sábado, 29 de junio de 2019

No quiero

                Joven rubia platino, Childe Hassam (a. 1935)

                         No quiero
para mañana un reloj
que marque el tiempo;
quiero despertar, a solas
con la sombra de tus dedos,
caricias en lontananza
de un sueño apenas deshecho.
Así sentirte, dormida,
en casi un sueño despierto,
saber que estás
sin que esté
mi corazón cara al viento.

Marina Romero
(Poemas A, 1935)

sábado, 22 de junio de 2019

Mi luz recorre todo tu paisaje interior

                                           El rayo, Félix Vallotton (1909)

Mi luz recorre todo tu paisaje interior.
Me veo en todo tú hecha mil yos chiquititas; yo, solo perfil. Yo,
     solo frente. Yo, solo hombros.
Invado las galerías de tu silencio, descorro tus ventanas y
     sonrío...
¡Ríe tú, que mi sonrisa es toda la mañana descalza!

Carmen Conde
(Brocal, 1929)

sábado, 15 de junio de 2019

Media hora más tarde

 
         Atardecer en la bahía de Nápoles, Csontváry Kosztka Tivadar (1901)

Es la media hora mala de la desilusión;
la que convierte en hieles la miel del corazón.
La que llega imponente, impasible, implacable,
derrumbando el castillo que nos pareció estable.
La que apaga la risa iniciando el lamento;
la hora gris del hastío… La del remordimiento.
La que muestra el fantasma azul del idealismo
convertido en el barro negro del prosaísmo.
Es la media hora mala de los nervios revueltos,
la hora en que triunfantes van los diablos sueltos...

Yo, pues, me felicito de no haberte querido: 
Media hora más tarde me habría arrepentido.

Elisabeth Mulder
(La hora emocionada, 1931)

domingo, 9 de junio de 2019

La danza de Pierrot

 
           Pierrot con la guitarra, Honoré Daumier (1869)

En un claro del jardín
blanco de la luna llena,
Pierrot, convulso de pena,
ha roto su bandolín.

La faz, pálida de harina
tiene un gesto de dolor,
cuando evoca a Colombina
en la voz del surtidor.

Y si en la glorieta, suave
la brisa, besa a las rosas
–para olvidar su infortunio–,

Pierrot danza mudo y grave
en las noches milagrosas
nevadas de plenilunio.


Lucía Sánchez Saornil
(Publicado en Los Quijotes, nº 80, 1918)

viernes, 17 de mayo de 2019

Tu nombre ya me lo han dicho

     Mujer joven vestida de azul arreglando unas flores, Frederick Carl Frieseke (1915)

      Tu nombre ya me lo han dicho
pero yo no te conozco,
no te vi nunca la cara
ni sé el color de tus ojos.
Pero tu nombre ¡qué claro
lo voy diciendo en el fondo,
con sus siete letras firmes
de tres sílabas, sonoro!
Enamorada ya estoy
aunque yo no te conozco,
ni te vi nunca la cara,
ni sé el color de tus ojos. 


      Tu nombre ya me lo han dicho
con siete letras en corro.


Josefina de la Torre
(Poemas de la isla, 1930)

martes, 14 de mayo de 2019

Paisaje urbano

                            Frente al café, Lesse Ury (entre 1920-1929)
 
Ya pasea la luna sobre las azoteas.
En calles y avenidas los perfiles se agrandan.
En el momento lívido, que hace inclinar las hojas
las farolas encienden su luz de madrugada.

Un cielo, barnizado de cemento, sostiene
entre sus anchos dedos escasas luminarias.

Por el asfalto ruedan rehilanderas de acero
con sonoros flautines de voces esmaltadas.
Se estremece un tic-tac de pasos epilépticos.
Se disparan a un tiempo cohetes de miradas.

Se juega a serpentinas a través de las lunas
de los escaparates –cintura cinemática
.
Y se ven, dominando las huestes callejeras,
policías ecuestres con ondulantes capas.
Los vastos rascacielos emanan claridades
de ruedas Catalina y luces de Bengala,
que saltan a la calle gozosas de perderse
entre el rumor continuo de todas las pisadas.

Por las profundas venas, el metropolitano
veloz de puerto en puerto, acompasando escalas,
cruzando del suburbio a la gran avenida
en una eterna noche de sombras estrelladas.
 
