al través de las perlas.
            Y sin embargo,
        sé que te quejas,
        porque tus ojos
        crees que la afean:

        pues no lo creas.
Que parecen sus pupilas,
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro,
que al soplo del aire tiemblan.


    Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta,
que en el estío convida
a apagar la sed en ella.
             Y sin embargo,
         sé que te quejas
         porque tus ojos
         crees que la afean:

         pues no lo creas.
Que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.


    Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.

              Y sin embargo,
          sé que te quejas
          porque tus ojos
          crees que la afean:

          pues no lo creas.
Que entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.


    Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar te quejas;
quizá, si negros o azules
se tornasen, lo sintieras.


Gustavo Adolfo Bécquer
        (Rimas, 1871)

domingo, 16 de septiembre de 2018

El oso, la mona y el cerdo


             El oso bailarín, William Frederick Witherington (1822)

Un oso, con que la vida
ganaba un piamontés,
la no muy bien aprendida
danza ensayaba en dos pies.

Queriendo hacer de persona,
dijo a una mona: "¿Qué tal?".
Era perita la mona,
Y respondiole: "Muy mal".

–Yo creo –replicó el oso–
que me haces poco favor.
Pues ¿qué?, ¿mi aire no es garboso?
¿No hago el paso con primor?

Estaba el cerdo presente,
y dijo: "¡Bravo! ¡Bien va!
Bailarín más excelente
no se ha visto ni verá".

Echó el oso, al oír esto,
sus cuentas allá entre sí,
y con ademán modesto,
hubo de exclamar así:

"Cuando me desaprobaba
la mona, llegué a dudar;
mas ya que el cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar".

Guarde para su regalo
esta sentencia un autor:
si el sabio no aprueba, ¡malo!
Si el necio aplaude, ¡peor!


Tomás de Iriarte
      (1750-1791) 

martes, 28 de agosto de 2018

Down by the Salley Gardens


         Versión cantada de este hermoso poema de Yeats por Maura O'Connell y Karen Matheson en 1998

Down by the salley gardens my love and I did meet;
She passed the salley gardens with little snow-white feet.
She bid me take love easy, as the leaves grow on the tree;
But I, being young and foolish, with her would not agree.

In a field by the river my love and I did stand,
And on my leaning shoulder she laid her snow-white hand.
She bid me take life easy, as the grass grows on the weirs;
But I was young and foolish, and now am full of tears. 

W.B. Yeats 
(The Wanderings of Oisin an Other Poems, 1889) 

Versión en castellano 

En el jardín de las acacias 

En el jardín de las acacias mi amor y yo nos encontramos;
por el jardín pasaba ella con sus menudos pies, tan blancos.
Un amor me pidió pausado, cual crece la hoja en el árbol;
pero era yo joven y torpe, y a mi amor no hice caso.

A un campo cerca del río mi amor y yo nos acercamos,
y en mi hombro, hacia ella inclinado, apoyó sus dedos, tan blancos.
Me pidió una vida pausada, cual crece la hierba en el lago;
pero yo era joven y torpe, y ahora me deshago en llanto.

(Cruces de caminos, 1889)

[Versión rimada en castellano de Daniel Aguirre, en Antología poética, W.B. Yeats, Lumen]

sábado, 30 de junio de 2018

El Golem

                       Pierrot, Juan Gris (1919)

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
Habrá un terrible Nombre, que la esencia
Cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
En el Jardín. La herrumbre del pecado
(Dicen los cabalistas) lo ha borrado
Y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
No tienen fin. Sabemos que hubo un día
En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
Sombra insinúan en la vaga historia,
Aún está verde y viva la memoria
De Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
De letras y a complejas variaciones
Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
Sobre un muñeco que con torpes manos
Labró, para enseñarle los arcanos
De las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
Párpados y vio formas y colores
Que no entendió, perdidos en rumores
Y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
Aprisionado en esta red sonora
De Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
A la vasta criatura apodó Golem;
Estas verdades las refiere Scholem
En un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
"Esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga"
Y logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
O en la articulación del Sacro Nombre;
A pesar de tan alta hechicería,
No aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
Y harto menos de perro que de cosa,
Seguían al rabí por la dudosa
Penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
Ya que a su paso el gato del rabino
Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
Pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
Las devociones de su Dios copiaba
O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
En cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
Pude engendrar este penoso hijo
Y la inacción dejé, que es la cordura?


¿Por qué di en agregar a la infinita
Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
Madeja que en lo eterno se devana,
Di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de angustia y de luz vaga,
En su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?


Jorge Luis Borges
(El otro, el mismo, 1964)

lunes, 25 de junio de 2018

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos

                         Dolce far niente, Frederick Arthur Bridgman (h. 1885)

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.

Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.

Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!

Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.


Pablo Neruda 
(Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1924)

sábado, 23 de junio de 2018

Nunca la Poesía entre gramático

                  Lago Ginebra desde Chexbres, Ferdinand Hodler (1905)

Nunca la Poesía entre gramático,
retórico artificio, horro señuelo.
Jamás la hembra para el macho en celo
nada más, sin amor pulcro y extático.

Nunca la Poesía el truco enfático,
la oratoria vacía, el vacuo anzuelo.
Jamás la Hembra la montura en pelo
–funcional– y en decúbito acrobático

nada más. La mujer no solo es nido:
la mujer, algo más que amante gruta
tibia, al socaire del toisón fragante.

También la Poesía: no el manido 
vano artilugio de humos que en voluta
se bebe el viento: no es el solo instante

la Poesía: sino la constante
proyección hacia dentro de la fruta
–del meollo– seor Don Relamido,
–del sentir– mi señora Doña Enjuta,
–del soñar– señorito Don Pedante.

León de Greiff
(Nova et Vetera, 1973)
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