domingo, 29 de mayo de 2016

A un retrato


                               La Bella, Tiziano (h. 1536)

    Tu gracia, tu valor, tu hermosura,
muestra de todo el cielo retirada,
como cosa que está sobre natura,
ni pudiera ser vista ni pintada.

     Pero yo, que en el alma tu figura
tengo en humana forma abreviada,
tal hice retratarte de pintura,
cual amor te dejó en ella estampada.

     No por soberbia vana o por memoria
de ti, ni para publicar mis males,
ni por verte más veces que te veo;

     mas por solo gozar de tanta gloria,
señora, con los ojos corporales
como con los del alma y el deseo.


Diego Hurtado de Mendoza
(h. 1503-1575)

domingo, 22 de mayo de 2016

Égloga I (fragmento)

                          Valle en la Suiza sajona, Otto Försterling (1888)

SALICIO:  Con mi llorar las piedras enternecen
               su natural dureza y la quebrantan;
               los árboles parecen que se inclinan;
               las aves que me escuchan, cuando cantan,
               con diferente voz se condolecen
               y mi morir cantando me adivinan;
                       las fieras que reclinan
                       su cuerpo fatigado
                       dejan el sosegado
               sueño por escuchar mi llanto triste:
               tú sola contra mi te endureciste,
               los ojos aun siquiera no volviendo
                        a los que tú hiciste
               salir sin duelo, lágrimas, corriendo.

              Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,
              no dejes el lugar que tanto amaste,
              que bien podrás venir de mí segura.
              Yo dejaré el lugar do me dejaste;
              ven si por solo esto te detienes.
              Ves aquí un prado lleno de verdura,
                       ves aquí una espesura,
                       ves aquí un agua clara,
                       en otro tiempo cara,
              a quien de ti con lágrimas me quejo;
             quizá aquí hallarás, pues yo me alejo,
              al que todo mi bien quitar me puede,
                       que pues el bien le dejo,
              no es mucho que el lugar también le quede.
  
Garcilaso de la Vega
(h. 1501-1536)

lunes, 16 de mayo de 2016

Rima LII

               Orilla del Mar Esmeralda, Albert Bierstadt (1878)

    Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!

    Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!

    Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!

    Llevadme por piedad a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!


Gustavo Adolfo Bécquer
(Rimas, 1871)

martes, 10 de mayo de 2016

Romance de Valdovinos

                        La bella dama sin piedad, Walter T. Crane (1865)

Por los caños de Carmona,
por do va el agua a Sevilla,
por ahí iba Valdovinos
y con él su linda amiga.
Los pies lleva por el agua
y la mano en la loriga,
con el temor de los moros
no le tuviesen espía.
Júntanse boca con boca,
nadie no los impedía.
Valdovinos, con angustia,
un suspiro dado había.
–¿Por qué suspiráis, señor,
corazón y vida mía?
O tenéis miedo a los moros,
o en Francia tenéis amiga.
–No tengo miedo a los moros,
ni en Francia tengo amiga:
mas vos, mora, y yo cristiano
hacemos muy mala vida:
comemos la carne en viernes,
lo que mi ley defendía.
Siete años había, siete,
que yo misa no la oía.
Si el emperador lo sabe
la vida me costaría.
—Por tus amores, Valdovinos,
cristiana me tornaría.
–Yo, señora, por los vuestros,
moro de la morería.


Anónimo
(Siglo XV)

viernes, 6 de mayo de 2016

Entra mayo y sale abril

                                   Primavera, Henryk Weyssenhoff (1911)

Entra mayo y sale abril:
¡tan garridico le vi venir! 


Entra mayo con sus flores,
sale abril con sus amores,
y los dulces amadores
comiencen a bien servir.


Anónimo
(Siglo XV)

jueves, 28 de abril de 2016

Heu esbrinat que en un instant només

                                Vista de Capri, Carlo Brancaccio (h. 1920)

Heu esbrinat que en un instant només
pot estimar-se tant com en tota una vida.
Heu esbrinat que el goig és com una illa
inconeguda, que pot concretar-se
davant la proa de la nau que us mena,
algun matí ignorat,
per una ruta antiga.
I per això us llanceu ardidament
a la follia d'estimar-vos, ara
que el vostre cos és àgil, i feu miques
l'àmfora que servava el vell perfum
per aspirar-ne d'un sol cop
tota la intensitat dominadora.
 

I qui sap si morir després de la prova.

Miquel Martí i Pol
(Paraules al vent, 1951-1953) 

Descubristeis que en solo un instante 
puede amarse como en toda una vida.
Descubristeis el gozo como una isla
desconocida que puede aparecer
ante la proa de la nave que os lleva,
una mañana ignorada,
por una ruta antigua.
Lanzaos ardientemente entonces
a la locura de amaros, ahora
que vuestro cuerpo es ágil, y haced trizas
el ánfora que conservaba el viejo perfume,
para aspirar de un solo golpe
toda su intensidad dominadora.


Y quién sabe si morir después de la prueba.


