jueves, 4 de marzo de 2021

Tu voz

Día de primavera junto al río, Peder Mørk Mønsted (1901)

Emboscado en mi escritura
cantas en mi poema.
Rehén de tu dulce voz
petrificada en mi memoria.
Pájaro asido a su fuga.
Aire tatuado por un ausente.
Reloj que late conmigo
para que nunca despierte.

Alejandra Pizarnik
(Los trabajos y las noches, 1965)

lunes, 22 de febrero de 2021

Camposanto en Colliure

                          La playa de Collioure, Paul Signac (1887)

Aquí paz,
y después gloria.

Aquí,
a orillas de Francia,
en donde Cataluña no muere todavía
y prolonga en carteles de «Toros à Ceret»
y de «Flamenco’s Show»
esa curiosa España de las ganaderías
de reses bravas y de juergas sórdidas,
reposa un español bajo una losa:
                                                            paz
y después gloria.

Dramático destino,
triste suerte
morir aquí
                     —paz
y después…—
                         perdido,
abandonado
y liberado a un tiempo
(ya sin tiempo)
de una patria sombría e inclemente.

Sí; después gloria.

Al final del verano,
por las proximidades
pasan trenes nocturnos, subrepticios,
rebosantes de humana mercancía:
mano de obra barata, ejército
vencido por el hambre
                                          –paz...–,
otra vez desbandada de españoles
cruzando la frontera, derrotados
—…sin gloria.

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

¿Qué precio es el peor?
                                           Me lo pregunto
y no sé qué pensar
ante esta tumba,
ante esta paz
                        –"Casino
de Canet: spanish gipsy dancers",
rumor de trenes, hojas...–,
ante la gloria esta
–…de reseco laurel–
que yace aquí, abatida
bajo el ciprés erguido,
igual que una bandera al pie de un mástil.

Quisiera,
a veces,
que borrase el tiempo
los nombres y los hechos de esta historia
como borrará un día mis palabras
que la repiten siempre tercas, roncas.

Ángel González
(Grado elemental, 1962)


martes, 16 de febrero de 2021

El casalot del nens i nenes


Paisaje invernal con niños jugando en la nieve, August Schlüter (1892)
 
Sota el blau i gelat cel de Castella,
com si hagués l'esperança travessat
la pluja de la nit, sento les seves veus
y els veig jugant al pati.
El sol d'hivern, el sol de la infantesa,
els hi va fent carícies de mare.
Amb ulls color d'hospici miren cap al demà,
que és una bassa buida, però els peus
salten contents els tolls de pluja blaus
on s'emmiralla el cel
que aquest matí d'hivern els hi promet la vida.

Joan Margarit
(Casa de misericordia, 2007)

El caserón de los niños y niñas
 
Bajo el gélido azul del cielo de Castilla,
como si la esperanza hubiese atravesado
la lluvia de la noche, oigo sus voces
y veo cómo juegan en el patio.
El sol de invierno
se acerca, maternal, a acariciarlos.
Miran con ojos de color de hospicio
esta alberca vacía del futuro,
pero sus pies contentos saltan
charcos de lluvia azules reflejando el cielo
que esta invernal mañana les promete la vida.
 
[Traducción al castellano del propio autor, en la edición bilingüe de la editorial Visor]

martes, 9 de febrero de 2021

Cenicienta


          La pérgola junto al río, Ferdinand de Puigaudeau (1911)

Espero al último baile.
Cera sellando cartas de amantes,
busqué los zapatos más lindos del vertedero,
los regueros de polvo de ángel
en la comisura de mis labios.

Y aquí estoy. Sin calabazas de algodón
ni ratones mordisqueando entre los dedos de mis pies.
Como pedigüeña entre sandwiches y Pepsis,
arrastrando las cadenas de rafia,
enumerando a las mercenarias
de aros gigantes y zapatos de vainilla.

Ya no quedan príncipes para mis vaqueros.
Jamás, me juro, seré tan asquerosamente bella.

