jueves, 22 de junio de 2017

A Él

                              Paisaje tropical, Albert Bierstadt (1830-1902)

    Era la edad lisonjera
en que es un sueño la vida;
era la aurora hechicera
de mi juventud florida
en su sonrisa primera:

    cuando sin rumbo vagaba
por el campo silenciosa
y en escuchar me gozaba
la tórtola que entonaba
su querella lastimosa.

    Melancólico fulgor
blanca luna repartía,
y el aura leve mecía
con soplo murmurador
la tierna flor que se abría.

    ¡Y yo gozaba! El rocío
–nocturno llanto del cielo–,
el bosque espeso y umbrío,
la dulce quietud del suelo,
el manso correr del río,

    y de la luna el albor,
y el aura que murmuraba
acariciando a la flor,
y el pájaro que cantaba...,
¡todo me hablaba de amor!

    Y trémula, palpitante,
en mi delirio extasiada,
miré una visión brillante,
como el aire perfumada,
como las nubes flotante.

    Ante mí resplandecía
como un astro brillador,
y mi loca fantasía
al fantasma seductor
tributaba idolatría.

    Escuchar pensé su acento
en el canto de las aves;
eran las auras su aliento,
cargadas de aromas suaves,
y su estancia el firmamento...

    ¿Qué extraño ser era aquel?
¿Era un ángel o era un hombre?
¿Era un dios o era Luzbel?...
¿Mi visión no tiene nombre?
¡Ah, nombre tiene: era Él!

    El alma soñaba tu imagen divina
y en ella reinabas ignoto señor,
que acaso su instinto feliz adivina
los rasgos que debe grabarle el amor.

    Al sol en que el cielo de Cuba destella,
del trópico ardiente brillante fanal,
tus ojos eclipsan; tu frente descuella
cual se alza en la selva la palma real.

    Del genio la aureola radiante, sublime,
ciñendo contemplo tu pálida sien,
y al verte, mi pecho palpita y se oprime,
dudando si formas mi mal o mi bien.

    Que tú eres, no hay duda, mi sueño adorado,
el ser a quien tanto mi pecho anheló;
mas, ¡ay!, que mil veces el hombre, arrastrado
por fuerza enemiga, su tumba buscó.

     Así vi a la mariposa
inocente, fascinada,
en torno a la luz amada
revolotear con placer;
insensata se aproxima
y la acaricia insensata,
hasta que la luz ingrata
devora su frágil ser.

    Y es fama que allá en los bosques
que habita el indio indolente
nace y crece una serpiente
de prodigioso poder.
Si sus hálitos exhala,
en apariencia süaves,
volando bajan las aves
en su garganta a caer.

    ¿Y dónde van esas nubes
por el viento compelidas;
dónde esas hojas perdidas
que del árbol arrancó?...
¡Ay!, lo ignoran: las arrastra
el poder de su destino,
y ceden al torbellino
como al amor cedí yo.

    Así vuelan resignadas
y no saben dónde van...,
pero siguen el sendero
que les traza el huracán.

    Vuelan, vuelan en sus alas
nubes y hojas a la par,
ora al cielo las levante,
ora las hunda en el mar.

    ¿Y a qué pararse sirviera?
¿A qué el término inquirir?
¡Ya a la altura, ya al abismo,
su curso habrán de seguir!


Gertrudis Gómez de Avellaneda
(Poesías, 1841)

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