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domingo, 13 de abril de 2025

De mis deseos

                   Apolo y Urania, Charles Meynier (1798)

¿Qué te pide el poeta?
Di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?
No que le des riquezas
que necios le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen;
no grandes posesiones
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadïana ciñe;
ni menos de la India
la concha y los marfiles,
preciadas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.
Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
sus glorias el felice;
y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
 de oro vaga 
sediento,
cuando la playa pise
con perfumados vinos
a sus amigos brinde
en la esmaltada 
copa
que su opulencia indique;
que yo en mi pobre estado,
y en mi llaneza humilde
con poco estoy contento,
pues con poco se vive,
y así te ruego solo
que en quietud apacible
inocentes y ledos
mis años se deslicen,
sin que a ninguno tema,
ni ajeno bien suspire,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.

Juan Meléndez Valdés 
          (1754-1817)

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Después que hubo gustado

Muchacha con paloma, Charles Joshua Chaplin (1825-1891)

Después que hubo gustado
de Filis la paloma
el regalado néctar
de sus labios de rosa,
la deja, y de un vuelito  
al hombro se me posa
y de allí lo destila
con su pico en mi boca.
Yo apurelo inocente;
pero ¡ay! ella traidora
me dio del Amor ciego
mezclada tal ponzoña
que el pecho se me abrasa
en ansias y zozobras,
después que hubo gustado
de Filis la paloma.


Juan Meléndez Valdés
         (1754-1817)

miércoles, 29 de septiembre de 2021

De mis niñeces

Las cuatro estaciones: primavera, François Boucher (1755)

    Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,
    de que alegres guirnaldas
con gracia peregrina,
para ambos coronarnos,
su mano disponía.
    Así en niñeces tales
de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.
    Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.
    Yo no sé; mas al verme
Dorila se reía,
y a mí de solo hablarla
también me daba risa.
    Luego al darle las flores
el pecho me latía,
y al ella coronarme
quedábase embebida.
    Una tarde tras esto
vimos dos tortolitas,
que con trémulos picos
se halagaban amigas
    y de gozo y deleite,
cola y alas caídas,
centellantes sus ojos,
desmayadas gemían.
    Alentonos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados
nuestras dulces fatigas;
    y en un punto cual sombra
voló de nuestra vista
la niñez, mas en torno
nos dio el Amor sus dichas.

Juan Meléndez Valdés
(1754-1817)

sábado, 5 de mayo de 2018

El lunarcito

   Una nueva cesta de flores, Federico Andreotti (1847-1930)

        La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?
    ¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?

   ¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
        La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?
    ¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal
    que un val de azucenas
hiende por mitad?
       La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?
    Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;
    mirolo y riose,
y dijo vivaz:
        «La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?»
    En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal;
   y diz que picado,
se le oyó gritar:
       «La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?»
    Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,
    do clama el deseo
al verse estrellar:
       «La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?»

   Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,
    iluso, perdido,
ansiando encontrar,
         la noche y el día
         ¿qué tienen de igual?
    Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.
    ¡Señuelo del gusto!
¡Dulcísimo imán!
        La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?
    Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;
    diciéndome mudo
con cada compás:
       «La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?»

   Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,

   clamando yo al verle
subir y bajar:
        «La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?»

   ¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,
    no así preguntaras,
burlando mi mal:
         «La noche y el día,
         ¿qué tienen de igual?»


Juan Meléndez Valdés
        (1754-1817)

domingo, 27 de septiembre de 2015

El tocador

                        El beso robado, Jean-Honoré Fragonard (h. 1780)

    Sentada ante el espejo
ornaba Galatea
de sus blondos cabellos
las delicadas hebras.

    Separada en dos partes,
su dorada madeja
cubre en undosos rizos
el cuello de azucena.

    Con mano artificiosa
de sus sortijas cerca
la frente, porque brille
la nieve contrapuesta.
    Sobre el ara del gusto
en agradable ofrenda
el lujo para ungirlos
le ofrece sus esencias,

    y cien vistosas flores
parece que se acercan
a sus dedos, ufanas
si adornan su cabeza.
    Ella en todas escoge
las colores más tiernas,
y entre el alto plumaje
delicada las mezcla.
    Luego al cristal se mira;
y al hallarse tan bella,
tierna suspira, y sigue
su felice tarea.
    De transparente gasa
sobre el tocado asienta
un lazo, que hasta el talle
baja y al viento ondea.
    Con otro solicita
celar a la modestia
de sus turgentes pechos
las dos nevadas pellas.
    Por ellas, al cubrirlas,
acaso, aunque ligera,
la mano pasa; y siente
que el tacto la recrea.
    Torna a correrla; y blando
circula por sus venas
de amor el dulce fuego,
que la delicia aumenta.
    Rendida hacia el espejo
se vuelve; y en su esfera
las pomas mismas halla,
que loca la enajenan.
    Y al punto más perdida
con amable licencia
para en ellas gozarse
las gasas desordena.

