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lunes, 21 de abril de 2025

Dejo yo de mi choza

Pareja de pastores cerca de una fuente, François Boucher (1749)

Dejo yo de mi choza
la habitación pajiza,
y al bello Guadalete
mis pasos se encaminan. [...]
Hasta que con cuidado
mis ojos examinan
que el amado Mirteo
por el monte venía. 
[...]
Y en Mirteo me ofrece
cuanto mi afecto estima,
cuanto mi gusto anhela,
cuanto mi amor aspira.
Y saliendo del agua
cobro la ropa aprisa,
que fío mi descuido
de las ramas vecinas.
El campo piso apenas
cuando con alegría
a recibirme amante
Mirteo se anticipa.
¡Con qué placer le veo!
¡Con qué gusto me mira!
¡Ah amor! ¿quién a tu imperio
le llama tiranía? […]
Libre allí de importunos
con expresiones finas
repetimos contentos
dulcísimas caricias.

María Gertrudis Hore
           (1742-1801)

jueves, 17 de abril de 2025

Definiendo el amor o sus contrariedades

        Amantes en un parque, François Boucher (1758)

Borrasca disfrazada en la bonanza,
engañoso deleite de un sentido,
dulzura amarga, daño apetecido,
alterada quietud, vana esperanza;

desapacible paz, desconfianza,
desazonado gozo mal sufrido,
esclava libertad, triunfo abatido,
simulada traición, fácil mudanza:

perenne manantial de sentimientos,
efímera aprehensión que experimenta
dolorosas delicias y escarmientos;

azarosa fortuna, cruel, violenta,
zozobra, sinsabor, desabrimientos,
risa en la Playa y en el Mar tormenta.

Margarita Hickey
    (h. 1753-h. 1793)

domingo, 13 de abril de 2025

De mis deseos

                   Apolo y Urania, Charles Meynier (1798)

¿Qué te pide el poeta?
Di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?
No que le des riquezas
que necios le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen;
no grandes posesiones
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadïana ciñe;
ni menos de la India
la concha y los marfiles,
preciadas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.
Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
sus glorias el felice;
y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
 de oro vaga 
sediento,
cuando la playa pise
con perfumados vinos
a sus amigos brinde
en la esmaltada 
copa
que su opulencia indique;
que yo en mi pobre estado,
y en mi llaneza humilde
con poco estoy contento,
pues con poco se vive,
y así te ruego solo
que en quietud apacible
inocentes y ledos
mis años se deslicen,
sin que a ninguno tema,
ni ajeno bien suspire,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.

Juan Meléndez Valdés 
          (1754-1817)

miércoles, 9 de abril de 2025

La campana y el esquilón


Ilustración de El 19 de marzo y el 2 de mayo, Hermanos Mélida (1882)

En cierta catedral una campana había,
que solo se tocaba algún solemne día.
Con el más recio son, con pausado compás
cuatro golpes o tres solía dar no más.
Por esto, y ser mayor de la ordinaria marca, 
celebrada fue siempre en toda la comarca.
Tenía la ciudad en su jurisdicción
una aldea infeliz, de corta población,
siendo su parroquial una pobre iglesita
con chico campanario, a modo de una ermita,  
y un rajado esquilón pendiente en medio de él,
era allí el que hacía el principal papel.
A fin de que imitase aqueste campanario
al de la catedral, dispuso el vecindario
que despacio y muy poco el dicho esquilón  
se hubiese de tocar en tal cual función;
y pudo aquello tanto en la gente aldeana,
que el esquilón pasó por una gran campana.
Muy verosímil es; pues que la gravedad
suple en muchos así por la capacidad; 
dígnanse rara vez de despegar sus labios,
y piensan que con esto imitan a los sabios.

Con hablar poco y gravemente,
 
logran muchos opinión de hombres grandes.

Tomás de Iriarte
       (1750-1791) 

sábado, 5 de abril de 2025

Las moscas

                        Postre, Carducius Plantagenet Ream (h. 1861-1897)

    A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron,
que por golosas murieron,
presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.
    Así, si bien se examina,
los humanos corazones
perecen en las prisiones
del vicio que los domina.

Félix María de Samaniego
              (1745-1801)

martes, 12 de diciembre de 2023

El topo y otros animales

                            La gallina ciega, Francisco de Goya (1788)

Ciertos animalitos,
todos de cuatro pies, 
a la gallina ciega
jugaban una vez.

Un perrillo, una zorra
y un ratón, que son tres;
una ardilla, una liebre
y un mono, que son seis.

