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jueves, 10 de septiembre de 2026

Much Madness is divinest Sense

  Joven encadenada, Johannes Schlapp (h. 1840)

Much Madness is divinest Sense–
To a discerning Eye–
Much Sense –the starkest Madness–
’T is the Majority
In this, as all, prevails–
Assent –and you are sane–
Demur –you’re straightway dangerous–
And handled with a Chain–

Emily Dickinson
(The Complete Poems of Emily Dickinson, 1924)

Versión al castellano de Un poema cada día

Mucha Locura es la más divina Cordura–
Para un Ojo sagaz–
Mucha Cordura –la más severa Locura–
La Mayoría
En esto, como en todo, prevalece–
Asiente – y te juzgan sensato–
Disiente – eres de inmediato peligroso–
Y dominado con una Cadena –

(Poemas Completos de Emily Dickinson, 1924)

Emily Dickinson falleció en 1886 sin haber publicado sus poemas. El reproducido aquí aparece en la edición de su poesía completa realizada por su sobrina, Martha Dickinson Bianchi, en 1924.

sábado, 3 de mayo de 2025

En los ecos del órgano o en el rumor del viento

                 Una curva en el río, Louis Aston Knigth (1873-1948)

En los ecos del órgano o en el rumor del viento,
en el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
te adivinaba en todo y en todo te buscaba,
         sin encontrarte nunca.

Quizás después te ha hallado, te ha hallado y te ha perdido
otra vez, de la vida en la batalla ruda,
ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
        sin encontrarte nunca.

Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
hermosura sin nombre, pero perfecta y única;
por eso vive triste, porque te busca siempre
         sin encontrarte nunca.

Rosalía de Castro
(En las orillas del Sar, 1884)

martes, 29 de abril de 2025

Rima XLVI

Joven en la ventana, Gustave Caillebotte (1875)

Me ha herido recatándose en las sombras,
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello, y por la espalda
partiome a sangre fría el corazón.

Y ella prosigue alegre su camino,
feliz, risueña, impávida, ¿y por qué?
Porque no brota sangre de la herida…
¡Porque el muerto está en pie!

Gustavo Adolfo Bécquer
          (Rimas, 1871)

viernes, 25 de abril de 2025

A las estrellas

                     Estrellas fugaces, Franz Stuck (1912)

¡Oh refulgentes astros, cuya lumbre 
el manto oscuro de la noche esmalta, 
y que en los altos cercos silenciosos 
        giráis mudos y eternos; 

y oh tú, lánguida luna, que argentada 
las tinieblas presides, y los mares 
mueves a tu placer, y ahora apacible 
        señoreas el cielo: 

ay, cuántas veces, ay, para mí gratas
vuestro esplendor sagrado ha embellecido 
dulces, felices horas de mi vida 
        que a no tornar volaron! 

¡Cuántas veces los pálidos reflejos 
de vuestros claros rostros derramados
húmedos resbalar por las colinas 
        vi apacibles del Betis; 

y en su puro cristal vuestra belleza 
reverberar con cándidos fulgores 
admiré al lado de mi prenda amada, 
        más que vosotros bella! 

Ahora, al brillar en las salobres ondas, 
mísero solo, prófugo y errante, 
de todo bien me contempláis desnudo, 
        y a compasión os muevo. 

¡Ay!, ahora mismo vuestras luces claras, 
que el mar repite y reverente adoro, 
se derraman también sobre el retiro, 
        donde mi bien me llora. 

Tal vez en este instante sus divinos 
ojos clava en vosotros, ¡oh, lucientes 
astros!, y os pide con lloroso ruego 
que no alteréis los mares;

y el trémulo esplendor de vuestras lumbres 
en las preciosas lágrimas rïela, 
que esmaltan, ¡ay!, sus pálidas mejillas 
        y más bella la tornan.

Duque de Rivas
(1791-1865)

viernes, 25 de octubre de 2024

Los Robles (I)

                Abuelos y nieto junto a la chimenea, Anónimo (Siglo XIX)

    Allá en tiempos que fueron, y el alma
han llenado de santos recuerdos, 
de mi tierra en los campos hermosos, 
la riqueza del pobre era el fuego, 
que al brillar de la choza en el fondo, 
calentaba los rígidos miembros 
por el frío y el hambre ateridos 
            del niño y del viejo. 

    De la hoguera sentados en torno, 
en sus brazos la madre arrullaba 
             al infante robusto; 
daba vuelta, afanosa la anciana 
en sus dedos nudosos, al huso, 
y al alegre fulgor de la llama, 
ya la joven la harina cernía, 
            o ya desgranaba 
con su mano callosa y pequeña, 
del maíz las mazorcas doradas. 

    Y al amor del hogar calentándose 
en invierno, la pobre familia 
campesina, olvidaba la dura 
condición de su suerte enemiga; 
y el anciano y el niño, contentos 
en su lecho de paja dormían, 
como duerme el polluelo en su nido 
cuando el ala materna le abriga.

Rosalía de Castro
(En las orillas del Sar, 1884)

miércoles, 10 de enero de 2024

XXV

Dama elegante con un ramo de rosas, Émile Vernon (1872-1920)

Cuando en la noche te envuelven
las alas de tul del sueño
y tus tendidas pestañas
semejan arcos de ébano,
por escuchar los latidos
de tu corazón inquieto
y reclinar tu dormida
cabeza sobre mi pecho,
             diera, alma mía,
             cuanto poseo, 
             ¡la luz, el aire
             y el pensamiento!

Cuando se clavan tus ojos
en un invisible objeto
y tus labios ilumina
de una sonrisa el reflejo,
por leer sobre tu frente
el callado pensamiento 
que pasa como la nube
del mar sobre el ancho espejo,
            diera, alma mía,
            cuanto deseo,
            ¡la fama, el oro,
            la gloria, el genio!

Cuando enmudece tu lengua
y se apresura tu aliento,
y tus mejillas se encienden
y entornas tus ojos negros,
por ver entre sus pestañas
brillar con húmedo fuego
la ardiente chispa que brota
del volcán de los deseos,
            diera, alma mía,
            por cuanto espero,
            la fe, el espíritu,
            la tierra, el cielo.

Gustavo Adolfo Bécquer
            (Rimas, 1871)

sábado, 6 de enero de 2024

Oriental

                        Vista de La Alhambra, Louis Gurlitt (1812-1897)

Corriendo van por la vega
a las puertas de Granada
hasta cuarenta gomeles
y el capitán que los manda.

Al entrar en la ciudad,
parando su yegua blanca,
le dijo este a una mujer
que entre sus brazos lloraba:

"Enjuga el llanto, cristiana;
no me atormentes así;
que tengo yo, mi sultana,
un nuevo Edén para ti.

Tengo un palacio en Granada,
tengo jardines y flores,
tengo una fuente dorada
con más de cien surtidores;

y en la vega del Genil
tengo parda fortaleza,
que será reina entre mil
cuando encierre tu belleza;

y sobre toda una orilla
extiendo mi señorío;
ni en Córdoba ni en Sevilla
hay un parque como el mío.

