domingo, 5 de julio de 2026

Tus cartas son un vino


                           La carta, George Clausen (1852-1944)

                                            A mi gran Josefina adorada
Tus cartas son un vino
que me trastorna y son
el único alimento
para mi corazón.

Desde que estoy ausente
no sé sino soñar,
igual que el mar tu cuerpo,
amargo igual que el mar.

Tus cartas apaciento
metido en un rincón
y por redil y hierba
les doy mi corazón.

Aunque bajo la tierra,
mi amante cuerpo esté,
escríbeme, paloma,
que yo te escribiré.

Cuando me falte sangre
con zumo de clavel,
y encima de mis huesos
de amor cuando papel.

Miguel Hernández
(Obra poética completa, 2010)

En 1933 y 1934, Miguel Hernández escribió una serie de poemas que no llegó a publicar. A este grupo pertenece el reproducido arriba. Gracias a la edición de la poesía completa del autor, realizada por Alianza Editorial en 2010 con motivo del centenario de su nacimiento, podemos leer tanto los poemas publicados como los inéditos.

lunes, 15 de junio de 2026

Lección de geografía
















                    Velas redondeadasVasko Taškovski (2011)

Quien no haya visto el mar que se levante,
yo os lo voy a contar, cerrad los ojos.
Imaginad que el agua, como un caballo blanco,
se hubiera subido al campanario.
Las hojas de los árboles son peces,
la nieve, espuma de cristal sobre las olas.
Como de un vaso de luz
que sostuviera la mano de dios,
van cayendo una a una las gotas de la vida.
Así, el inocente pájaro,
la piedra, el musgo o la mariposa
van entrando en el agua que ya todo lo cubre.
Creeréis que el mundo, desde siempre,
ha ido llevándole sus ríos.
Del fuego, de la oculta ceniza de madera
ha tomado el mar su verde brote de esmeralda.
Como el ruiseñor que canta
en los jardines de la tierra
también las caracolas en sus profundos valles
celebran la música.
Por eso al acercar tu oído
a ese bello laberinto de leche
escucharás, aunque no quieras,
el inmenso ruido de la mar.
Ahora ya lo sabéis,
y solo falta empujarlo, entre todos,
al aire.

Juan Carlos Mestre
(Antífona del otoño en el Valle del Bierzo, 1986) 

martes, 12 de mayo de 2026

Campo de' fiori

Templo de Saturno desde la Basílica Julia, Alberto Pisa (1905)

Sono tornata a Campo de’ fiori
un mattino di maggio
era uno dei luoghi più belli di Roma
dove tornare sempre con gioia
come nei bar e nei mercati all’aperto
brillanti dei rasi colori
dove a festa vanno occhi e cuori.
Andate, andate a vedere
a piangere il tempo che passa.

Noi giardinieri così impoveriti
non abbiamo più a primavera i fiori.

Il tempo ha logorato Campo de’ fiori
non i roghi ma solo i mesi e gli anni
appena due o tre forse,
il tempo per qualcuno dei fiori
sparito,
ha rapito fragranza linfa e colori
alla piazza marcita
volgare di misere finte erbacce
e fetori finti.

Siamo a primavera senza più i fiori
noi ancora giardinieri dell’umano.

Gabriella Sica
(Cara Europa che ci guardi (1915-2015), 2015)

Versión al castellano de Un poema cada día

He vuelto a Campo de' fiori
una mañana de mayo
era uno de los lugares más bellos de Roma
donde volver siempre con alegría
como a los bares y mercados callejeros
brillantes de satinados colores
donde de fiesta van ojos y corazones.
Vayan, vayan a ver
a llorar por el tiempo que pasa.

Nosotros jardineros tan empobrecidos
no tenemos ya en primavera flores.

El tiempo ha consumido Campo de' fiori
no las hogueras sino solo los meses y los años
apenas dos o tres acaso,
el tiempo para cualquiera de las flores
desaparecido,
ha arrebatado fragancia linfa y colores
a la plaza podrida
vulgar de míseros fingidos hierbajos
y hedores fingidos.

Estamos en primavera sin más flores
nosotros aún jardineros de lo humano.

Gabriella Sica
(Querida Europa que nos mira (1915-2015), 2015)

lunes, 13 de abril de 2026

Te quiero

              Amantes, Henri Martin (h. 1932-1935)


















Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

        si te quiero es porque sos
        mi amor mi cómplice y todo
        y en la calle codo a codo
        somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

        si te quiero es porque sos
        mi amor mi cómplice y todo
        y en la calle codo a codo
        somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

        si te quiero es porque sos
        mi amor mi cómplice y todo
        y en la calle codo a codo
        somos mucho más que dos.

Mario Benedetti
(Poemas de otros, 1973-1974)

viernes, 13 de marzo de 2026

Autorretrato

    Retrato de Sofía Goldstand, Teodor Axentowicz (h. 1905)

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.

Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)

Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.
 
Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.

Amigas… hmmm… a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehúyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.

Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.

Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.

Rosario Castellanos
(En la tierra de en medio, 1972)
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