viernes, 28 de abril de 2017

Duélete de esa puente, Manzanares

                       Lavanderas del Manzanares, Casimiro Sainz (1878)

Duélete de esa puente, Manzanares;
mira que dice por ahí la gente
que no eres río para media puente,
y que ella es puente para muchos mares.
 

Hoy, arrogante, te ha brotado a pares
húmedas crestas tu soberbia frente,
y ayer me dijo humilde tu corriente
que eran en marzo los caniculares.
 

Por el alma de aquel que ha pretendido
con cuatro onzas de agua de chicoria
purgar la villa y darte lo purgado,
 

me di ¿cómo has menguado y has crecido?,
¿cómo ayer te vi en pena, y hoy en gloria?

–Bebióme un asno ayer, y hoy me ha meado.

Luis de Góngora
(1561-1627)

miércoles, 26 de abril de 2017

Mozuelas las de mi barrio

Mujeres en la ventana, Bartolomé Esteban Murillo (1665-1675)

Mozuelas las de mi barrio, 
loquillas y confiadas,
mirad no os engañe el tiempo,
la edad y la confianza.
No os dejéis lisonjear
de la juventud lozana,
porque de caducas flores
teje el tiempo sus guirnaldas.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Vuelan los ligeros años,
y con presurosas alas
nos roban, como Harpías,
nuestras sabrosas viandas.
La flor de la maravilla
esta verdad nos declara,
porque le hurta la tarde
lo que le dio la mañana.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Mirad que cuando pensáis
que hacen la señal de la Alba
las campanas de la vida,
es la queda y os desarma
de vuestro color y lustre,
de vuestro donaire y gracia,
y quedáis todas perdidas
por mayores de la marca.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Yo sé de una buena vieja
que fue un tiempo rubia y zarca,
y que al presente le cuesta
harto caro el ver su cara;
porque su bruñida frente
y sus mejillas se hallan
más que roquete de obispo
encogidas y arrugadas.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Y sé de otra buena vieja
que un diente que le quedaba
se lo dejó estotro día
sepultado en unas natas;
y con lágrimas le dice:
«Diente mío de mi alma,
yo sé cuánto fuisteis perla,
aunque agora no sois nada.»
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Por eso, mozuelas locas,
antes que la edad avara
el rubio cabello de oro
convierta en luciente plata,
quered cuando sois queridas,
amad cuando sois amadas,
mirad, bobas, que detrás
se pinta la ocasión calva.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Luis de Góngora
(1561-1627)

sábado, 22 de abril de 2017

Conjura

           Lesbia, John Reinhard Weguelin (1878)

Tu espalda
zarpa de gato blanco.

Tus muslos
antorchas encendidas.

Tu vientre
teja de leche dura.

Tu boca
runa de luz.

Tu pelo 
chorro de lava quieta.

Tus manos
incendios de cristal.

Tus pechos
corazones de punta.

Tu sexo
flecha de sombra.

Ven esta noche,
ven esta noche,
ven esta noche.

Álvaro Tato
(Vuelavoz, 2017)

martes, 18 de abril de 2017

Conversación

                  Melancolía, Edvard Munch (1894)

Cada vez que te hablo, otras palabras
escapan de mi boca, otras palabras.
No son mías. Proceden de otro sitio.
Me muerden en la lengua. Me hacen daño.
Tienen, como las lanzas de los héroes,
doble filo, y los labios se me rompen
a su contacto, y cada vez que surgen
de dentro –o de muy lejos, o de nunca–,
me fluye de la boca un hilo tibio
de sangre que resbala por mi cuerpo.
Cada vez que te hablo, otras palabras
hablan por mí, como si ya no hubiese
nada mío en el mundo, nada mío
en el agotamiento interminable
de amarte y de sentirme desamado.


Luis Alberto de Cuenca
(La caja de plata, 1985)

viernes, 31 de marzo de 2017

Más recomendaciones para Julias

Muchacha con sombrero, Galina Alexeevna Rumiantseva (1960)

No caigas nunca en el amor por lo trágico,
en ese concurrido amor por lo terrible
que linda tu carroza, en esos aires
negros de tuba atroz, tres veces dicho,
no es fácil, y no llores
al volver
pero tampoco
al ir, no llores
y punto, vive
como si  fuera un verbo que tuviera
sentido,
enciende
rápido
esa
vela,
no le quites al libre su limosna,
no quedes en las plazas,
no hagas ruido.
Llama siempre que ames, ama aunque
te digan que te arañará (no es raro), y
te nieguen el oasis en la frente,
pero no seas
nunca
sólo
azar,
sal
de tu vida como quien entra a solas en un supermercado
y no duda en cambiar su sempiterna marca de refrescos azules de momento,
di
no
al revés
y no te trices nunca,
y pase lo que pese
sigue, sigue
como si no
fuera contigo,
como si
te acompañaras, lámpara
de una luz nueva, de una nueva
máquina
más.