Allí la altiva palmera
y el encendido granado,
junto a la frondosa higuera,
cubren el valle y collado;

allí el robusto nogal,
allí el nópalo amarillo,
allí el sombrío moral
crecen al pie del castillo.

Y olmos tengo en mi alameda
que hasta el cielo se levantan,
y en redes de plata y seda
tengo pájaros que cantan.

Sultana serás si quieres,
que, desiertos mis salones,
está mi harén sin mujeres,
mis oídos sin canciones.

Yo te daré terciopelos
y perfumes orientales;
de Grecia te traeré velos
y de Cachemira, chales.

Yo te daré blancas plumas
para que adornes tu frente:
más blancas que las espumas
de nuestros mares de Oriente;

y perlas para el cabello,
y baños para el calor,
y collares para el cuello;
para los labios… ¡amor!"

"¿Qué me valen tus riquezas
–respondiole la cristiana–,
si me quitas a mi padre,
mis amigos y mis damas?

Vuélveme, vuélveme, moro,
a mi padre y a mi patria,
que mis torres de León
valen más que tu Granada".

Escuchóla en paz el moro,
y manoseando su barba,
dijo, como quien medita
(en la mejilla, una lágrima):

"Si tus castillos mejores
que nuestros jardines son,
y son más bellas tus flores,
por ser tuyas, en León,

y tú diste tus amores
a alguno de tus guerreros,
hurí del Edén, no llores:
vete con tus caballeros".

Y dándola su caballo
y la mitad de su guardia,
el capitán de los moros
volvió en silencio la espalda.

José Zorrilla
(Poesías, 1837)

martes, 2 de enero de 2024

Cenicientas las aguas, los desnudos

                 Lluvia en Mont Plaisant, Albert Marquet (1944)

Cenicientas las aguas, los desnudos
árboles y los montes cenicientos;
parda la bruma que los vela y pardas
las nubes que atraviesan por el cielo;
triste, en la tierra, el color gris domina,
            ¡el color de los viejos!

De cuando en cuando de la lluvia el sordo
           rumor suena, y el viento
           al pasar por el bosque
           silba o finge lamentos
tan extraños, tan hondos y dolientes
que parece que llaman por los muertos.

Seguido del mastín, que helado tiembla,
          el labrador, envuelto
en su capa de juncos, cruza el monte;
          el campo está desierto,
y tan solo en los charcos que negrean
del ancho prado entre el verdor intenso
posa el vuelo la blanca gaviota,
          mientras graznan los cuervos.

          Yo desde mi ventana,
que azotan los airados elementos,
regocijada y pensativa escucho
          el discorde concierto
          simpático a mi alma...
          ¡Oh, mi amigo el invierno!,
mil y mil veces bien venido seas,
mi sombrío y adusto compañero.
¿No eres acaso el precursor dichoso
del tibio mayo y del abril risueño?

¡Ah, si el invierno triste de la vida,
como tú de las flores y los céfiros,
también precursor fuera de la hermosa
y eterna primavera de mis sueños...!

Rosalía De Castro
(En las orillas del Sar, 1884)

domingo, 24 de diciembre de 2023

A una estrella

                 Luna llena en Nápoles, Ivan Aivazovsky (1842)

Chispa de luz que fija en lo infinito
absorbes mi asombrado pensamiento,
tu origen, tu existencia, tu elemento
menos alcanzo cuanto más medito.

Si eres ardiente, inamovible hoguera,
¿dónde el centro descansa de tu lumbre?
Si eres globo de luz, ¿cómo en la cumbre
no giras tú de la insondable esfera?

¿Por qué la tierra sin descanso rueda?
¿Por qué la luna el globo majestuoso
mueve, mientras tu carro misterioso
inmóvil, fijo en el espacio queda?

¿Es que mi vista de mortal no alcanza
a percibir desde su oscuro asiento
allá en la altura suma el movimiento
de tu carroza, que en lo inmenso avanza?

¡Ah, sí!; que por espíritu movida,
la creación sin descanso se sostiene,
y todo en la creación marcado tiene
forma y destino, movimiento y vida.

Tú giras, sí: tus alas soberanas
surcan el mundo y sus confines tocan...
Mas ¿cómo en tu carrera no se chocan
tus millares sin número de hermanas?

Más allá de su límite prescrito
sediento avanza, audaz, el pensamiento,
y tu origen, tu vida, tu elemento
menos alcanzo cuanto más medito.

Carolina Coronado
        (1820-1911)

jueves, 21 de diciembre de 2023

La cautiva

              Paisaje romántico con torre en ruinas, Thomas Cole (1838)

    Ya el sol esconde sus rayos,
El mundo en sombras se vela,
El ave a su nido vuela,
Busca asilo el trovador.
    Todo calla: en pobre cama 
Duerme el pastor venturoso;
En su lecho suntüoso
Se agita insomne el señor.

    Se agita: mas ¡ay! reposa
Al fin en su patrio suelo; 
No llora en mísero duelo
La libertad que perdió:
    Los campos ve que a su infancia 
Horas dieron de contento,
Su oído halaga el acento 
Del país donde nació.

    No gime ilustre cautivo
Entre doradas cadenas,
Que si bien de encanto llenas,
Al cabo cadenas son. 
    Si acaso triste lamenta,
En torno ve a sus amigos,
Que, de su pena testigos,
Consuelan su corazón.

    La arrogante erguida palma 
Que en el desierto florece,
Al viajero sombra ofrece,
Descanso y grato manjar:
    Y, aunque sola, allí es querida 
Del árabe errante y fiero, 
Que siempre va placentero
A su sombra a reposar.

    Mas ¡ay triste! yo cautiva,
Huérfana y sola suspiro,
En clima extraño respiro, 
Y amo a un extraño también;
    No hallan mis ojos mi patria;
Humo han sido mis amores;
Nadie calma mis dolores,
Y en celos me siento arder. 

    ¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?... no puedo,
Ni ceder a mi tristura,
Ni consuelo en mi amargura
Podré jamás encontrar.
    Supe amar como ninguna, 
Supe amar correspondida;
Despreciada, aborrecida,
¿No sabré también odiar?

    ¡Adiós, patria!, ¡adiós, amores!
La infeliz Zoraida ahora 
Solo venganzas implora,
Ya condenada a morir.
    No soy ya del castellano 
La sumisa enamorada:
Soy la cautiva cansada 
Ya de dejarse oprimir.

José de Espronceda
    (Poesías, 1840)

domingo, 17 de diciembre de 2023

A una literata

         Retrato de Maria Riddell, Thomas Lawrence (h.1806)

Dice el mundo que pretendes
Celebridad literaria,
¡Desdichada visionaria!
¿En qué fundas, con qué emprendes
Tu pretensión temeraria?