Elena Medel
(Mi primer biquini, 2002)

domingo, 24 de enero de 2021

El amor en un bote de cristal

 
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
Llega entonces ella, disfrazada de pájaro, árbol 
y viento, llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.
Añoro el mar, alcanzo a decir.
No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre,
en todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso, ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y solo entonces si desvío la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas, y los sauces, y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.
Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.
                                La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
 
Elvira Sastre
(La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida, 2017)
 
En el vídeo, la poeta Elvira Sastre recita el poema reproducido arriba.


viernes, 22 de enero de 2021

Soy


Un arroyo en el bosque de Moesgaard, Peder Mørk Mønsted (1888) 
 
Soy suave y triste si idolatro, puedo
bajar el cielo hasta mi mano cuando
el alma de otro al alma mía enredo.
Plumón alguno no hallarás más blando.

Ninguna como yo las manos besa,
ni se acurruca tanto en un ensueño,
ni cupo en otro cuerpo, así pequeño,
un alma humana de mayor terneza.

Muero sobre los ojos, si los siento
como pájaros vivos, un momento,
aletear bajo mis dedos blancos.

Sé la frase que encanta y que comprende
y sé callar cuando la luna asciende
enorme y roja sobre los barrancos.
 
Alfonsina Storni
(Ocre, 1925)

domingo, 27 de diciembre de 2020

Los armónicos han entrado en el fémur de un neandertal


Los jardines del Generalife,  Santiago Rusiñol (1861-1931)
 
Los armónicos han entrado en el fémur de un neandertal 
en la forma arbórea del Giraldo De Molina y su bandera agujereada dos arcillosos seres
como un poema en el jardín de los sapos esparteros
su canto o el pasto que comían los niños en mayo
este acorde contemporáneo pide bombillas al vecino
la oreja de tundra riega los fósiles susurrados de una partitura y su músico come
albaricoques en la despensa del palacio
así con brillante cuerpo de dios griego sonamos
Manuel de Falla envía un atardecer en Granada y ciclistas submarinos en las escamas
del Mediterráneo hacen canciones con brezo y mimbre verde
estridulan ancianas las estrellas en la puerta de sus casas
guardé mi corazón en un enebro
lugar donde horizontalmente nace el sueño o su grito antiguo
esa memoria de patio regado
 
Mario G. Obrero
(Ese ruido ya pájaro, 2019)
 
Mario G. Obrero ha recibido este 2020 el Premio de Poesía Loewe a la Creación Joven con tan solo 17 años, por su poemario Peachtree City, que será publicado por Visor en marzo de 2021.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Tríptico


Mujer alimentando a las gallinas,
Jean-François Millet (h. 1846-1848)
 
óleo sobre tea, a avoa reproduce unha escena de Millet
 
a súa man dereita oscila tres veces,
sementando cristais de sal ante a inminencia da tormenta, coma se a moeda do mar bastase para salvarnos. as nenas obsérvanos desaparecer en contacto co cemento do patio, e son xoias
un fragmento de segundo, algo que sinalar cos dedos mentres se perde.
a chuvia impide que os salmos se adhiran ás cativas
e a man que foi péndulo volve á cadeira; como a caléndula, sabe
repregarse.
 
cando se pranta un bonsai disponse fóra do centro para facer espazo ao divino:
así ela, conxurando o mal
desde un vértice.
 
óleo sobre madeira, o pai di
 
que recrutar é unha arte.
garda moitas cousas para si: a hora en que a neve azulea sobre a orografía suíza, o primeiro dente da filla, o estalido do óso do 
peito
 
garda silencio. nunca prantaría un bonsai.
sabe despegar a sombra
do corpo
dos paxaros.
 
acrílico sobre papel, a filla repite
 
similia similiabus curantur mentres atravesa o patio. cando naceu, penduránronlle unhas cornas de vacaloura no pulso.
un cento de quilómetros ao oeste, os mariñeiros recollen estrelamares para fertilizar a terra. ela descoñéceo.
imprudente,
colócase no centro e alza a vista, para capturar o brillo que foi
da Vía Láctea. 
 
Alba Cid
(Atlas, 2019)
 
Versión al  castellano de Un poema cada día
 
óleo sobre tela, la abuela reproduce una escena de Millet
 
Su mano derecha oscila tres veces,
sembrando cristales de sal ante la inminencia de la tormenta,
como si la moneda del mar fuese suficiente para salvarnos.  Las niñas los miran desaparecer en contacto con el cemento del patio, y son joyas
un fragmento de segundo, algo que señalar con los dedos mientras se pierde.
la lluvia impide que los salmos se adhieran a las cautivas
y la mano que fue péndulo vuelve a la cadera; como la caléndula, sabe
replegarse.

cuando se planta un bonsái se coloca fuera del centro para dejar espacio a lo divino:
así ella, conjurando el mal
desde un vértice.