Sé que no eres mi hija (sé que no eres
hija de nadie, y yo no tengo trazos
desiguales que darte),  pero
no temas más y no maceres este tiempo tuyo
que te repite así su tic-tac mágico:
no mires el reloj, detente, date
y descubre las cosas del alma de las cosas
del alma. No me importa
si recuerdas o no quién te lo dijo,
pero jamás des tus gemidos a esos
crueles pequeños que aún creen en lecciones
de leche. Olvídame, camina,
busca a dios
donde quieras,
resúmete en cualquier contrasentido
y elige tu color. Sin miedo
ni esperanza, conócete a ti misma,
duda del nihil novus y esas viejas valijas
y, preclaro platón, pliego de plácemes,
dale oído a ese adagio luminoso
que aconseja primero no dañar, primum non nocere,
ojalá todo esté en  los libros,
tengo que irme, siempre estamos marchándonos,
reclama, no te manches,
no temas, 
salta, 
date
más
hoy,
es
toy,

fir
me,
ven,
adiós.

Gonzalo Escarpa
(Fatiga de materiales, 2006)

sábado, 25 de marzo de 2017

La ciudad de las casas azules

                               Puerto de Saint-Cast, Paul Signac (1890)

Te inventaré una ciudad de casas azules donde siempre serás nombrada
con el nombre que inventé para ti.
¡Estás tan linda cuando luces el nombre que inventé para ti!
Enterraremos ese otro –azaroso y furtivo- que ahora te viste, en un lugar que se parezca
a todos los lugares que conocemos
para que cuando nos dé alcance su nostalgia,
no recordemos dónde fenece.

Te inventaré un oficio que ocupe tus días en la ciudad de las casas azules:
algo así como desordenar las caracolas de la playa
o apuntalar castillos de arena.
Algo importante que entretenga tus manos para que no pierdas el tiempo
abrazada a los árboles,
regalando el don de tus caricias a aquellos que nunca te arroparán. 

(A esos estúpidos ásperos a los que entregas tu cuerpo).

Te inventaré una ciudad de casas azules donde todos te conocerán
por el nombre que inventé para ti y tus manos, hacendosas,
desordenarán las caracolas de la playa
o cuidarán de los castillos de arena
para que los árboles no te susurren jamás

que echan de menos tu piel.

Vega Cerezo
(Yo soy un país, 2013)

martes, 21 de marzo de 2017

En mi poesía no hay sitios


                         Hélice, Robert Delaunay (1923)

En mi poesía no hay sitios
No hay malavez nombres ni 
años añoranzas tiempos 
pasados pisados puentes 
ni acueductos ni calles
En mi poesía no hay anales 
tampoco tramas o temas 
ni banderas ni oficinas 
En mi poesía no hay público 
ni sermones ni discursos 
ni ruedan trenes y no hay 
luna en mi poesía ni países 
En mi poesía no hay fines 
para entretener o sonar 
con palabras cadavéricas 
En mi poesía hay fulgor

Carlos Edmundo de Ory
(Energeia, 1978)

viernes, 17 de marzo de 2017

Cabra sola

Cubierta de la magnífica antología sobre la vida y obra de Gloria Fuertes
preparada por Jorge de Cascante en Blackie Books

Hay quien dice que soy como una cabra;
lo dicen lo repiten, ya lo creo;
pero soy una cabra muy extraña
que lleva una medalla y siete cuernos.
¡Cabra! En vez de mala leche yo doy llanto.
¡Cabra! Por lo más peligroso me paseo.
¡Cabra! Me llevo bien con alimañas todas.
¡Cabra! Y escribo en los tebeos.
Vivo sola, cabra sola,
–que no quise cabrito en compañía–
cuando subo a lo alto de este valle
siempre encuentro un lirio de alegría.
Y vivo por mi cuenta, cabra sola;
que yo a ningún rebaño pertenezco.
Si sufrir es estar como una cabra,
entonces sí lo estoy, no dudar de ello. 