¿Con el noble corazón
Que te dio la Providencia?
¿Con tu ciega inexperiencia
Que oculta la ilustración
Bajo modesta apariencia?

¿Con esos méritos cuentas
Para alcanzar nombradía?
Amiga, ¡qué niñería!
Muy humilde te presentas
Ante el Parnaso del día.

¿No ves que las hembras somos,
Con poquísima excepción,
Todo extremosa ficción,
O bobas como palomos,
O doctas como Solón?

Y en llegando a presumir
De literatas ¡no es nada!
¿Quién la tose a una ilustrada?
¿Quién es capaz de escribir
Su extraña vida privada? [...]

Ya mi razonar te inflama,
Ya modelo solicitas,
Puesto que tanto me incitas,
Atiende, y verás la fama
Como te lleva en palmitas.

Y siguiendo la advertencia
Con que dirigirte quiero,
Apuesto… mil contra cero,
Que obtendrás sin competencia
La cruz de Carlos tercero.

En primer lugar, el plagio
Sea tu base, tu guía,
No busques, amiga mía,
Ideas nuevas… contagio
Hay de rapsodia en el día.

Cubre los plagios con voces,
Retumbantes, tremebundas,
Forma estrofas nauseabundas
Con galicismos atroces,
Y parecerán profundas.

Y cuando te asalte el tedio
Cansada de consonantes,
Una docena de amantes
Te indico para remedio,
O dos, si no son bastantes.

En esto debes andar
Al por mayor, pues, sin tasa,
No casarte… ¿quién se casa?
¡Oh qué cosa tan vulgar!
De puro rancia se pasa.

¿Y si Dios te enriqueciera
Con frutos de bendición?
Amiga ¡qué perdición!
¿Tú convertida en niñera
Con esa imaginación?

Por el consorcio no opino;
Lleva vida de soltero,
Viste de fraque y sombrero,
Cabalga como Beduino,
Y fuma cual carretero.

Debes usar mucho el ron
Y beber el licor puro,
Eso te dará, seguro,
El aspecto de varón
Y un metal de voz… oscuro.

Debes las noches pasar
Como tahúr en garito,
Y allí levantar el grito,
Y si juraren, jurar
Sin que se te importe un pito.

O con menor aprensión
Por entre las tumbas frías,
Vagar en noches sombrías,
Buscando la inspiración
Que perdiste en las orgías.

A lo dicho y criticar
Cuanto la prensa produce,
Y mientras el ponche luce
Cual pitonisa garlar,
Mi consejo se reduce.

María Josefa Massanés
(Flores marchitas, 1850)

sábado, 14 de enero de 2023

Tintern Abbey

      Tintern Abbey con un pescador a orillas del río, John Dobbin (1876)

Five years have past; five summers, with the length
Of five long winters! and again I hear
These waters, rolling from their mountain-springs
With a soft inland murmur.—Once again
Do I behold these steep and lofty cliffs,
That on a wild secluded scene impress
Thoughts of more deep seclusion; and connect
The landscape with the quiet of the sky.
The day is come when I again repose
Here, under this dark sycamore, and view
These plots of cottage-ground, these orchard-tufts,
Which at this season, with their unripe fruits,
Are clad in one green hue, and lose themselves
'Mid groves and copses. Once again I see
These hedge-rows, hardly hedge-rows, little lines
Of sportive wood run wild: these pastoral farms,
Green to the very door; and wreaths of smoke
Sent up, in silence, from among the trees!
With some uncertain notice, as might seem
Of vagrant dwellers in the houseless woods,
Or of some Hermit's cave, where by his fire
The Hermit sits alone.
      These beauteous forms,
Through a long absence, have not been to me
As is a landscape to a blind man's eye:
But oft, in lonely rooms, and 'mid the din
Of towns and cities, I have owed to them,
In hours of weariness, sensations sweet,
Felt in the blood, and felt along the heart;
And passing even into my purer mind
With tranquil restoration:—feelings too
Of unremembered pleasure: such, perhaps,
As have no slight or trivial influence
On that best portion of a good man's life,
His little, nameless, unremembered, acts
Of kindness and of love. Nor less, I trust,
To them I may have owed another gift,
Of aspect more sublime; that blessed mood,
In which the burthen of the mystery,
In which the heavy and the weary weight
Of all this unintelligible world,
Is lightened:—that serene and blessed mood,
In which the affections gently lead us on,—
Until, the breath of this corporeal frame
And even the motion of our human blood
Almost suspended, we are laid asleep
In body, and become a living soul:
While with an eye made quiet by the power
Of harmony, and the deep power of joy,
We see into the life of things.
     If this
Be but a vain belief, yet, oh! how oft—
In darkness and amid the many shapes
Of joyless daylight; when the fretful stir
Unprofitable, and the fever of the world,
Have hung upon the beatings of my heart—
How oft, in spirit, have I turned to thee,
O sylvan Wye! thou wanderer thro' the woods,
How often has my spirit turned to thee!
And now, with gleams of half-extinguished thought,
With many recognitions dim and faint,
And somewhat of a sad perplexity,
The picture of the mind revives again:
While here I stand, not only with the sense
Of present pleasure, but with pleasing thoughts
That in this moment there is life and food
For future years. And so I dare to hope,
Though changed, no doubt, from what I was when first
I came among these hills; when like a roe
I bounded o'er the mountains, by the sides
Of the deep rivers, and the lonely streams,
Wherever nature led: more like a man
Flying from something that he dreads, than one
Who sought the thing he loved. For nature then
(The coarser pleasures of my boyish days
And their glad animal movements all gone by)
To me was all in all.—I cannot paint
What then I was. The sounding cataract
Haunted me like a passion: the tall rock,
The mountain, and the deep and gloomy wood,
Their colours and their forms, were then to me
An appetite; a feeling and a love,
That had no need of a remoter charm,
By thought supplied, nor any interest
Unborrowed from the eye.—That time is past,
And all its aching joys are now no more,
And all its dizzy raptures. Not for this
Faint I, nor mourn nor murmur; other gifts
Have followed; for such loss, I would believe,
Abundant recompense. For I have learned
To look on nature, not as in the hour
Of thoughtless youth; but hearing oftentimes
The still sad music of humanity,
Nor harsh nor grating, though of ample power
To chasten and subdue.—And I have felt
A presence that disturbs me with the joy
Of elevated thoughts; a sense sublime
Of something far more deeply interfused,
Whose dwelling is the light of setting suns,
And the round ocean and the living air,
And the blue sky, and in the mind of man:
A motion and a spirit, that impels
All thinking things, all objects of all thought,
And rolls through all things. Therefore am I still
A lover of the meadows and the woods
And mountains; and of all that we behold
From this green earth; of all the mighty world
Of eye, and ear,—both what they half create,
And what perceive; well pleased to recognise
In nature and the language of the sense
The anchor of my purest thoughts, the nurse,
The guide, the guardian of my heart, and soul
Of all my moral being.
     Nor perchance,
If I were not thus taught, should I the more
Suffer my genial spirits to decay:
For thou art with me here upon the banks
Of this fair river; thou my dearest Friend,
My dear, dear Friend; and in thy voice I catch
The language of my former heart, and read
My former pleasures in the shooting lights
Of thy wild eyes. Oh! yet a little while
May I behold in thee what I was once,
My dear, dear Sister! and this prayer I make,
Knowing that Nature never did betray
The heart that loved her; 'tis her privilege,
Through all the years of this our life, to lead
From joy to joy: for she can so inform
The mind that is within us, so impress
With quietness and beauty, and so feed
With lofty thoughts, that neither evil tongues,
Rash judgments, nor the sneers of selfish men,
Nor greetings where no kindness is, nor all
The dreary intercourse of daily life,
Shall e'er prevail against us, or disturb
Our cheerful faith, that all which we behold
Is full of blessings. Therefore let the moon
Shine on thee in thy solitary walk;
And let the misty mountain-winds be free
To blow against thee: and, in after years,
When these wild ecstasies shall be matured
Into a sober pleasure; when thy mind
Shall be a mansion for all lovely forms,
Thy memory be as a dwelling-place
For all sweet sounds and harmonies; oh! then,
If solitude, or fear, or pain, or grief,
Should be thy portion, with what healing thoughts
Of tender joy wilt thou remember me,
And these my exhortations! Nor, perchance—
If I should be where I no more can hear
Thy voice, nor catch from thy wild eyes these gleams
Of past existence—wilt thou then forget
That on the banks of this delightful stream
We stood together; and that I, so long
A worshipper of Nature, hither came
Unwearied in that service: rather say
With warmer love—oh! with far deeper zeal
Of holier love. Nor wilt thou then forget,
That after many wanderings, many years
Of absence, these steep woods and lofty cliffs,
And this green pastoral landscape, were to me
More dear, both for themselves and for thy sake!