Se ha tendido en lo alto, sobre las azoteas,
la etíope danzarina, dulce y desmelenada.
 
Concha Méndez
(Surtidor, 1928)

martes, 30 de abril de 2019

Te esperaré apoyada en la curva del cielo

                                 Desnudo, Childe Hassan (1912)

Te esperaré apoyada en la curva del cielo
y todas las estrellas abrirán para verte
sus ojos conmovidos.

Te esperaré desnuda.
Seis túnicas de luz resbalando ante ti
deshojarán el ámbar moreno de mis hombros.

Nadie podrá mirarme sin que azote sus párpados
un látigo de niebla.
Solo tú lograrás ceñir en tus pupilas
mi sien alucinada
y mis manos que ofrecen su cáliz entreabierto
a todo lo inasible.

Te esperaré encendida.
Mi antorcha despejando la noche de tus labios
libertará por fin tu esencia creadora.
¡Ven a fundirte en mí!
El agua de mis besos, ungiéndote, dirá
tu verdadero nombre.


Ernestina de Champourcín
(Cántico inútil, 1936)

martes, 23 de abril de 2019

El árbol

                  En un parque de Berlín, Carl Blechen (h. 1825)

Al lado de las aguas está, como leyenda,
En su jardín murado y silencioso,
El árbol bello dos veces centenario,
Las poderosas ramas extendidas,
Cerco de tanta hierba, entrelazando hojas,
Dosel donde una sombra edénica subsiste.

Bajo este cielo nórdico nacido,
Cuya luz es tan breve, e incierta aun siendo breve,
Apenas embeleso estival lo traspasa y exalta
Como a su hermano el plátano del mediodía,
Sonoro de cigarras, junto del cual es grato
Dejar morir el tiempo divinamente inútil.

Tras el invierno horrible, cuando solo la llama
Conforta aquella espera del revivir futuro,
Al pie del árbol brotan lágrimas de la nieve,
Corolas de azafrán, jacintos, asfodelos,
Con pujanza vernal de la tierra, y fielmente
De nueva juventud el árbol se corona.

Son entonces los días, algunos despejados,
Algunos nebulosos, más tibios de este clima,
Sueño septentrional que el sol casi no rompe,
Y hacia el estanque vienen rondas de mozos rubios:
Temblando, tantos cuerpos ligeros, queda el agua;
Vibrando, tantas voces timbradas, queda el aire.

Entre sus mocedades, vida prometedora,
Aunque pronto marchita en usos tristes,
Raro es aquel que siente, a solas algún día
En hora apasionada, la mano sobre el tronco,
La secreta premura de la savia, ascendiendo
Tal si fuera el latido de su propio destino.


Cuando la juventud el mundo es ancho,
Su medida tan vasta como vasto el deseo,
La soledad ligera, placentero ese irse,
Mirando sin nostalgia cosas y criaturas
Amigas un momento, en blanco la memoria
De recuerdos, que un día serán fardo cansado.

Atrás quedan los otros, repitiendo
Sin urgencia interior los gestos aprendidos,
Legitimados siempre por un provecho estéril;
Ya grey apareada, de hijos productora,
Pasiva ante el dolor como bestia asombrada,
Viva en un limbo idéntico al que en la muerte encuentra.

Pero ocurre una pausa en medio del camino;
La mirada que anhela, vuelta hacia lo futuro,
Es nostálgica ahora, vuelta hacia lo pasado;
Una fatiga nueva, alerta ya a esos ecos
De voces que se fueron, suspensas en el aire
Las preguntas de siempre, por nadie respondidas.

Y el mozo iluso es viejo, él mismo ignora cómo
Entre sueños fue el tiempo malgastado;
Ya su faz reflejada extraña le aparece,
Más que su faz extraña su conciencia,
De donde huyó el fervor trocado por disgusto,
Tal pájaro extranjero en nido que otro hizo.

Mientras, en su jardín, el árbol bello existe
Libre del engaño mortal que al tiempo engendra,
Y si la luz escapa de su cima a la tarde,
Cuando aquel aire ganan lentamente las sombras,
Solo aparece triste a quien triste le mira:
Ser de un mundo perfecto donde el hombre es extraño.