Gloria Fuertes
(Poeta de guardia, 1968)

martes, 14 de marzo de 2017

Cabras solas que os dejáis los cuernos

                                                               A Gloria Fuertes, in memoriam

Cabras solas que os dejáis los cuernos
que os tragáis la leche
qué leche estar muerto....
 

Cabras solas que os echáis al monte
lleno de alimañas y demás sujetos...
 

Adjetivos, pronombres, artículos,
¡uníos , tejedme una alfombra de versos!
 

Que este pasto de luz donde vivo
cabras solas
también sea vuestro.


Belén Reyes
(Ponerle un bozal al corazón, 2002)

lunes, 6 de marzo de 2017

Galatea

                           El Parque Monceau, Gustave Caillebotte (1877)

No sabía qué hacer aquella tarde.
Tú estabas enfadado y no querías
salir. Me fui al Parque del Oeste
y estuve paseando mucho rato
sin encontrar un alma. En el invierno
casi nadie pasea por los parques.
No pensé nada. Me senté en un banco
y encendí un cigarrillo. De repente
un hombre joven se sentó a mi lado.
Le miré y vi que había un solo ojo
en mitad de su frente, un ojo oscuro,
tristísimo y brillante. Me miraba
como pidiendo ayuda, suplicando.
Ninguno de los dos dijimos nada.
Él miraba mis ojos y yo el suyo.
En silencio empezó a llorar despacio,
se avergonzó y se fue. Yo no hice nada
por detenerle. Tú no te creíste
ni una palabra de esta historia, pero
yo me lleno de angustia y de tristeza,
aunque quiera evitarlo, si recuerdo

al cíclope del Parque del Oeste.

Amalia Bautista
(Cárcel de amor, 1988)

martes, 28 de febrero de 2017

Muerte en el olvido

                 Amantes, Pierre-Auguste Renoir (1875)

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
                         Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
–oscuro, torpe, malo– el que la habita...


Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

sábado, 25 de febrero de 2017

No vale gritar

             Mirando por la ventana, Georg Schrimpf (1932)

Hay días que el camino se hace difícil,
se estrecha por el sitio de los precipicios
y si llegas al valle te sueltan los toros.
Si estás en casa,
se te cae el techo encima y el alma a los pies.

No vale gritar.
Aquí no hay quien te eche una mano,
y si te descuidas te hacen leña.
No desmayes en el dolor,
que te pisarán al pasar.
Aviva los sentidos,
agudiza la vista,
porque estás rodeado de cazadores.
Quieren cazar el "puesto" que tienes,
el amor, o tan solo la paz.
Amigo, ponte en guardia,
que esto de vivir es peligroso,
que puede venir alguien a pegarte,
y si te dejas...
eres un elegido,
a ti no se te pueden dar consejos!


Gloria Fuertes
(Todo asusta, 1958)

martes, 21 de febrero de 2017

Lágrima

                  Marina II, Guillermo Gómez Gil (1862-1942)

No veían la lágrima.

Inmóvil
en el centro de la visión, brillando,
demasiado pesada para rodar por mejilla de hombre,
inmensa,
decían que una nube, pretendían, querían
no verla
sobre la tierra oscurecida,
brillar sobre la tierra oscurecida.

Ved en cambio a los hombres que sonríen,
los hombres que aconsejan la sonrisa.
Vedlos
presurosos, que acuden.
Frente a la sorda realidad
peroran, recomiendan, imponen confianza.
Solícitos, ofrecen sus servicios. Y sonríen,
sonríen.
              Son los viles
propagandistas diplomados
de la sonrisa sin dolor, los curanderos
sin honra.

La lágrima refleja
solo un brillo furtivo
que apenas espejea.
La descubre la sed,
apenas, de los ojos
sobre los doloridos
utensilios humanos
–igual como descubre
el río que, invisible,
espejea en las hojas
movidas–, pero a veces
en cambio, levantada,
manifiesta, terrible,
es un mar encendido
que hace daño a los ojos,
y su brillo feroz
y dura transparencia
se ensaña en la sonrisa
barata de esos hombres
ciegos, que aún sonríen
como ventanas rotas.