William Wordsworth
(Lyrical Ballads, With a Few Others Poems, 1798)


Versión en castellano

¡Cinco años ya, cinco veranos largos
como largos inviernos! De nuevo oigo
estas aguas rodar desde su fuente
con un suave murmullo. Otra vez veo
estos riscos abruptos y empinados,
que en un lugar salvaje y solitario
sugieren el retiro más profundo
y conectan el cielo y el paisaje.
Llega el día y reposo aquí de nuevo
bajo este oscuro sicomoro y miro
estas manchas de chozas y de huertos
que, en la estación, sin madurar sus frutos,
se visten de un matiz verde, y se pierden
entre sotos y bosques. ¡Veo de nuevo
estos setos, más bien breves hileras
de bosque juguetón hecho silvestre;
granjas, hasta la misma puerta, verdes,
y espirales de humo entre los árboles,
que se elevan en silencio! Con dudosa
vigilancia, según puede esperarse
de errantes moradores de los bosques
o de algún ermitaño que, en su cueva,
se sienta solitario junto al fuego.
    Estas formas, 
en una larga ausencia, no han sido para mí 
como un paisaje a los ojos de un ciego; 
con frecuencia en espacios aislados y entre el ruido
de pueblos y ciudades, me han traído
en horas lasas sensaciones dulces,
sentidas en la sangre y aun pasadas
del corazón hasta la misma mente,
con un tranquilo alivio; sentimientos
de placer olvidado, quizá tales
como tener influjo no liviano
en la vida mejor de un hombre bueno,
sus pequeños, sin nombre, y olvidados
actos de amor y de bondad. No menos
a ellas debo otro don aun más sublime;
ese bendito humor en el que el peso
del misterio, la carga áspera y dura
de este ininteligible mundo todo,
se ilumina; ese humor bueno y sereno
en el que los afectos nos conducen
casi a la suspensión de nuestro aliento
e incluso del fluir de nuestra sangre,
nos echamos dormidos en el cuerpo
y somos un espíritu viviente,
mientras, con ojos hechos a la calma
por el poder de la armonía y el gozo,
escrutamos la vida de las cosas.
      Si esto 
es vana creencia, sin embargo,
a oscuras o a la triste luz del día
en sus múltiples formas, cuántas veces,
cuando la inútil y molesta brega,
y la fiebre del mundo están pendientes
del palpitar del corazón, mi mente
ha vuelto a ti, silvestre Wye, que vagas
a través de los bosques, cuántas veces
he vuelto a ti en espíritu.
Y ahora, con chispas de muy tenues pensamientos,
con recuerdos borrosos y apagados,
y una perplejidad un poco triste,
la imagen de la mente resucita,
mientras estoy aquí de pie, sintiendo
no solo el gran placer presente, sino
que en este instante hay vida y alimento
para futuros años. Y así espero,
aunque distinto del que fui, sin duda,
cuando llegué primero a estas colinas;
cuando saltaba, corzo, en las montañas,
junto a ríos profundos, junto a arroyos,
con la naturaleza como guía;
más como hombre que escapa a lo que teme
que el que busca las cosas que él amaba.
Pues la naturaleza entonces era
(idos todos los ásperos placeres
de la niñez y sus alegres brincos)
para mí todo en todo. Yo no puedo
pintar lo que era entonces. Me atraía
la rugiente cascada. La alta roca,
la montaña y el hondo, oscuro bosque,
sus colores y formas me incitaban
un deseo, un amor y un sentimiento
que no necesitaba de otro encanto
del pensamiento, ni interés alguno
salvo el de la visión. Pasó ese tiempo,
y ya no están sus goces dolorosos
y sus éxtasis locos. No por esto
me duelo, ni murmuro, que otros dones
han seguido a esa pérdida; los creo
recompensa abundante. He aprendido
a ver el mundo, no como en la hora
de alegre juventud, sino escuchando
la suave y triste música del hombre,
sin asperezas, aunque con poderes
de castigar y someter. Y siento
una presencia que me mueve al goce
de nobles pensamientos, un sentido
de algo que está unido fuertemente,
cuyo albergue es la luz de los ocasos,
y el arqueado mar, y el aire vivo,
y el cielo azul, y la razón del hombre;
una moción y espíritu que impulsa
a los seres pensantes y pensados
y que rueda a través de toda cosa.
Por tanto soy amante todavía
de praderas, y bosques, y montañas;
y de todo cuanto hay que conozcamos
en esta tierra verde; del gran mundo
del oído y la vista, que crean ambos
lo percibido. Reconozco a gusto
en la naturaleza y los sentidos
el ancla de mis más puras ideas,
la guía y el guardián de mis afectos,
y el alma de mi ser moral entero.
    Ni por azar, 
aun no aprendido esto, 
decaería mi talante afable,
porque tú estás conmigo en las orillas
de este río, mi más querida amiga,
querida amiga, y en tu voz percibo
el resonar de mi pasión antigua;
leo en la luz de tu mirar salvaje
mis placeres antiguos. ¡Aún un poco
pueda yo ver en ti lo que yo fuera,
querida hermana! Y hago esta plegaria
sabiendo ya que la naturaleza
nunca traiciona el corazón que la ama;
es privilegio suyo conducirnos
de goce en goce en toda nuestra vida;
pues puede así inspirar la mente nuestra,
así inculcar tranquilidad, belleza,
y alimentar los altos pensamientos,
de modo tal que ni las malas lenguas,
ni juicios imprudentes, ni sarcasmos
egoístas, ni hipócritas saludos,
ni el triste curso de la vida diaria
prevalezca jamás contra nosotros
o nuestra alegre lealtad perturbe,
que todo aquello que miramos lleno
está de bendiciones. ¡Que la luna
te alumbre en tu paseo solitario;
que los brumosos vientos de montaña
te soplen en el rostro, y otros años,
cuando estos locos éxtasis maduren
en un sobrio placer, cuando tu mente
sea mansión de toda forma amable,
tu memoria será como un albergue
para todos los sones y armonías!
¡Si el miedo, o el dolor, o el estar sola
reclaman su porción, con qué alegría
te acordarás de mí y de mis consejos!
¡Y si estuviera donde ya no pueda
oír tu voz ni ver en tu mirada
reflejos de mi ayer, recuerda entonces
que a orillas de esta plácida corriente
hemos estados juntos, que, devoto
de la naturaleza, aquí me vine
tenaz en su servicio; mejor dices
con un ardiente amor, con hondo celo
del más sagrado amor. Recuerda entonces
que, tras mucho vagar y mucha ausencia,
estos abruptos bosques y altos riscos
y este paisaje pastoral los amo
también por la presencia tuya en ellos!