Luis Cernuda
(Vivir sin estar viviendo, 1944-1949)

jueves, 4 de abril de 2019

Balada de la placeta

                                     El corro, Carl Massmann (h. 1928)

    Cantan los niños
en la noche quieta;
¡arroyo claro,

fuente serena!

LOS NIÑOS

    ¿Qué tiene tu divino
corazón en fiesta?

YO

    Un doblar de campanas
perdidas en la niebla.

LOS NIÑOS

    Ya nos dejas cantando
en la plazuela.
¡Arroyo claro,
fuente serena!

    ¿Qué tienes en tus manos
de primavera?

YO

    Una rosa de sangre
y una azucena.

LOS NIÑOS

    Mójalas en el agua
de la canción añeja.
¡Arroyo claro,
fuente serena!

    ¿Qué sientes en tu boca
roja y sedienta?

YO

    El sabor de los huesos
de mi gran calavera.

LOS NIÑOS

    Bebe el agua tranquila
de la canción añeja.
¡Arroyo claro,
fuente serena!

    ¿Por qué te vas tan lejos
de la plazuela?

YO

    ¡Voy en busca de magos
y de princesas!

LOS NIÑOS

    ¿Quién te enseñó el camino
de los poetas?

YO

    La fuente y el arroyo
de la canción añeja.

LOS NIÑOS

    ¿Te vas lejos, muy lejos
del mar y de la tierra?

YO

    Se ha llenado de luces
mi corazón de seda,
de campanas perdidas,
de lirios y de abejas,
y yo me iré muy lejos,
más allá de esas sierras,
más allá de los mares,
cerca de las estrellas,
para pedirle a Cristo
Señor que me devuelva
mi alma antigua de niño,
madura de leyendas,
con el gorro de plumas
y el sable de madera.

LOS NIÑOS

    Ya nos dejas cantando
en la plazuela,
¡arroyo claro,
fuente serena!

    Las pupilas enormes
de las frondas resecas,
heridas por el viento,
lloran las hojas muertas.
 

Federico García Lorca
(Libro de poemas, 1921)


La Billy Boom Band (o, lo que es lo mismo, La sonrisa de Julia) ha realizado una preciosa versión de este poema en su último disco Lorcapop, homenaje a Federico García Lorca con motivo del centenario de su llegada a la Residencia de Estudiantes.

jueves, 28 de marzo de 2019

Prende juego



Dentro del juego
late la vida neta,
nueva.
Al corro de la era.

Dentro del cuerpo
late la vida eterna,
cierta.
Al corro de la era.

Dentro del beso
late la vida llena,
rueda.
Al corro de la era.


Dentro del sexo
late la vida fresca,
Eva.
Al corro de la era.

Al corro de la era,
que no se pase
la primavera.


Álvaro Tato
(Vuelavoz, 2017)

En el vídeo, Álvaro Tato recita este poema en el programa de RTVE Página dos.

jueves, 21 de marzo de 2019

Retrato sin filtro de una vida perfecta

 
                     El Pont Neuf, Félix Vallotton (1901)

verás
a juzgar por los retratos familiares
que guardo en un álbum de mi iphone
titulado parís junio 2016
papá tú y yo fuimos muy felices
en el número 10 de la rue poissonnière
cantando como las personas felices
abrazándonos como las personas felices
y hasta culpándonos como las personas que parecen felices
pero que en realidad se sienten mediocres

los tres sabemos que una fotografía bonita
no ha de significar cosas bonitas necesariamente

a veces se trata sólo del fragmento más luminoso
que alcanzamos a rescatar de la tormenta

e igual que parís bajo la lluvia de junio puede ser hermosa
el amor bajo la ira también puede sosegarse

no te asustes
no digo que estuviéramos fingiendo

lo que trato de explicar es por qué las vidas perfectas
a veces precisan de un portazo
de un golpe en la pared
o de un yo me largo

sin eso
no serían perfectas
sin furia
papá tú y yo nos desmoronaríamos
porque quizá ser feliz sólo sea saber soportarse

a juzgar por las fotografías
en las que tu cabecita sobresale del portabebés marrón
y en las que se aprecia nuestro gusto por el queso oloroso
los litros de salsa de soja de la rue sainte anne
o las librerías más turísticas y polvorientas
tú serás un hombre y llorarás como lloran los hombres

tú serás un hombre y odiarás como odian los hombres

tú serás un hombre y amarás
como papá y yo te amamos en este instante
empapados por la lluvia que disfraza a la ciudad
ebrios de las lágrimas que construyen nuestra paciencia


