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sábado, 15 de noviembre de 2025

En este instante, breve y duro instante

                    El beso, Théophile Steinlen (a. 1923)

En este instante, breve y duro instante,
¡cuántas bocas de amor están unidas,
cuántas vidas se cuelgan de otras vidas
exhaustas en su entrega palpitante!

Fugaz como el destello de un diamante,
¡qué de manos absurdamente asidas
quieren cerrar las más leves salidas
a su huida perpetua e incesante!

Lentos, aquí y allá, y adormecidos,
¡tantos labios elevan espirales
de besos!… Sí, en este instante, ahora

que ya pasó, que ya lo hube perdido,
del cual conservo solo los cristales
rotos, primera ruina de la aurora.

Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

lunes, 22 de febrero de 2021

Camposanto en Colliure

                          La playa de Collioure, Paul Signac (1887)

Aquí paz,
y después gloria.

Aquí,
a orillas de Francia,
en donde Cataluña no muere todavía
y prolonga en carteles de «Toros à Ceret»
y de «Flamenco’s Show»
esa curiosa España de las ganaderías
de reses bravas y de juergas sórdidas,
reposa un español bajo una losa:
                                                            paz
y después gloria.

Dramático destino,
triste suerte
morir aquí
                     —paz
y después…—
                         perdido,
abandonado
y liberado a un tiempo
(ya sin tiempo)
de una patria sombría e inclemente.

Sí; después gloria.

Al final del verano,
por las proximidades
pasan trenes nocturnos, subrepticios,
rebosantes de humana mercancía:
mano de obra barata, ejército
vencido por el hambre
                                          –paz...–,
otra vez desbandada de españoles
cruzando la frontera, derrotados
—…sin gloria.

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

¿Qué precio es el peor?
                                           Me lo pregunto
y no sé qué pensar
ante esta tumba,
ante esta paz
                        –"Casino
de Canet: spanish gipsy dancers",
rumor de trenes, hojas...–,
ante la gloria esta
–…de reseco laurel–
que yace aquí, abatida
bajo el ciprés erguido,
igual que una bandera al pie de un mástil.

Quisiera,
a veces,
que borrase el tiempo
los nombres y los hechos de esta historia
como borrará un día mis palabras
que la repiten siempre tercas, roncas.

Ángel González
(Grado elemental, 1962)

sábado, 29 de febrero de 2020

Aquí Madrid, mil novecientos

                     Madrid, Rafael Forns Romans (1868-1939)

Aquí Madrid, mil novecientos
cincuenta y cuatro: un hombre solo.


Un hombre lleno de febrero,
ávido de domingos luminosos,
caminando hacia marzo paso a paso,
hacia el marzo del viento y de los rojos
horizontes —y la reciente primavera
ya en la frontera del abril lluvioso...—

Aquí, Madrid, entre tranvías
y reflejos, un hombre: un hombre solo.

—Más tarde vendrá mayo y luego junio,
y después julio y, al final, agosto—.

Un hombre con un año para nada
delante de su hastío para todo.


Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

lunes, 8 de enero de 2018

Confesiones de un joven problemático

           Terraza del Hotel Samarkanda, Colin Campbell Cooper (h. 1923)

Recuerdo
con especial nostalgia
los veraneos junto al mar en mi niñez.

En aquel tiempo
venían a visitarme mis papás
casi todas las tardes,
                                       y mamá
–ella prefería al rubio; yo al moreno–
los recibía en la sala si llovía,
o en el jardín cuando hacía sol
–muy pocas veces.

Allí se demoraban dulcemente
mirándose a los ojos, conversando
de sucesos banales,
como si no quisiesen
profanar con palabras 
lo que en sus corazones existía.

Después se retiraban a la alcoba,
y me dejaban solo,
entre las rosas,
o en el diván granate del vestíbulo,
con un nuevo juguete que pronto me aburría.