óleo sobre madera, el padre dice

que coleccionar es un arte.
guarda muchas cosas para sí: la hora en que la nieve azulea sobre la orografía suiza, el primer diente de la hija, el estallido del hueso del 
pecho

guarda silencio. nunca plantaría un bonsái.

sabe despegar la sombra
del cuerpo
de los pájaros.

acrílico sobre papel, la hija repite

similia similiabus curantur mientras atraviesa el patio. cuando nació, le colgaron unos cuernos de ciervo volante en la muñeca.
un centenar de kilómetros al oeste, los marineros recogen estrellas de mar para fertilizar la tierra. ella lo desconoce.
imprudente,
se coloca en el centro y alza la vista, para capturar el brillo que fue

de la Vía Láctea.

Alba Cid
(Atlas, 2019)

La poeta orensana Alba Cid ha ganado con Atlas (Editorial Galaxia, 2019) el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández 2020.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Urdinaren Oda

 
                            Dunas en Domburg, Piet Mondrian (1911)

Ahopean irakurritako poesia
urdina da
apirileko arratsaldeetan
esloveniako sukaldeak
urdinak dira.

Iturrian
zure begiradaren
isla
urdina da.
Haurtzaroko egunak
eta eskutartean
gordetzen dituzun
ahabiak ere
urdinak dira.

Zure ilorde kutunena,
urdin kolorekoa da.

Elizara sartzen den
argia,
Japoniako grabatuak,
oso garestia den
lihozko soinekoa,
imanaren kantua
eta hutsik dagoen
igerilekua ere
urdinak dira.

Urdinak dira
Europako hegoaldeko
enparantza baten
espaloian
lotan dagoen
neskatoaren
ezpain
izoztuak. 

Beatriz Chivite
(Mugi / Atu, 2019)

 Oda al azul

Azul
es la poesía
leída en voz baja
las cocinas eslovenas
en las tardes de abril.
 
Azul
es el reflejo
de tu mirada
en la fuente.
Los años de la infancia
y los arándanos
que guardas
en tus puños
cerrados.

Azul
es tu peluca favorita.
 
La luz que entra 
por la iglesia,
los grabados japoneses,
el vestido de lino
demasiado caro,
el canto del imán
y la piscina
que siempre está vacía
son azules.
Azules son
los labios
congelados
de la niña que duerme
sobre la acera
de una plaza
del sur de Europa.
 
Beatriz Chivite
(Móvil / limitación, 2019)

Este poema aparece recogido en la antología En las ciudades / Nas cidades / Hirietan (Chan da Pólvora & papelesmínimos, 2020), breve muestra de los cuatro libros de poesía de Beatriz Chivite publicados hasta ahora. La propia autora traduce los versos del euskera al castellano; de la versión gallega se encarga Isaac Xubin.

martes, 1 de diciembre de 2020

Interior del paisaje


Vista del valle de Wiesent desde el parque, Curt Herrmann (h.1903)
 
¿Cómo decir este momento rosa de la tarde cayendo
detrás del alto monte que oscurece?
¿Y para qué decirlo? ¿Para salvar mis ojos?
Contempla en el jardín las flores de este otoño,
las tapias recubiertas de hiedras y jazmines,
y el paso misterioso de los pájaros
que vuelan de repente del lugar de una sombra,
o que buscan las ramas
                                             y se mecen
en densos y caídos surtidores
de rojas buganvilias.
No salvas nada tú, ni ellos te salvan.
(Cae la tarde hoy con tan grande sosiego,
es el tiempo tan  íntimo
con el canto en su centro del pájaro que escuchas...)

La luz de allá, desde tu solitaria habitación, es otra
          habitación que aloja al mundo en sombras
y su Dueño, el que ignoro, ha cerrado la puerta
y ha entornado el balcón,
y ya todo el jardín, y el campo que lo cerca, es un rincón
          espeso,
y han callado los pájaros.

Mira cómo se encienden, una aquí y otra allá, las velas en
           la noche.
Nunca creí que el último naufragio fuese un lugar tan
          cierto, y tan a tientas.

Francisco Brines
(El otoño de las rosas, 1986)
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