Luna Miguel
(París, junio de 2016)

Este poema fue publicado en el suplemento Vein Kids de la revista Vein, como recuerda Luna Miguel en su blog.

domingo, 17 de marzo de 2019

¿Qué es esto, Alcino? Cómo tu cordura

                 Se acabó, Edmund Blair Leighton (1899)

    ¿Qué es esto, Alcino? ¿Cómo tu cordura
se deja así vencer de un mal celoso,
haciendo con extremos de furioso
demostraciones más que de locura?

     ¿En qué te ofendió Celia, si se apura?
¿O por qué al Amor culpas de engañoso,
si no aseguró nunca, poderoso,
la eterna posesión de su hermosura?

     La posesión de cosas temporales
temporal es, Alcino, y es abuso
el querer conservarlas siempre iguales.

     Con que tu error o tu ignorancia acuso,
pues Fortuna y Amor, de cosas tales
la propiedad no han dado, sino el uso.


Sor Juana Inés de la Cruz
           (1648-1695)

miércoles, 13 de marzo de 2019

A una rosa

 Rosas rojas en un jarrón japonés, Martin Johnson Heade (1819-1904)

    ¡Con qué artificio tan divino sales
de esa camisa de esmeralda fina,
oh rosa celestial alejandrina,
coronada de granos orientales!
 

    Ya en rubíes te enciendes, ya en corales,
ya tu color a púrpura se inclina,
sentada en esa basa peregrina
que forman cinco puntas desiguales.
 

    Bien haya tu divino Autor, pues mueves
a su contemplación el pensamiento
y aun a pensar en nuestros años breves.
 

    Así la verde edad se esparce al viento,
y así las esperanzas son aleves
que tienen en la tierra el fundamento.

  
        Lope de Vega
          (1562-1635)

viernes, 8 de marzo de 2019

Jardín cerrado, inundación de olores

                              Jardín italiano, George Samuel Elgood (1907)

    Jardín cerrado, inundación de olores,
fuente sellada, cristalina y pura;
inexpugnable torre, do segura
de asaltos, goza el alma sus amores.

     Intactas guardas tus hermosas flores,
matas la sed, destierras la secura,
ostentas majestad y de esa altura
penden trofeos siempre vencedores.

     El verdor tuyo nunca el lustre pierde,
ni se enturbia el candor de tu corriente;
firme está en tu invencible fortaleza.

     Que es el jardín cerrado siempre verde,
es siempre clara la guardada fuente,
y es propia de la torre la firmeza.


Bernarda Ferreira de la Cerda
                  (1595-1644)

jueves, 7 de marzo de 2019

El reloj de arena

 
Anciano con reloj de arena, Gonzales Coques (1614-1684)

     ¿Qué tienes que contar, reloj molesto,
en un soplo de vida desdichada
que se pasa tan presto;
en un camino que es una jornada,
breve y estrecha, de este al otro polo,
siendo jornada que es un paso solo?
Que, si son mis trabajos y mis penas,
no alcanzarás allá, si capaz vaso
fueses de las arenas
en donde el alto mar detiene el paso.
Deja pasar las horas sin sentirlas,
que no quiero medirlas,
ni que me notifiques de esa suerte
los términos forzosos de la muerte.
No me hagas más guerra;
déjame, y nombre de piadoso cobra,
que harto tiempo me sobra
para dormir debajo de la tierra.

     Pero si acaso por oficio tienes
el contarme la vida,
presto descansarás, que los cuidados
mal acondicionados,
que alimenta lloroso
el corazón cuitado y lastimoso,
y la llama atrevida
que Amor, ¡triste de mí!, arde en mis venas
(menos de sangre que de fuego llenas),
no solo me apresura
la muerte, pero abréviame el camino;
pues, con pie doloroso,
mísero peregrino,
doy cercos a la negra sepultura.
Bien sé que soy aliento fugitivo;
ya sé, ya temo, ya también espero
que he de ser polvo, como tú, si muero,
y que soy vidrio, como tú, si vivo.
 