William Wordsworth
(Baladas líricas y otros poemas, 1798)

[Traducción al castellano de Antonio Abellán]

viernes, 6 de enero de 2023

Mont Blanc

                                   Mont Blanc, Albert Bierstadt (1895)

                                         I

The everlasting universe of things
Flows through the mind, and rolls its rapid waves,
Now dark—now glittering—now reflecting gloom—
Now lending splendour, where from secret springs
The source of human thought its tribute brings
Of waters—with a sound but half its own,
Such as a feeble brook will oft assume,
In the wild woods, among the mountains lone,
Where waterfalls around it leap for ever,
Where woods and winds contend, and a vast river
Over its rocks ceaselessly bursts and raves.

                                      II

Thus thou, Ravine of Arve—dark, deep Ravine—
Thou many-colour'd, many-voiced vale,
Over whose pines, and crags, and caverns sail
Fast cloud-shadows and sunbeams: awful scene,
Where Power in likeness of the Arve comes down
From the ice-gulfs that gird his secret throne,
Bursting through these dark mountains like the flame
Of lightning through the tempest;—thou dost lie,
Thy giant brood of pines around thee clinging,
Children of elder time, in whose devotion
The chainless winds still come and ever came
To drink their odours, and their mighty swinging
To hear—an old and solemn harmony;
Thine earthly rainbows stretch'd across the sweep
Of the aethereal waterfall, whose veil
Robes some unsculptur'd image; the strange sleep
Which when the voices of the desert fail
Wraps all in its own deep eternity;
Thy caverns echoing to the Arve's commotion,
A loud, lone sound no other sound can tame;
Thou art pervaded with that ceaseless motion,
Thou art the path of that unresting sound—
Dizzy Ravine! and when I gaze on thee
I seem as in a trance sublime and strange
To muse on my own separate fantasy,
My own, my human mind, which passively
Now renders and receives fast influencings,
Holding an unremitting interchange
With the clear universe of things around;
One legion of wild thoughts, whose wandering wings
Now float above thy darkness, and now rest
Where that or thou art no unbidden guest,
In the still cave of the witch Poesy,
Seeking among the shadows that pass by
Ghosts of all things that are, some shade of thee,
Some phantom, some faint image; till the breast
From which they fled recalls them, thou art there!

                                       III

Some say that gleams of a remoter world
Visit the soul in sleep, that death is slumber,
And that its shapes the busy thoughts outnumber
Of those who wake and live.—I look on high;
Has some unknown omnipotence unfurl'd
The veil of life and death? or do I lie
In dream, and does the mightier world of sleep
Spread far around and inaccessibly
Its circles? For the very spirit fails,
Driven like a homeless cloud from steep to steep
That vanishes among the viewless gales!
Far, far above, piercing the infinite sky,
Mont Blanc appears—still, snowy, and serene;
Its subject mountains their unearthly forms
Pile around it, ice and rock; broad vales between
Of frozen floods, unfathomable deeps,
Blue as the overhanging heaven, that spread
And wind among the accumulated steeps;
A desert peopled by the storms alone,
Save when the eagle brings some hunter's bone,
And the wolf tracks her there—how hideously
Its shapes are heap'd around! rude, bare, and high,
Ghastly, and scarr'd, and riven.—Is this the scene
Where the old Earthquake-daemon taught her young
Ruin? Were these their toys? or did a sea
Of fire envelop once this silent snow?
None can reply—all seems eternal now.
The wilderness has a mysterious tongue
Which teaches awful doubt, or faith so mild,
So solemn, so serene, that man may be,
But for such faith, with Nature reconcil'd;
Thou hast a voice, great Mountain, to repeal
Large codes of fraud and woe; not understood
By all, but which the wise, and great, and good
Interpret, or make felt, or deeply feel.

                                     IV

The fields, the lakes, the forests, and the streams,
Ocean, and all the living things that dwell
Within the daedal earth; lightning, and rain,
Earthquake, and fiery flood, and hurricane,
The torpor of the year when feeble dreams
Visit the hidden buds, or dreamless sleep
Holds every future leaf and flower; the bound
With which from that detested trance they leap;
The works and ways of man, their death and birth,
And that of him and all that his may be;
All things that move and breathe with toil and sound
Are born and die; revolve, subside, and swell.
Power dwells apart in its tranquillity,
Remote, serene, and inaccessible:
And this, the naked countenance of earth,
On which I gaze, even these primeval mountains
Teach the adverting mind. The glaciers creep
Like snakes that watch their prey, from their far fountains,
Slow rolling on; there, many a precipice
Frost and the Sun in scorn of mortal power
Have pil'd: dome, pyramid, and pinnacle,
A city of death, distinct with many a tower
And wall impregnable of beaming ice.
Yet not a city, but a flood of ruin
Is there, that from the boundaries of the sky
Rolls its perpetual stream; vast pines are strewing
Its destin'd path, or in the mangled soil
Branchless and shatter'd stand; the rocks, drawn down
From yon remotest waste, have overthrown
The limits of the dead and living world,
Never to be reclaim'd. The dwelling-place
Of insects, beasts, and birds, becomes its spoil;
Their food and their retreat for ever gone,
So much of life and joy is lost. The race
Of man flies far in dread; his work and dwelling
Vanish, like smoke before the tempest's stream,
And their place is not known. Below, vast caves
Shine in the rushing torrents' restless gleam,
Which from those secret chasms in tumult welling
Meet in the vale, and one majestic River,
The breath and blood of distant lands, for ever
Rolls its loud waters to the ocean-waves,
Breathes its swift vapours to the circling air.