Este a todos vendaba
los ojos, como que es
el que mejor se sabe
de las manos valer.

Oyó un topo la bulla
y dijo: «Pues, ¡pardiez!,
que voy allá, y en rueda
me he de meter también».

Pidió que le admitiesen,
y el mono, muy cortés,
se lo otorgó (sin duda
para hacer burla de él).

El topo a cada paso
daba veinte traspiés,
porque tiene los ojos
cubiertos de una piel.

Y a la primera vuelta,
como era de creer,
facilísimamente
pillan a su merced.

De ser gallina ciega
le tocaba la vez;
y ¿quién mejor podía
hacer este papel?

Pero él, con disimulo,
por el bien parecer,
dijo al mono: «¿Qué hacemos?
Vaya, ¿me venda usted?»

Si el que es ciego y lo sabe
aparenta que ve,
quien sabe que es idiota,
¿confesará que lo es?

Tomás de Iriarte
     (1750-1791)

sábado, 9 de diciembre de 2023

El perro y el cocodrilo

                                     Filé, Gustav Rockholtz (h. 1904)

Bebiendo un Perro en el Nilo,
al mismo tiempo corría.
–Bebe quieto, le decía
un taimado Cocodrilo.
Díjole el Perro prudente:
–Dañoso es beber y andar;
pero, ¿es sano el aguardar
a que me claves el diente?
¡Oh, qué docto Perro viejo!
Yo venero su sentir
en esto de no seguir
del enemigo el consejo.


Félix María de Samaniego
            (1745-1801)

domingo, 3 de diciembre de 2023

Que el verdadero sabio, donde quiera

              La lectora, Jean-Honoré Fragonard (h. 1769)

Que el verdadero sabio, donde quiera
que la verdad y la razón encuentre,
allí sabe tomarla, y la aprovecha
sin nimio detenerse en quién la ofrece.
Porque ignorar no puede, si es que sabe,
que el alma, como espíritu, carece de sexo.
Pues cada día, instantes y momentos,
vemos aventajarse las mujeres
en las artes y ciencias a los hombres,
si con aplicación su estudio emprenden.

Margarita Hickey
    (h. 1753-h. 1793)

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Después que hubo gustado

Muchacha con paloma, Charles Joshua Chaplin (1825-1891)

Después que hubo gustado
de Filis la paloma
el regalado néctar
de sus labios de rosa,
la deja, y de un vuelito  
al hombro se me posa
y de allí lo destila
con su pico en mi boca.
Yo apurelo inocente;
pero ¡ay! ella traidora
me dio del Amor ciego
mezclada tal ponzoña
que el pecho se me abrasa
en ansias y zozobras,
después que hubo gustado
de Filis la paloma.


Juan Meléndez Valdés
         (1754-1817)

viernes, 24 de noviembre de 2023

Mi tierno amor a tu lealtad confío

                Amantes felices, Jean-Honoré Fragonard (h. 1760)

Mi tierno amor a tu lealtad confío
y solo en ti reposa mi cuidado.
Rigores abandona el pecho mío,
todo a tu dulce afecto dedicado.
En tu poder entrego mi albedrío,
ostento el mando que mi fe te ha dado,
mis caprichos se rinden a tu ruego,
ya en mí no hay voluntad, pues te la entrego.


María Gertrudis Hore
          (1742-1801)

miércoles, 29 de septiembre de 2021

De mis niñeces

Las cuatro estaciones: primavera, François Boucher (1755)

    Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,
    de que alegres guirnaldas
con gracia peregrina,
para ambos coronarnos,
su mano disponía.
    Así en niñeces tales
de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.
    Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.
    Yo no sé; mas al verme
Dorila se reía,
y a mí de solo hablarla
también me daba risa.
    Luego al darle las flores
el pecho me latía,
y al ella coronarme
quedábase embebida.
    Una tarde tras esto
vimos dos tortolitas,
que con trémulos picos
se halagaban amigas
    y de gozo y deleite,
cola y alas caídas,
centellantes sus ojos,
desmayadas gemían.
    Alentonos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados
nuestras dulces fatigas;
    y en un punto cual sombra
voló de nuestra vista
la niñez, mas en torno
nos dio el Amor sus dichas.

Juan Meléndez Valdés
(1754-1817)

domingo, 16 de septiembre de 2018

El oso, la mona y el cerdo


             El oso bailarín, William Frederick Witherington (1822)

Un oso, con que la vida
ganaba un piamontés,
la no muy bien aprendida
danza ensayaba en dos pies.