¡Qué momentos tan tristes y tan largos
fuera de su ternura y sus desvelos!
Han pasado los años
y, aunque sé que es locura,
aún espero que salgan, sonrientes,
y compartan conmigo, igual que entonces,
la alegría final
de los últimos brindis y los últimos besos,
que ponía en el aire sombrío de la casa
un irreal resplandor,
alto e intenso
como la luz efímera que dora los crepúsculos.

No es complejo de Edipo lo que tengo
–dice el doctor–, sino de Cleopatra. 

Ángel González
( Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan, 1977)

domingo, 8 de octubre de 2017

Discurso a los jóvenes

      Cabeza abstracta, Alekséi von Jawlensky (1864-1941)

De vosotros,
los jóvenes,
espero
no menos cosas grandes que las que realizaron
vuestros antepasados.
Os entrego
una herencia grandiosa:
sostenedla.
Amparad ese río
de sangre,
sujetad con segura
mano
el tronco de caballos
viejísimos,
pero aún poderosos,
que arrastran con pujanza
el fardo de los siglos
pasados.

Nosotros somos estos
que aquí estamos reunidos,
y los demás no importan.

Tú, Piedra,
hijo de Pedro, nieto
de Piedra
y biznieto de Pedro,
esfuérzate
para ser siempre piedra mientras vivas,
para ser Pedro Petrificado Piedra Blanca,
para no tolerar el movimiento
para asfixiar en moldes apretados
todo lo que respira o que palpita.

A ti,
mi leal amigo,
compañero de armas,
escudero,
sostén de nuestra gloria,
joven alférez de mis escuadrones
de arcángeles vestidos de aceituna,
sé que no es necesario amonestarte:
con seguir siendo fuego y hierro,
basta.
Fuego para quemar lo que florece.
Hierro para aplastar lo que se alza.

Y finalmente,
tú, dueño
del oro y de la tierra
poderoso impulsor de nuestra vida,
no nos faltes jamás.
Sé generoso
con aquellos a los que necesitas,

pero guarda,
expulsa de tu reino,
mantenlos más allá de tus fronteras,
déjalos que se mueran,
si es preciso,
a los que sueñan,
a los que no buscan
más que luz y verdad,
a los que deberían ser humildes
y a veces no lo son, así es la vida.
Si alguno de vosotros
pensase
yo le diría: no pienses.

Pero no es necesario.

Seguid así,
hijos míos,
y yo os prometo
paz y patria feliz,
orden,
silencio.


Ángel González
(Sin esperanza, con convencimiento, 1961)

martes, 28 de febrero de 2017

Muerte en el olvido

                 Amantes, Pierre-Auguste Renoir (1875)

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
                         Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
–oscuro, torpe, malo– el que la habita...


Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

sábado, 9 de abril de 2016

Empleo de la nostalgia

                 El jardín de rosas, Charles Essenhigh Corke (1909)

                  Amo el campus
                  universitario,
                  sin cabras,
                  con muchachas
                  que pax
                  pacem
                  en latín,
                  que meriendan
                  pas pasa pan
                  con chocolate
                  en griego,
                  que saben lenguas vivas
                  y se dejan besar
                  en el crepúsculo
                  (también en las rodillas)
                  y usan
                  la coca cola como anticonceptivo.

                          Ah las flores marchitas de los libros de 

                                texto
finalizando el curso
                           deshojadas
cuando la primavera
se instala
en el culto jardín del rectorado
                           por manos todavía adolescentes
y roza con sus rosas
                           manchadas de bolígrafo y de tiza
el rostro ciego del poeta
                           transustanciándose en un olor agrio
                           a naranjas
Homero
                           o semen...

                   Todo eso será un día
                   materia de recuerdo y de nostalgia.
                   Volverá, terca, la memoria
                   una vez y otra vez a estos parajes,
                   lo mismo que una abeja
                   da vueltas al perfume
                   de una flor ya arrancada:

                   inútilmente.