He ahora el dolor
de los otros, de muchos,
dolor de muchos otros, dolor de tantos hombres,
océanos de hombres que los siglos arrastran
por los siglos, sumiéndose en la historia.
Dolor de tantos seres injuriados,
rechazados, retrocedidos al último escalón,
pobres bestias
que avanzan derrengándose por un camino hostil,
sin saber dónde van o quién les manda,
sintiendo a cada paso detrás suyo ese ahogado resuello
y en la nuca ese vaho caliente que es el vértigo
del instinto, el miedo a la estampida,
animal adelante, hacia adelante, levántándose
para caer aún, para rendirse
al fin, de bruces, y entregar
el alma porque ya
no pueden más con ella.
Así es el mundo
y así los hombres. Ved
nuestra historia, ese mar,
ese inmenso depósito de sufrimiento anónimo,
ved cómo se recoge
todo en él: injusticias
calladamente devoradas, humillaciones, puños
a escondidas crispados
y llantos, conmovedores llantos inaudibles
de los que nada esperan ya de nadie...
Todo, todo aquí se recoge, se atesora, se suma
bajo el silencio oscuramente,
germina
para brotar adelgazado en lágrima,
lágrima transparente igual que un símbolo,
pero reconcentrada, dura, diminuta
como gota explosiva, como estrella
libre, terrible por los aires, fulgurante, fija,
único pensamiento de los que la contemplan
desde la tierra oscurecida,
desde esta tierra todavía oscurecida.

Jaime Gil de Biedma
(Compañeros de viaje, 1959)

martes, 14 de febrero de 2017

Canto a España

       Portalón del Monasterio de Piedra, Jaime Morera y Galicia (1854-1927)

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo.
Clavel encendido de sueños de fuego.
He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas,
andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.

¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos
que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades?
¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura?
¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas,
arrojar a una hoguera tus viejas hazañas,
dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora,
ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Quisiera asistir a tu sueño completo,
mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota,
hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.

Qué tristes he visto a tus hombres.
Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche,
comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo,
dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza.
Les pides que pongan sus almas de fiesta.
No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento,
que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras.

Oh España, qué triste pareces.
Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo,
saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.

Y sobre la noche marina, borrada tu estela,
España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días.
Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino.
Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena...

...en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama,
cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente
la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio...


José Hierro
(Quinta del 42, 1952)

domingo, 12 de febrero de 2017

Fidelidad

 Amanecer en el Castillo de Norham , Joseph Mallord William Turner (1845)

Creo en el hombre. He visto
espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos
(españas a caballo
del dolor y del hambre). Y he creído.
 

Creo en la paz. He visto
altas estrellas, llameantes ámbitos
amanecientes, incendiando ríos
hondos, caudal humano
hacia otra luz: he visto y he creído.
 

Creo en ti, patria. Digo
lo que he visto: relámpagos
de rabia, amor en frío, y un cuchillo
chillando, haciéndose pedazos
de pan: aunque hoy hay solo sombra, he visto 

y he creído.

Blas de Otero
(Pido la paz y la palabra, 1955)

sábado, 4 de febrero de 2017

Aceituneros

                     Olivar, Vicent van Gogh (1889)

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que solo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.


Miguel Hernández
(Viento del pueblo, 1937)

jueves, 2 de febrero de 2017

Tras de un amoroso lance

                                 Lago King, Albert Bierstadt (h. 1870-1875)

Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto
que le di a la caza alcance.

Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino
que de vista me perdiese;
y con todo en este trance
en el vuelo quedé falto,
mas el amor fue tan alto
que le di a la caza alcance.

Cuando más alto subía,
deslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en oscuro se hacía;
mas por ser de amor el lance,
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba.
Dije: "No habrá quien alcance".
Abatime tanto, tanto
que fui tan alto, tan alto
que le di a la caza alcance.

Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo
porque esperanza del cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé solo este lance
y en esperar no fui falto
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.


San Juan de la Cruz
(1542-1591)

domingo, 29 de enero de 2017

En vano el mar fatiga

            Tántalo, Gioacchino Assereto (h. 1630-1640)

    En vano el mar fatiga
la vela portuguesa, que ni el seno
de Persia ni la amiga
Maluca da árbol bueno,
que pueda hacer un ánimo sereno.

    No da reposo al pecho,
Felipe, ni la India, ni la rara
esmeralda provecho;
que más tuerce la cara
cuanto posee más el alma avara.

    Al capitán romano
la vida, y no la sed, quitó el bebido
tesoro persïano;
y Tántalo, metido
en medio de las aguas, afligido

    de sed está; y más dura
la suerte es del mezquino, que sin tasa
se cansa ansí, y endura
el oro, y la mar pasa
osado, y no osa abrir la mano escasa.

    ¿Qué vale el no tocado
tesoro, si corrompe el dulce sueño,
si estrecha el ñudo dado,
si más enturbia el ceño,
y deja en la riqueza pobre al dueño?