Queriendo hacer de persona,
dijo a una mona: "¿Qué tal?".
Era perita la mona,
Y respondiole: "Muy mal".

–Yo creo –replicó el oso–
que me haces poco favor.
Pues ¿qué?, ¿mi aire no es garboso?
¿No hago el paso con primor?

Estaba el cerdo presente,
y dijo: "¡Bravo! ¡Bien va!
Bailarín más excelente
no se ha visto ni verá".

Echó el oso, al oír esto,
sus cuentas allá entre sí,
y con ademán modesto,
hubo de exclamar así:

"Cuando me desaprobaba
la mona, llegué a dudar;
mas ya que el cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar".

Guarde para su regalo
esta sentencia un autor:
si el sabio no aprueba, ¡malo!
Si el necio aplaude, ¡peor!


Tomás de Iriarte
      (1750-1791) 

sábado, 5 de mayo de 2018

El lunarcito

   Una nueva cesta de flores, Federico Andreotti (1847-1930)

        La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?
    ¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?

   ¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
        La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?
    ¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal
    que un val de azucenas
hiende por mitad?
       La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?
    Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;
    mirolo y riose,
y dijo vivaz:
        «La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?»
    En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal;
   y diz que picado,
se le oyó gritar:
       «La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?»
    Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,
    do clama el deseo
al verse estrellar:
       «La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?»

   Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,
    iluso, perdido,
ansiando encontrar,
         la noche y el día
         ¿qué tienen de igual?
    Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.
    ¡Señuelo del gusto!
¡Dulcísimo imán!
        La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?
    Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;
    diciéndome mudo
con cada compás:
       «La noche y el día,
       ¿qué tienen de igual?»

   Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,

   clamando yo al verle
subir y bajar:
        «La noche y el día,
        ¿qué tienen de igual?»

   ¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,
    no así preguntaras,
burlando mi mal:
         «La noche y el día,
         ¿qué tienen de igual?»


Juan Meléndez Valdés
        (1754-1817)

domingo, 28 de mayo de 2017

El Ciervo en la Fuente


                           Ciervos y venados,  Carl Friedrich Deiker (1871)

     Un Ciervo se miraba
en una hermosa cristalina Fuente;
placentero admiraba
los enramados cuernos de su frente,
pero al ver sus delgadas, largas piernas,
al alto cielo daba quejas tiernas.
      «¡Oh dioses! ¿A qué intento,
a esta fábrica hermosa de cabeza
construir su cimiento
sin guardar proporción en la belleza?
¡Oh qué pesar! ¡Oh qué dolor profundo!
¡No haber gloria cumplida en este mundo!»
      Hablando de esta suerte
el Ciervo, vio venir a un lebrel fiero.
Por evitar su muerte,
parte al espeso bosque muy ligero;
pero el cuerno retarda su salida,
con una y otra rama entretejida.
      Mas libre del apuro
a duras penas, dijo con espanto:
«Si me veo seguro,
pese a mis cuernos, fue por correr tanto;
lleve el diablo lo hermoso de mis cuernos,
haga mis feos pies el cielo eternos».
      Así frecuentemente
el hombre se deslumbra con lo hermoso;
elige lo aparente,
abrazando tal vez lo más dañoso;
pero escarmiente ahora en tal cabeza:
el útil bien es la mejor belleza
.


Félix María de Samaniego
          (1745-1801)

domingo, 27 de septiembre de 2015

El tocador

                        El beso robado, Jean-Honoré Fragonard (h. 1780)

    Sentada ante el espejo
ornaba Galatea
de sus blondos cabellos
las delicadas hebras.

    Separada en dos partes,
su dorada madeja
cubre en undosos rizos
el cuello de azucena.

    Con mano artificiosa
de sus sortijas cerca
la frente, porque brille
la nieve contrapuesta.
    Sobre el ara del gusto
en agradable ofrenda
el lujo para ungirlos
le ofrece sus esencias,

    y cien vistosas flores
parece que se acercan
a sus dedos, ufanas
si adornan su cabeza.
    Ella en todas escoge
las colores más tiernas,
y entre el alto plumaje
delicada las mezcla.
    Luego al cristal se mira;
y al hallarse tan bella,
tierna suspira, y sigue
su felice tarea.
    De transparente gasa
sobre el tocado asienta
un lazo, que hasta el talle
baja y al viento ondea.
    Con otro solicita
celar a la modestia
de sus turgentes pechos
las dos nevadas pellas.
    Por ellas, al cubrirlas,
acaso, aunque ligera,
la mano pasa; y siente
que el tacto la recrea.
    Torna a correrla; y blando
circula por sus venas
de amor el dulce fuego,
que la delicia aumenta.
    Rendida hacia el espejo
se vuelve; y en su esfera
las pomas mismas halla,
que loca la enajenan.
    Y al punto más perdida
con amable licencia
para en ellas gozarse
las gasas desordena.