(Palabras al viento, 1951-1953)

[Traducción al castellano de Adolfo García Ortega en Un dia quaselvol / Un día cualquiera, Nórdica Libros, edición bilingüe, 2013)]

martes, 19 de abril de 2016

Con media azumbre de vino

         Toro desde la orilla del Duero, Edgar Thomas Ainger Wigram (1906)

    ¡Nunca serenos! ¡Siempre
con vino encima! ¿Quién va a aguarlo ahora
que estamos en el pueblo y lo bebemos
en paz? Y sin especias,
no en el sabor la fuerza, media azumbre
de vino peleón, doncel o albillo,
tinto de Toro. Cuánto necesita
mi juventud; mi corazón, qué poco.
¡Meted hoy en los ojos el aliento
del mundo, el resplandor del día! Cuándo
por una sola vez y aquí, enfilando
cielo y tierra, estaremos ciegos. ¡Tardes,
mañanas, noches, todo, árboles, senderos,
cegadme! El sol no importa, las lejanas
estrellas... ¡Quiero ver, oh, quiero veros!
Y corre el vino y cuánta,
entre pecho y espalda cuánta madre
de amistad fiel nos riega y nos desbroza.
Voy recordando aquellos días. ¡Todos,
pisad todos la sola uva del mundo:
el corazón del hombre! ¡Con su sangre
marcad las puertas! Ved: ya los sentidos
son una luz hacia lo verdadero.
Tan de repente ha sido.
Cuánta esperanza, cuánta cuba hermosa
sin fondo, con olor a tierra, a humo.
Hoy he querido celebrar aquello
mientras las nubes van hacia la puesta.
Y antes de que las lluvias del otoño
caigan, oíd: vendimiad todo lo vuestro,
contad conmigo. Ebrios de sequía,
sea la claridad zaguán del alma.
¿Dónde quedaron mis borracherías?
Ante esta media azumbre, gracias, gracias
una vez más y adiós, adiós por siempre.
No volverá el amigo fiel de entonces.


Claudio Rodríguez
(Conjuros, 1958)

lunes, 11 de abril de 2016

París, postal del cielo

                            Bulevar de París, Konstantin Korovin (h. 1939) 

Ahora, voy a contaros
cómo también yo estuve en París, y fui dichoso.

Era en los buenos años de mi juventud,
los años de abundancia
del corazón, cuando dejar atrás padres y patria
es sentirse más libre para siempre, y fue
en verano, aquel verano
de la huelga y las primeras canciones de Brassens,
y de la hermosa historia
de casi amor.

Aún vive en mi memoria aquella noche,
recién llegado. Todavía contemplo,
bajo el Pont Saint Michel, de la mano, en silencio,
la gran luna de agosto suspensa entre las torres
de Notre-Dame, y azul
de un imposible el río tantas veces soñado
It's too romantic, como tú me dijiste
al retirar los labios.

¿En qué sitio perdido
de tu país, en qué rincón de Norteamérica
y en el cuarto de quién, a las horas más feas,
cuando sueñes morir no te importa en qué brazos,
te llegará, lo mismo
que ahora a mí me llega, ese calor de gentes
y la luz de aquel cielo rumoroso
tranquilo, sobre el Sena?

Como sueño vivido hace ya mucho tiempo,
como aquella canción
de entonces, así vuelve al corazón,
en un instante, en una intensidad, la historia
de nuestro amor,
confundiendo los días y sus noches,
los momentos felices,
los reproches

y aquel viaje —camino de la cama—
en un vagón del Metro Étoile-Nation.

Jaime Gil de Biedma
(Moralidades, 1966)

sábado, 9 de abril de 2016

Empleo de la nostalgia

                 El jardín de rosas, Charles Essenhigh Corke (1909)

                  Amo el campus
                  universitario,
                  sin cabras,
                  con muchachas
                  que pax
                  pacem
                  en latín,
                  que meriendan
                  pas pasa pan
                  con chocolate
                  en griego,
                  que saben lenguas vivas
                  y se dejan besar
                  en el crepúsculo
                  (también en las rodillas)
                  y usan
                  la coca cola como anticonceptivo.

                          Ah las flores marchitas de los libros de 

                                texto
finalizando el curso
                           deshojadas
cuando la primavera
se instala
en el culto jardín del rectorado
                           por manos todavía adolescentes
y roza con sus rosas
                           manchadas de bolígrafo y de tiza
el rostro ciego del poeta
                           transustanciándose en un olor agrio
                           a naranjas
Homero
                           o semen...

                   Todo eso será un día
                   materia de recuerdo y de nostalgia.
                   Volverá, terca, la memoria
                   una vez y otra vez a estos parajes,
                   lo mismo que una abeja
                   da vueltas al perfume
                   de una flor ya arrancada:

                   inútilmente.

                           Pero esa luz no se extinguirá nunca:
                           llamas que aún no consumen,

...ningún presentimiento
puede quebrar las risas
                           que iluminan
                           las rosas y los cuerpos

y cuando el llanto llegue
                           como un halo
los escombros
la descomposición
                            que los preserva entre las sombras
                            puros

no prevalecerán
serán más ruina
                            absortos en sí mismos
y solo erguidos quedarán intactos
todavía más brillantes
                            ignorantes de sí
esos gestos de amor...
                            sin ver más nada.


Ángel González
(Procedimientos narrativos, 1972)

lunes, 4 de abril de 2016

Para un esteta

      Paisaje de El Paular, Enrique Simonet (1921)

Tú que hueles la flor de la bella palabra
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua que corre transparente
no has de beber mis aguas rojas.

    Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte —agua y fuego— hermanadas
van socavando nuestra roca.

    Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.
Y lo demás, palabras, palabras y palabras,
¡ay, palabras maravillosas!

    Tú que bebes el vino en la copa de plata
no sabes el camino de la fuente que brota
en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura
con tus dos manos como copa.

    Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
Y olvidas las raíces («Mi obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

    No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria.

    Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo.
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
Y hechos un solo río os vertéis en el mar,
«que es el morir», dicen las coplas.

    No has venido a poner orden, dique. Has venido
a hacer moler la muela con tu agua transitoria.
Tu fin no está en ti mismo («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

    Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
por la música de otras olas.


José Hierro
(Quinta del 42, 1952)
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