                                      V

Mont Blanc yet gleams on high:—the power is there,
The still and solemn power of many sights,
And many sounds, and much of life and death.
In the calm darkness of the moonless nights,
In the lone glare of day, the snows descend
Upon that Mountain; none beholds them there,
Nor when the flakes burn in the sinking sun,
Or the star-beams dart through them. Winds contend
Silently there, and heap the snow with breath
Rapid and strong, but silently! Its home
The voiceless lightning in these solitudes
Keeps innocently, and like vapour broods
Over the snow. The secret Strength of things
Which governs thought, and to the infinite dome
Of Heaven is as a law, inhabits thee!
And what were thou, and earth, and stars, and sea,
If to the human mind's imaginings
Silence and solitude were vacancy?

Percy Bysshe Shelley
(Mont Blanc, 1817)


Versión en castellano

                                        I

La eternidad, que fluye cual la savia en las rosas,
pasa a través del alma y arrastra el oleaje
del universo en ondas tristes o luminosas,
que copian la nostalgia de su eterno viaje;
y van hasta la fuente secreta donde brota
el pensamiento humano, sonoro de delicia,
¡oh manantial sin dueño que apenas una gota
desborda dulcemente si el aire le acaricia!
Como el murmullo leve de un arroyo de plata
se silencia en el bosque salvaje, en la alta sierra,
que asorda, poderosa, la vasta catarata,
y el viento en el hayedo que el corazón aterra;
así se apaga el leve fluir de la conciencia
humana, cuando, llena de soledad, escala
la cima donde junta la nieve su inocencia
y delira entre rocas el agua que resbala.

                                  II

¡Oh torrente del Arve, oscura y honda sima
transida de colores y poblada de ecos;
valle de abetos verdes que caen desde la cima
debajo de las nubes, entre los montes huecos!
¡Oh escena solitaria, trágicamente bella,
por donde rueda el Arve, que encama el misterioso
espíritu del monte que en la nieve sin huella
alza su oculto trono de paz y de reposo!
¡Oh río que en la viva roca te abres camino;
y a través de los valles, desde la limpia cumbre,
te desatas lo mismo que un relámpago alpino
que cruza la tormenta con su espada de lumbre!
Así pasas, ¡oh río!, bajo los pinos verdes
que entre las rocas cuelgan reciamente agarrados,
como arcaicos gigantes que acaso tú recuerdes
haber visto en la infancia de los tiempos pasados.
Los vientos desalados en ellos se recrean;
y los olores beben de su verdor sonoro;
y escuchan de sus ramas la música; y menean
sus hojas silenciosas, que suenan como un coro.
Igual que el arco iris tras la lluvia en el cielo,
la espuma del torrente teje un velo delgado,
y esculpe la cascada la piedra con su vuelo:
la eternidad se escucha cuando todo ha callado;
y un misterioso sueño hace dormir al eco
en las hondas cavernas de donde el Arve arranca
su profundo sonido, como un chasquido seco
que va de cumbre en cumbre sobre la nieve blanca.
¡Tú eres el incesante caminar y la senda
de esta música vaga que jamás se detiene!
¡Empapado de vértigo soy tu propia leyenda,
y si te miro, un soplo divino hasta mí viene!
¡Y parece al mirarte que el corazón te inventa
y tu imagen sustancia de humana fantasía!
¡Mi ser se comunica con el Poder que alienta
en tus hondas entrañas, y su vida es la mía!
¡Mil pensamientos cruzan tu soledad umbría,
y flotan o se posan cual huéspedes divinos
en la dormida gruta que habita mi Poesía,
como un hada que pulsa su lira entre los pinos!
¡Mil pensamientos buscan entre las sombras quietas
fantasmas y visiones de tu callado abismo!...
Pero el viento se lleva sus figuras secretas,
y tú, en cambio, perduras eternamente el mismo.

                                   III

Dicen que resplandores de otro remoto mundo
visitan nuestras almas al dormir; que la muerte
es un sueño habitado, y un vivir más profundo
que nos mantiene en vela para que Dios despierte.
Alzo al cielo los ojos; ¿qué alada omnipotencia
tras el velo se oculta de la muerte y la vida?
¿Sueño acaso y el mundo es solo una apariencia
que en círculos de magia se abre al alma dormida?
¡El espíritu mismo se desmaya y destierra
como nube arrastrada por la fuerza del viento,
que cruza los abismos y hermosamente yerra
hasta hacerse invisible como mi pensamiento!
Allá lejos, muy lejos, coronando de cielo
su serenada nieve, se yergue el Monte Blanco;
su quietud infinita se alza como un anhelo
imperial sobre el pasmo del callado barranco;
sus montañas feudales le rinden pleitesía;
rocas de extrañas formas y cimas que modela
la nieve; valles hondos donde nunca entra el día;
glaciares y congostos donde la luz se hiela;
precipicios azules como el cielo glorioso,
que tuerce entre los valles al nivel de las crestas;
todo en torno a tu mole se agrupa silencioso,
dominado y vencido por tus cumbres enhiestas.
¡Oh desierto que solo la tempestad habita,
y en donde arroja el águila los triturados huesos
del cazador; y el lobo, tras de su huella escrita
en la nieve, aúlla al fondo de los bosques espesos!
¡Cuánto horror amontona tu soledad desnuda!
¡Oh piedra atormentada y espectral cataclismo!
¡Como un planeta en ruinas cubre la nieve muda
la sombra desolada del cielo y del abismo!
¿Jugó un titán contigo? ¿Te bañaste en la aurora
del mundo? ¿Un mar llameante cubrió tu virgen nieve?
Nadie responde. Todo parece eterno ahora;
y el alma, poco a poco, como una flor se embebe.
El desierto nos habla con misterioso acento;
y una trágica duda, cual roedor gusano,
socava la conciencia donde tienen su asiento
la soledad del hombre y el desamparo humano;
pero una fe más dulce, más serena, más alta,
nos reconcilia y hace creer en la belleza;
en las cosas hermosas; en el amor que exalta
y despierta en el hombre su dormida pureza.
¡Tu música, oh montaña, descifra la armonía
del corazón, que late ya más puro que antes;
a las almas egregias brindas tu compañía,
y sus conciencias tomas puras como diamantes!