    Ya ardiente las agita,
ya las palpa suspensa,
ya tierna las comprime;
y en la presión violenta
    su palpitar se dobla;
desfallecida anhela;
me nombra, y del deleite
la nube la rodea.
    Yo de improviso salgo,
y con dulce sorpresa
pago en ardientes besos
su amor y su fineza.
    Turbose un tanto al verme;
mas bien presto halagüeña
me ofreció entre sus brazos
el perdón de mi ofensa.


Juan Meléndez Valdés
          (1754-1817)

viernes, 3 de octubre de 2014

El Amor mariposa

         Amantes en un parque, François Boucher (1758)

     Viendo el Amor un día
que mil lindas zagalas 
huían de él medrosas 
por mirarle con armas, 
     dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo, 
como suya, extremada. 
     Tornose en mariposa, 
los bracitos en alas 
y los pies ternezuelos 
en patitas doradas. 
     ¡Oh! ¡qué bien que parece! 
¡Oh! ¡qué suelto que vaga, 
y ante el sol hace alarde 
de su púrpura y nácar! 
     Ya en el valle se pierde, 
ya en una flor se para, 
ya otra besa festivo, 
y otra ronda y halaga. 
     Las zagalas, al verle, 
por sus vuelos y gracia 
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan. 
     Una a cogerle llega, 
y él la burla y se escapa; 
 otra en pos va corriendo, 
 y otra simple le llama, 
     despertando el bullicio 
 de tan loca algazara 
en sus pechos incautos 
la ternura más grata. 
     Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas 
súbito Amor se muestra, 
 y a todas las abrasa. 
     Mas las alas ligeras 
en los hombros por gala 
se guardó el fementido,
y así a todos alcanza. 
     También de mariposa 
le quedó la inconstancia: 
llega, hiere, y de un pecho 
a herir otro se pasa.

Juan Meléndez Valdés
(1754-1817)

sábado, 15 de junio de 2013

Juguemos, Nisa mía

La sorpresa, Jean-Antoine Watteau (1684-1721)

Juguemos, Nisa mía,
y cuando el sol dorado
forme el rosado día
o lo esconda inclinado
en las hesperias olas,
hállenos siempre a solas
en retozos y en juegos.
Yo, enamorado y ciego,
te diré: «¡Ay, palomita!»,
y tú con voz blandita
me dirás: «Pichón mío»;
y cuando en el exceso
de mi furor te diga:
«Dame, paloma, un beso»,
tú a mi cuello enredados
los dos brazos, amiga,
mil y mil delicados
y otros mil has de darme,
y vibrando de prisa
la lengüita al besarme,
me herirás de un muerdito,
diciéndome: «¡Ay!, ¿no es Nisa
tu palomita, hijito,
tu miel y tu dulzura?
Tuya soy, ¡qué ventura!
Más, más bésame, y mira
cuál bullen descubiertos
mis pechos tan cargados
por ti que ya retiran
la holanda en que guardados
estaban. ¡Ay!, ¿dó vas?, ¿dónde
tu dedo, ¡ay, ay!, se esconde
lascivo?, ¿qué hacemos...?»
Así, Nisa, juguemos,
así, mientras floridos
ambos gozar podemos
de Venus la dulzura.
Ni en vano huyan perdidos
nuestros tiempos mejores,
que ya con mil dolores
la vejez se apresura,
y en llegando, mi vida,
la fuerza ya perdida,
¡ay me!, la tos oscura
vendrá en desquite luego
del retozo y del juego.
 

Juan Meléndez Valdés
(1754-1817)

jueves, 14 de junio de 2012

Cuando mi blanda Nise


      El columpio, Jean-Honoré Fragonard (1732-1806)

....Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
...cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
...y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
...y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
...ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
...entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.

Juan Meléndez Valdés
(1754-1817)
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