Francisco de Quevedo
         (1580-1645)

lunes, 4 de marzo de 2019

Hermana Marica

                            Fiesta de campesinos, David Teniers (h. 1650)

    Hermana Marica,
mañana, que es fiesta,
no irás tú a la amiga
ni yo iré a la escuela.

Pondraste el corpiño
y la saya buena,
cabezón labrado,
toca y albanega;

y a mí me podrán
mi camisa nueva,
sayo de palmilla,
media de estameña;

y si hace bueno,
traeré la montera
que me dio la Pascua
mi señora abuela,

y el estadal rojo
con lo que le cuelga,
que trajo el vecino
cuando fue a la feria.

Iremos a misa,
veremos la iglesia,
daranos un cuarto
mi tía la ollera.

Compraremos de él
(que nadie lo sepa)
chochos y garbanzos
para la merienda;

y en la tardecica,
en nuestra plazuela,
jugaré yo al toro
y tú a las muñecas

con las dos hermanas,
Juana y Madalena,
y las dos primillas,
Marica y la tuerta;

y si quiere madre
dar las castañetas,
podrás tanto dello
bailar en la puerta;

y al son del adufe
cantará Andrehuela:

No me aprovecharon,
madre, las hierbas;

y yo de papel
haré una librea,
teñida con moras
porque bien parezca,
y una caperuza
con muchas almenas;
pondré por penacho
las dos plumas negras

del rabo del gallo,
que acullá en la huerta
anaranjeamos
las Carnestolendas;

y en la caña larga
pondré una bandera
con dos borlas blancas
en sus tranzaderas;

y en mi caballito
pondré una cabeza
de guadamecí,
dos hilos por riendas;

y entraré en la calle
haciendo corvetas.
Yo, y otros del barrio,
que son más de treinta,

jugaremos cañas
junto a la plazuela,
porque Barbolilla
salga acá y nos vea;

Barbola, la hija
de la panadera,
la que suele darme
tortas con manteca,

porque algunas veces
hacemos yo y ella
las bellaquerías
detrás de la puerta.


Luis de Góngora
   (1561-1627)

jueves, 28 de febrero de 2019

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo

 
                                          Vanidad, Edwaert Collier (1669)

    En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto, de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo,

    tras tanto acá y allá yendo y viniendo,
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,

    hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se esconde,
pues es la paga de él muerte y olvido,

    y en un rincón vivir con la victoria
de sí, puesto el querer tan solo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.


Francisco de Aldana
        (1537-1578) 

lunes, 25 de febrero de 2019

Sigo, Silencio, tu estrellado manto

                        Noche en la isla de Rodas, Ivan Aivazovsky (1850)

    Sigo, Silencio, tu estrellado manto,
de transparentes lumbres guarnecido,
enemigo del sol esclarecido,
ave nocturna de agorero canto.

    El falso mago Amor, con el encanto
de palabras quebradas por olvido,
convirtió mi razón y mi sentido,
mi cuerpo no, por deshacelle en llanto.

    Tú, que sabes mi mal, y tú, que fuiste
la ocasión principal de mi tormento,
por quien fui venturoso y desdichado,

    oye tú solo mi dolor, que al triste
a quien persigue cielo violento
no le está bien que sepa su cuidado.


Francisco de la Torre
 (h. 1534-h. 1594)

viernes, 22 de febrero de 2019

Eres tú, Guadarrama, viejo amigo

                                 Guadarrama, Darío de Regoyos (h. 1885)

    ¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,
la sierra gris y blanca,
la sierra de mis tardes madrileñas
que yo veía en el azul pintada?
    Por tus barrancos hondos
y por tus cumbres agrias,
mil Guadarramas y mil soles vienen,
cabalgando conmigo, a tus entrañas. 

Antonio Machado
(Campos de Castilla, 1912-1917)

martes, 19 de febrero de 2019

Dicen que cada hora es una flecha

                La música del tiempo, discípulo de Laurent de La Hyre (1606-1656)

    Dicen que cada hora es una flecha,
dicen que todas hieren y una mata,
que todo es vanidad, breve bravata,
porque la grave muerte nos acecha.

    Para tan alta llama corta mecha

me dio mi suerte en esta vida ingrata:
tejer y destejer hilos de plata
hasta morir en una celda estrecha.