                                  IV

Los lagos y campiñas; los bosques y el rocío;
el mar; y cuantas cosas vivas el mundo encierra
en su hondo laberinto; la lluvia; el ancho río;
el lívido relámpago que hace temblar la tierra;
los altos vendavales: la feble somnolencia
que en la estación propicia visita a las ocultas
flores; el sueño en vela que teje la inocencia
invisible y futura de las rosas adultas;
el abrirse en el vuelo de su infancia sin peso
que la delgada rama estremece, y sonroja
el compacto sigilo de su color ileso,
como una cosa eterna que luego se deshoja;
las obras y caminos del hombre; cuanto nace
y acaba; cuanto es suyo o puede serlo un día;
cuanto alienta y se mueve y con dolor se hace;
todo muere y revive por infinita vía.
Mas tú habitas aparte, serenado, tranquilo;
remoto, inaccesible Poder; trono de calma;
fragmento de planeta rodeado de sigilo,
donde a soñar aprende su eternidad el alma.
Como vastas culebras que vigilan su presa,
los heleros se arrastran desde el viejo granito
donde una nieve virgen y eternamente ilesa
defiende las fronteras de su reino infinito.
Para despecho y mofa del hombre, el sol y el hielo
han alzado mil torres en su quietud augusta,
y prodigiosamente han almenado el cielo
de la ciudad que duerme sobre la cumbre adusta.
¡Oh ciudad de la muerte silenciosa y torreada
de luz! ¡Oh fiel muralla de hielo inexpugnable!
¡No, ciudad, no!: corriente de muerte desbordada
que arrastra desde el cielo su ruina innumerable.
¡Oh perpetuo sonido de su rodar! ¡Oh abetos
arrancados de cuajo y arrollados cual briznas;
y rotos pinos verdes que en sus ramajes quietos
aún guardan un perfume de calladas lloviznas!
¡Corroída por el tiempo, como del hombre el pecho
por el dolor, la roca, múltiple y despeñada
desde el glaciar remoto, poco a poco ha deshecho
los lindes entre el mundo de la vida y la nada!
¡El reino donde habitan el bruto, la gacela,
los mínimos insectos, la hierba verde, el rojo
pechirrojo dorado que en primavera vuela;
todo a sus plantas yace y es estéril despojo!
Huye el hombre transido de terror; su morada
y su labor son humo desvanecido; rueda
lejos su estirpe eterna, que es al azar llevada
cual flota en la tormenta remota polvareda.
Allá abajo relumbran anchas grutas, de donde
raudos torrentes brotan que su tumulto frío
juntan, y verde espuma que aparece y se esconde
entre secretas piedras hasta formar un río.
¡Y su augusto silencio va sonando a los mares
y atravesando tierras desde la nieve viva;
y en sus aguas se duermen paisajes y pinares,
mientras la espuma corre cual cierva fugitiva!...

                                  V

Todavía relumbra Mont Blanc en la distancia,
afirmando en la tierra su imperial fortaleza
y majestad: luz múltiple; múltiple resonancia;
y mucha muerte y vida dentro de su belleza.
En la penumbra quieta de las noches sin luna,
o en el fulgor absorto del día, cae la nieve
sobre la excelsa cumbre: su soledad ninguna
presencia humana rompe, ni su silencio leve.
Nadie la ve o escucha. Ni cuando el sol retira
su luz y copo a copo la cumbre palidece;
ni en la callada noche que en el silencio gira
y en las estrellas limpias hermosamente crece.
Los vientos se combaten en silencio, empujando
la nieve con su aliento veloz y poderoso;
¡pero siempre en silencio!, y al volar agrupando
los copos en montones de blancor silencioso.
Sobre estas soledades donde nace y habita
el relámpago pasa sin voz, y su sonido
inocente resbala por la cumbre infinita
como niebla que flota sobre el valle dormido.
Te anima, ¡oh cumbre sola!, la Fuerza, la escondida
Fuerza del universo, que el alma humana llena,
y que a su ley eterna mantiene sometida
la anchura de los cielos que en el silencio suena.
Mas ¿dónde tu ribera, tu porvenir en dónde;
y el del mar y las rocas y las altas estrellas,
si tras el sueño humano la soledad no esconde
más que un rumor vacío y un desierto sin huellas?

[Traducción al castellano de Leopoldo Mª Panero]

miércoles, 30 de marzo de 2022

Con la primavera

                 Primavera, Daniel Alexander Williamson (h. 1863)

Con la primavera
viene la canción,
la tristeza dulce
y el galante amor.

Con la primavera
viene una ansiedad
de pájaro preso
que quiere volar.

No hay cetro más noble 
que el de padecer:
solo un rey existe:
el muerto es el rey.

José Martí
(1853-1895)

Este poema de José Martí, con ligeras variantes, se puede leer en el volumen 17 de sus Obras completas, editadas por el Centro de Estudios Martianos de La Habana (2001). La versión aquí reproducida corresponde a la que aparece en la antología Dicen que no hablan las plantas, selección de Raquel Lanseros y Fernando Marías –ilustrada por Raquel Lanseros–, Anaya (2021)

domingo, 28 de noviembre de 2021

Rima XIV

      Bella joven bajo un naranjo, Émile Vernon (1919)

    Te vi un punto y flotando ante mis ojos
la imagen de tus ojos se quedó,
como la mancha oscura orlada en fuego
que flota y ciega si se mira al sol.

    Adondequiera que la vista clavo
torno a ver sus pupilas llamear;
mas no te encuentro a ti, que es tu mirada,
unos ojos, los tuyos, nada más.

    De mi alcoba en el ángulo los miro
desasidos fantásticos lucir:
cuando duermo los siento que se ciernen
de par en par abiertos sobre mí.

    Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche
llevan al caminante a perecer:
yo me siento arrastrado por tus ojos,
pero adónde me arrastran no lo sé.

Gustavo Adolfo Bécquer
         (Rimas, 1871)

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Sinfonía en gris mayor

                                            Marinos, Albert Edelfelt (h. 1905)

    El mar, como un vasto cristal azogado,
refleja la lámina de un cielo de zinc;

lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.
    El sol, como un vidrio redondo y opaco,
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo la almohada su negro clarín.
    Las ondas, que mueven su vientre de plomo,
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.
    Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol de Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.

    La espuma, impregnada de yodo y salitre,
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.
    En medio del humo que forma el tabaco,
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada,
tendidas las velas, partió el bergantín...
    La siesta del trópico. El lobo se duerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.
    La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia su solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.


Rubén Darío
(Prosas profanas, 1896)

lunes, 15 de octubre de 2018

Airiños, airiños aires

                             Paisaje en Chaponval, Camille Pissarro (1880) 

Airiños, airiños aires,
airiños da miña terra;
airiños, airiños aires,
airiños, leváime a ela
.

 

Sin ela vivir non podo,
non podo vivir contenta;
que adonde queira que vaia
cróbeme unha sombra espesa.
Cróbeme unha espesa nube,
tal preñada de tormentas,
tal de soidás preñada,
que a miña vida envenena.
Leváime, leváime, airiños,
como unha folliña seca,
que seca tamén me puxo
a callentura que queima.
¡Ai!, si non me levás pronto,
airiños da miña terra;
si non me levás, airiños,
quisáis xa non me conesan,
que a febre que de min come,
vaime consumindo lenta,
e no meu corazonciño
tamén traidora se ceiba.