                           Pero esa luz no se extinguirá nunca:
                           llamas que aún no consumen,

...ningún presentimiento
puede quebrar las risas
                           que iluminan
                           las rosas y los cuerpos

y cuando el llanto llegue
                           como un halo
los escombros
la descomposición
                            que los preserva entre las sombras
                            puros

no prevalecerán
serán más ruina
                            absortos en sí mismos
y solo erguidos quedarán intactos
todavía más brillantes
                            ignorantes de sí
esos gestos de amor...
                            sin ver más nada.


Ángel González
(Procedimientos narrativos, 1972)

jueves, 23 de abril de 2015

Mientras tú existas

                                          Primavera, Heinrich Vogeler (1913)

Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz —cualquiera...
                                                Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.


Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

martes, 6 de mayo de 2014

Canción para cantar una canción

                 Mujer joven al piano, François Gauzi (1904)

Esa música...
Insiste, hace daño
en el alma.
Viene tal vez de un tiempo
remoto, de una época imposible
perdida para siempre.
Sobrepasa los límites
de la música. Tiene materia,
aroma, es como polvo de algo
indefinible, de un recuerdo
que nunca se ha vivido,
de una vaga esperanza irrealizable.
Se llama simplemente:
canción.

Pero no es solo eso.

Es también la tristeza.


Ángel González
(Tratado de urbanismo, 1967)

domingo, 3 de noviembre de 2013

El otoño cruzaba

                          En el Saco, Albert Bierstadt (1830-1902)

El otoño cruzaba
las colinas de débiles
temblores. Cada
hoja caída
estremecía toda una montaña.

Leve rumor de luces y de brisas
rodaba por el valle, se acercaba.
Los pájaros dejaban bruscamente
temblorosas las ramas
cayéndose hacia el cielo, arrebatados
por una fuerza extraña.
Las carnosas ortigas
se apretaban
como un rebaño
inquieto. Levantaban del agua
su cabeza, los juncos.
Las verdinegras zarzas
se crecían.
Imperceptibles, más delgadas
por la tensa postura de su espera,
las hierbas, anhelantes…

                                            Tú llegabas,
y una amarilla paz de hojas caídas
reponía el silencio a tus espaldas.

Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

jueves, 9 de febrero de 2012

Esperanza


     Pandora, John William Waterhouse (1849-1917)

 Esperanza,
araña negra del atardecer.
Te paras
no lejos de mi cuerpo
abandonado, andas
en torno a mí,
tejiendo, rápida,
inconsistentes hilos invisibles,
te acercas, obstinada,
y me acaricias casi con tu sombra
pesada
y leve a un tiempo.

Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible...
........................Mi corazón:
tu nido.
.............Muerde en él, esperanza.

Ángel González
(Sin esperanza, con convencimiento, 1961)

sábado, 15 de octubre de 2011

Alocución a las veintitrés

Ciudadanos perfectos a estas horas,
honorables cabezas de familia
que lleváis a los labios vuestra servilleta
antes de pronunciar las palabras rituales
en acción de gracias por la abundante cena:

vuestra responsabilidad de sólidos pilares
de la civilización y de Occidente,
del consumo de bicarbonato sódico
y del paternalismo hacia la servidumbre,
exige de vuestra parte
cierta ignorancia de hechos también ciertos,
un esfuerzo final en bien de todos,
la tozuda incomprensión de algunas realidades,
la fe más meritoria, en resumen,
que consiste 
en no creer en lo evidente.

Yo podría jurar que la tierra está fija
–ya lo juré otras veces–­
y que el sol gira en torno a ella;
yo podría negar que la sangre circula
–lo seguiré negando, si hace falta–­
por las venas del hombre; yo podría
quemar vivo a quien diga lo contrario
–lo estoy quemando ahora–.

No es que sean importantes los asuntos
objeto de polémica:
lo importante es la rígida
firmeza en el error.
Pues las mentiras viejas se convierten
en materia de fe, 
y de esa forma
quien ose discutirnos
debe afrontar la acusación de impío.
Con esto, 
y una buena cosecha de limones,
y la ayuda impagable de nuestros coaligados,
podemos esperar algunos lustros
de paz como esta de hoy,
en una noche 
semejante a esta de hoy,
tras una cena 
lo mismo que ésta de hoy.