    Quisiera no entender la poesía,

no haber leído nunca al sabio Horacio,
el que nos invitó a gozar el día,

    y en la prisión dorada de palacio,
si pudiera elegir, solo querría
morir veloz por no vivir despacio.

Álvaro Tato
(Todas hieren y una mata, 2019)

Portada de la primera comedia de capa y espada del siglo XXI, escrita por Álvaro Tato y publicada por Ediciones Antígona.

miércoles, 6 de febrero de 2019

De la vida del cielo

                          Campo de pastoreo, Arthur Gilbert (1819-1895)

    Alma región luciente,
prado de bienandanza, que ni al hielo
ni con el rayo ardiente
fallece, fértil suelo,
producidor eterno de consuelo;
     de púrpura y de nieve
florida, la cabeza coronado,

a dulces pastos mueve,
sin honda ni cayado,
el buen Pastor en ti su hato amado;
    él va, y en pos dichosas
le siguen sus ovejas, do las pace
con inmortales rosas,
con flor que siempre nace
y cuanto más se goza más renace;
     ya dentro a la montaña
del alto bien las guía; ya en la vena
del gozo fiel las baña
y les da mesa llena,
pastor y pasto él solo, y suerte buena.
     Y de su esfera cuando
la cumbre toca, altísimo subido,
el sol, él sesteando,
de su hato ceñido,
con dulce son deleita el santo oído;
     toca el rabel sonoro,
y el inmortal dulzor al alma pasa,
con que envilece el oro
y ardiendo se traspasa
y lanza en aquel bien libre de tasa.
     ¡Oh son! ¡oh voz! ¡siquiera
pequeña parte alguna decendiese
en mi sentido, y fuera
de sí la alma pusiese
y toda en ti, oh Amor, la convirtiese!,
     conocería dónde
sesteas, dulce Esposo, y, desatada
de esta prisión adonde
padece, a tu manada
viviera junta, sin vagar errada.


Fray Luis de León
      (1527-1591)

jueves, 31 de enero de 2019

Al monte donde fue Cartago


Mario meditando en las ruinas de Cartago, Pierre-Nolasque Bergeret (1807)
 
    Excelso monte do el romano estrago
eterna mostrará vuestra memoria;
soberbios edificios do la gloria
aún resplandece de la gran Cartago;
 

    desierta playa, que apacible lago
lleno fuiste de triunfos y victoria;
despedazados mármoles, historia
en quien se ve cuál es del mundo el pago;

    arcos, anfiteatros, baños, templo,
que fuisteis edificios celebrados
y agora apenas vemos las señales;

    gran remedio a mi mal es vuestro ejemplo:
que si del tiempo fuisteis derribados,
el tiempo derribar podrá mis males.


Gutierre de Cetina
   (1520-1557)

martes, 29 de enero de 2019

Al Rey nuestro señor

          Retrato del Emperador Carlos V, Tiziano (1490-1576)

    Ya se acerca, señor, o ya es llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,

por suerte a vuestros tiempos reservada;
 

    ya tan alto principio, en tal jornada,
os muestra el fin de vuestro santo celo
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un Monarca, un Imperio y una Espada;
 

    ya el orbe de la tierra siente en parte
y espera en todo vuestra monarquía,
conquistada por vos en justa guerra,
 

    que, a quien ha dado Cristo su estandarte,
dará el segundo más dichoso día
en que, vencido el mar, venza la tierra.


Hernando de Acuña
          (1518-1580)

miércoles, 23 de enero de 2019

Soneto XXIX

 
              La separación de Hero y Leandro, William Etty (1878-1849)

     Pasando el mar Leandro el animoso,
en amoroso fuego todo ardiendo,
esforzó el viento, y fuese embraveciendo
el agua con un ímpetu furioso. 

     Vencido del trabajo presuroso,
contrastar a las ondas no pudiendo,
y más del bien que allí perdía muriendo,
que de su propia muerte congojoso,

     como pudo, esforzó su voz cansada
y a las ondas habló desta manera,
mas nunca fue su voz de ellas oída:

     «Ondas, pues no se excusa que yo muera,
dejadme allá llegar, y a la tornada
vuestro furor ejecutad en mi vida».

Garcilaso de la Vega
(h. 1501-1536) 
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