Fun noutro tempo encarnada
como a color de sireixa;
son hoxe descolorida
como os cirios das igrexas,
cal si unha meiga chuchona
a miña sangre bebera.
Voume quedando muchiña
como unha rosa que inverna;
voume sin forzas quedando,
voume quedando morena
cal unha mouriña moura,
filla de moura ralea.

Leváime, leváime, airiños,
leváime a donde me esperan
unha nai que por min chora,
un pai que sin min n'alenta,
un irmán por quen daría
a sangre das miñas venas,
e un amoriño a quen alma
e vida lle prometera.
Si pronto non me levades,
¡ai!, morrerei de tristeza,
soia nunha terra estraña,
donde estraña me alcumean,
donde todo canto miro
tomo me dice: –¡Extranxeira!

¡Ai, miña probe casiña!
¡Ai, miña vaca bermella!
Años que balás nos montes,
pombas que arrulás nas eiras,
mozos que atruxás bailando,
redobre das castañetas,
xas-co-rras-chás das cunchiñas,
xurre-xurre das pandeiras,
tambor do tamborileiro,
gaitiña, gaita gallega,
xa non me alegras dicindo:
–¡Muiñeira, muiñeira!,
¡Ai, quén fora paxariño
de leves alas lixeiras!
¡Ai, con qué prisa voara,
toliña de tan contenta,
para cantar a alborada
nos campos da miña terra!
Agora mesmo partira,
partira como unha frecha,
sin medo ás sombras da noite,
sin medo da noite negra;
e que chovera ou ventara,
e que ventara ou chovera,
voaría e voaría
hastra que alcansase a vela.
Pero non son paxariño
e iréi morrendo de pena,
xa en lágrimas convertida,
xa en sospiriños desfeita.

 

Doces galleguiños aires,
quitadoiriños de penas,
encantadores das auguas,
amantes das arboredas,
música das verdes canas
do millo das nosas veigas,
alegres compañeiriños,
run-rum de tódalas festas,
leváime nas vosas alas
como unha folliña seca.
 

Non permitás que aquí morra,
airiños da miña terra,
que aínda penso que de morta
hei de sospirar por ela.
Aínda penso, airiños aires,
que dimpóis que morta sea,
e aló polo camposanto
donde enterrada me teñan,
pasés na calada noite
runxindo antre a folla seca,
ou murmuxando medrosos
antre as brancas calaveras;
inda dimpóis de mortiña,
airiños da miña terra,
heivos de berrar: ¡Airiños,
airiños, leváime a ela!


Rosalía de Castro
(Cantares gallegos, 1863)

Versión al castellano de Un poema cada día

Airecillos, airecillos,
airecillos de mi tierra,
airecillos, airecillos,
airecillos, llevadme a ella.

Sin ella vivir no puedo,
no puedo vivir contenta;
que adonde quiera que vaya
cúbreme una sombra espesa.
Cúbreme una espesa nube,
tan preñada de tormentas,
tan de soledad preñada,
que hasta mi vida envenena.
Llevadme, llevadme, airecillos,
como una hojita seca,
que seca también me puso
la calentura que quema.
¡Ay!, si no me lleváis pronto,
airecillos de mi tierra;
si no me lleváis, airecillos,
quizás ya no me conozcan,
que la fiebre que me come,
vame consumiendo lenta,
y en mi corazoncito
también traidora se ceba.

Fui en otro tiempo encarnada
como color de cereza;
estoy hoy descolorida
como los cirios de iglesias,
como si bruja chupona
mi sangre se la bebiera.
Me voy quedando marchita
como una rosa que inverna;
me voy sin fuerzas quedando,
me voy quedando morena
como una morita mora,
hija de mora ralea.

Llevadme, llevadme, airecillos,
llevadme a donde me esperan
la madre que por mí llora,
padre que sin mí no alienta,
hermano por quien daría
toda sangre de mis venas,
y un amorcito a quien alma
y vida le prometiera.
Si pronto no me lleváis,
¡ay!, moriré de tristeza,
sola en una tierra extraña,
donde extraña me motejan,
donde todo cuanto miro
todo me dice: –¡Extranjera!
¡Ay, mi pobre casita!,
¡ay, mi vaca bermeja!
Corderos que baláis en montes,
palomas que arrulláis en eras,
mozos que gritáis bailando,
redoble de castañuelas,
xas-co-rras-chás de conchitas,
xurre-xurre de panderas,
tambor del tamborilero,
gaitita, gaita gallega,
ya no me alegráis diciendo:
–¡Muñeira, muñeira!,
¡Ay, quién fuera pajarito
de leves alas ligeras!
¡Ay, con qué prisa volara,
loquita de tan contenta,
para cantar la alborada
en los campos de mi tierra!
Ahora mismo partiera,
partiera como una flecha,
sin miedo a sombras de la noche,
sin miedo de la noche negra;
y que lloviera o venteara,
y que venteara o lloviera,
volaría y volaría
hasta que alcanzase a verla.
Pero no soy pajarito
e iré muriendo de pena,
ya en lágrimas convertida,
ya en suspiritos deshecha.

Dulces galleguitos aires,
quitadorcillos de penas,
encantadores de aguas,
amantes de arboledas,
música de verdes cañas
del maíz de nuestras vegas,
alegres compañeritos,
runrún de todas las fiestas,
llevadme en vuestras alas
como una hojita seca.

No permitáis que aquí muera,
airecillos de mi tierra,
que aun pienso que de muerta,
he de suspirar por ella.
Aun pienso, airecillos aires,
que después que muerta sea,
y allí por el camposanto
donde enterrada me tengan,
paséis en callada noche
resonando entra hoja seca,
o murmurando medrosos
entre blancas calaveras;
aun después de muertecita,
airecillos de mi tierra,
he de gritar: ¡Airecillos,
airecillos, llevadme a ella!

(Cantares gallegos, 1863)

jueves, 27 de septiembre de 2018

Rima XII

                         Claro del bosque con río, Heinrich Bömer (h. 1930)

    Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hurís del Profeta.


    El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.

Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera,
y las ondas del Océano
y el laurel de los poetas.


    Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve al través de las perlas.
            Y sin embargo,
        sé que te quejas,
        porque tus ojos
        crees que la afean:

        pues no lo creas.
Que parecen sus pupilas,
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro,
que al soplo del aire tiemblan.


    Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta,
que en el estío convida
a apagar la sed en ella.
             Y sin embargo,
         sé que te quejas
         porque tus ojos
         crees que la afean:

         pues no lo creas.
Que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.


    Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.

              Y sin embargo,
          sé que te quejas
          porque tus ojos
          crees que la afean:

          pues no lo creas.
Que entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.


    Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar te quejas;
quizá, si negros o azules
se tornasen, lo sintieras.


Gustavo Adolfo Bécquer
        (Rimas, 1871)
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