    Ya ardiente las agita,
ya las palpa suspensa,
ya tierna las comprime;
y en la presión violenta
    su palpitar se dobla;
desfallecida anhela;
me nombra, y del deleite
la nube la rodea.
    Yo de improviso salgo,
y con dulce sorpresa
pago en ardientes besos
su amor y su fineza.
    Turbose un tanto al verme;
mas bien presto halagüeña
me ofreció entre sus brazos
el perdón de mi ofensa.


Juan Meléndez Valdés
          (1754-1817)

martes, 22 de septiembre de 2015

El galán y la dama

 Joven pareja rococó en magníficos interiores, Federico Andreotti (1930)

Cierto galán a quien París aclama,
petimetre del gusto más extraño,
que cuarenta vestidos muda al año
y el oro y plata sin temor derrama,

celebrando los días de su dama,
unas hebillas estrenó de estaño,
solo para probar con este engaño
lo seguro que estaba de su fama.

«¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso!»,
dijo la dama, «¡viva el gusto y numen
del petimetre en todo primoroso!»

Y ahora digo yo: «Llene un volumen
de disparates un autor famoso,
y si no le alabaren, que me emplumen».


Tomás de Iriarte
      (1750-1791)

domingo, 20 de septiembre de 2015

El zagal y las ovejas

                                El mal pastor, Jan Brueghel (II) (h. 1616)

Apacentando un joven su ganado,
gritó desde la cima de un collado:
«¡Favor!, que viene el lobo, labradores».

Estos, abandonando sus labores,
acuden prontamente,
y hallan que es una chanza solamente.
Vuelve a clamar, y temen la desgracia;
segunda vez los burla: ¡linda gracia!
Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera.
Entonces el zagal se desgañita,
y por más que patea, llora y grita,
no se mueve la gente escarmentada,
y el lobo le devora la manada.

¡Cuántas veces resulta de un engaño,
contra el engañador el mayor daño!


Félix María de Samaniego
               (1745-1801)

lunes, 6 de octubre de 2014

El burro flautista

           Imagen procedente del CEDOCAM

Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.

Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.
Acercose a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
«iOh!», dijo el borrico;
«¡qué bien sé tocar!
¡Y dirán que es mala
la música asnal!»
Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.


Tomás de Iriarte
(1750-1791)

viernes, 3 de octubre de 2014

El Amor mariposa

         Amantes en un parque, François Boucher (1758)

     Viendo el Amor un día
que mil lindas zagalas 
huían de él medrosas 
por mirarle con armas, 
     dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo, 
como suya, extremada. 
     Tornose en mariposa, 
los bracitos en alas 
y los pies ternezuelos 
en patitas doradas. 
     ¡Oh! ¡qué bien que parece! 
¡Oh! ¡qué suelto que vaga, 
y ante el sol hace alarde 
de su púrpura y nácar! 
     Ya en el valle se pierde, 
ya en una flor se para, 
ya otra besa festivo, 
y otra ronda y halaga. 
     Las zagalas, al verle, 
por sus vuelos y gracia 
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan. 
     Una a cogerle llega, 
y él la burla y se escapa; 
 otra en pos va corriendo, 
 y otra simple le llama, 
     despertando el bullicio 
 de tan loca algazara 
en sus pechos incautos 
la ternura más grata. 
     Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas 
súbito Amor se muestra, 
 y a todas las abrasa. 
     Mas las alas ligeras 
en los hombros por gala 
se guardó el fementido,
y así a todos alcanza. 
     También de mariposa 
le quedó la inconstancia: 
llega, hiere, y de un pecho 
a herir otro se pasa.

Juan Meléndez Valdés
(1754-1817)

domingo, 23 de junio de 2013

La lechera


 
       La lechera, Jean-Baptiste Huet (1745-1811) 

    Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte:
¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!
     Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre le ofrecía
inocentes ideas de contento,
marchaba sola la feliz lechera,
y decía entre sí de esta manera:
     "Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
merodeen cantando el pío, pío.
     Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino;
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.
     Llevarelo al mercado;
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña."
     Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
     ¡Oh, loca fantasía,
qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría;
no sea que, saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.
     No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna;
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.
     No anheles impaciente el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.


Félix María de Samaniego
             (1745-1801)
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