Fray Luis de León
(1527-1591) 

*El capitán romano: Mario Licino Craso.
  Endura: guarda, atesora.

viernes, 27 de enero de 2017

Si a vuestra voluntad yo soy de cera

    Retrato de la condesa de Grignan, Pierre Mignard (1612-1695)
 
    Si a vuestra voluntad yo soy de cera,
¿cómo se compadece que a la mía
vengáis a ser de piedra dura y fría?
De tal desigualdad, ¿qué bien se espera?

    Ley es de amor querer a quien os quiera,
y aborrecerle, ley de tiranía:
mísera fue, señora, la osadía
que os hizo establecer ley tan severa.

    Vuestros tengo riquísimos despojos,
a fuerza de mis brazos granjeados,
que vos nunca rendírmelos quisisteis;

    y pues Amor y esos divinos ojos
han sido en el delito los culpados,
romped la injusta ley que establecisteis.
 
Baltasar del Alcázar
(1530-1606)

jueves, 19 de enero de 2017

Clara Luna, que altiva y arrogante

           Diana y Endimión, Benedetto Gennari el Joven (1633-1715)

Clara Luna, que altiva y arrogante
vas haciendo reseña por el cielo
de tu hermosura que el nevado yelo
de tus cuernos la torna rutilante:

si en la memoria de tu dulce amante
no se ha muerto la gloria y el consuelo
que recibiste amando, y el recelo
con que le adormeciste en un instante,

vuelve a mirar de la miseria mía
la sinrazón; si acaso graves males
hallan blandura en tus serenos ojos.

Que ya –culpa del cielo– los veo tales,
que apartarán la amarga compañía
de estos tristes y míseros despojos.

Francisco de la Torre
(h. 1534-h. 1594)

sábado, 14 de enero de 2017

Égloga III (fragmento)

        La muerte de Adonis, Giovanni Battista Gaulli (1625)

    Climene, llena de destreza y maña,
el oro y las colores matizando,
iba de hayas una gran montaña,
de robles y de peñas varïando;
un puerco entre ellas, de braveza extraña,
estaba los colmillos aguzando
contra un mozo no menos animoso,
con su venablo en mano, que hermoso.


    Tras esto, el puerco allí se vía herido
de aquel mancebo, por su mal valiente,
y el mozo en tierra estaba ya tendido,
abierto el pecho del rabioso diente,
con el cabello de oro desparcido
barriendo el suelo miserablemente;
las rosas blancas por allí sembradas
tornaban con su sangre coloradas.


    Adonis este se mostraba que era,
según se muestra Venus dolorida,
que viendo la herida abierta y fiera,
sobre él estaba casi amortecida;
boca con boca coge la postrera
parte del aire que solia dar vida
al cuerpo por quien ella en este suelo
aborrecido tuvo al alto cielo.


Garcilaso de la Vega
(h. 1501-1536)

martes, 10 de enero de 2017

Quand'io mi volgo indietro a mirar gli anni


          Primavera (detalle), Sandro Botticelli (h. 1482)

Quand’io mi volgo indietro a mirar gli anni
ch’ànno fuggendo i miei penseri sparsi,
et spento ’l foco ove agghiacciando io arsi,
et finito il riposo pien d’affanni,

rotta la fe’ degli amorosi inganni,
et sol due parti d’ogni mio ben farsi,
l’una nel cielo et l’altra in terra starsi,
et perduto il guadagno de’ miei damni,

i’ mi riscuoto, et trovomi sí nudo,
ch’i’ porto invidia ad ogni extrema sorte:
tal cordoglio et paura ò di me stesso.

O mia stella, o Fortuna, o Fato, o Morte,
o per me sempre dolce giorno et crudo,
come m’avete in basso stato messo!


Francesco Petrarca
(Canzoniere, siglo XIV)


Cuando me paro a contemplar los años,
y veo mis pensamientos esparcidos,
y el fuego en que ardí helándome apagado,
y acabada la paz de mis afanes,

rota la fe de engaños amorosos,
dividido en dos partes mi bien todo,
una en el cielo y otra aquí en la tierra,
y perdido el provecho de mis males,

en mí vuelvo, y me encuentro tan desnudo
que envidia siento por cualquier destino:
tanto dolor y miedo de mí tengo.

¡Oh mi estrella, oh Fortuna, oh Muerte, o Hado,
oh siempre para mí dulce cruel día,
cómo en tan bajo estado me habéis puesto!

[Traducción de Jacobo Cortines]
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