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
....................................Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.
 
Ángel González
(Grado elemental, 1962)

martes, 19 de octubre de 2010

Para que yo me llame Ángel González

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

jueves, 29 de abril de 2010

Cumpleaños de amor

¿Cómo seré yo
cuando no sea yo?
Cuando el tiempo
haya modificado mi estructura,
y mi cuerpo sea otro,
otra mi sangre,
otros mis ojos y otros mis cabellos.
Pensaré en ti, tal vez.
Seguramente,
mis sucesivos cuerpos
—prolongándome, vivo, hacia la muerte—
se pasarán de mano en mano,
de corazón a corazón,
de carne a carne,
el elemento misterioso
que determina mi tristeza
cuando te vas,
que me impulsa a buscarte ciegamente,
que me lleva a tu lado
sin remedio:
lo que la gente llama amor, en suma.
Y los ojos
-qué importa que no sean estos ojos-
te seguirán a donde vayas, fieles.

Ángel González
(Sin esperanza, con convencimiento, 1961)

domingo, 20 de septiembre de 2009

Me he quedado sin pulso y sin aliento

Me he quedado sin pulso y sin aliento
separado de ti. Cuando respiro,
el aire se me vuelve en un suspiro
y en polvo el corazón, de desaliento.

No es que sienta tu ausencia el sentimiento.
Es que la siente el cuerpo. No te miro.
No te puedo tocar por más que estiro
los brazos como un ciego contra el viento.

Todo estaba detrás de tu figura.
Ausente tú, detrás todo de nada,
borroso yermo en el que desespero.

Ya no tiene paisaje mi amargura.
Prendida de tu ausencia mi mirada,
contra todo me doy, ciego me hiero.

Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

miércoles, 20 de mayo de 2009

Introducción a las fábulas para animales

Durante muchos siglos
la costumbre fue ésta:
aleccionar al hombre con historias
a cargo de animales de voz docta,
de solemne ademán o astutas tretas,
tercos en la maldad y en la codicia
o necios como el ser al que glosaban.
La humanidad les debe
parte de su virtud y su sapiencia
a asnos y leones, ratas, cuervos,
zorros, osos, cigarras y otros bichos
que sirvieron de ejemplo y moraleja,
de estímulo también y de escarmiento
en las ajenas testas animales,
al imaginativo y sutil griego,
al severo romano, al refinado
europeo,
al hombre occidental, sin ir más lejos.
Hoy quiero —y perdonad la petulancia—
compensar tantos bienes recibidos
del gremio irracional
describiendo algún hecho sintomático,
algún matiz de la conducta humana
que acaso pueda ser educativo
para las aves y para los peces,
para los celentéreos y mamíferos,
dirigido lo mismo a las amebas
más simples
como a cualquier especie vertebrada.
Ya nuestra sociedad está madura,
ya el hombre dejó atrás la adolescencia
y en su vejez occidental bien puede
servir de ejemplo al perro
para que el perro sea
más perro,
y el zorro más traidor,
y el león más feroz y sanguinario,
y el asno como dicen que es el asno,
y el buey más inhibido y menos toro.
A toda bestia que pretenda
perfeccionarse como tal
........................................ —ya sea
con fines belicistas o pacíficos,
con miras financieras o teológicas,
o por amor al arte simplemente—
no cesaré de darle este consejo:
que observe al homo sapiens, y que aprenda.

Ángel González
(Grado elemental, 1962)

viernes, 11 de abril de 2008

Eso era amor

Le comenté:
-Me entusiasman tus ojos.
Y ella dijo:
-¿Te gustan solos o con rímel?
-Grandes,
respondí sin dudar.
Y también sin dudar
me los dejó en un plato y se fue a tientas.

Ángel González
(Breves acotaciones para una biografía, 1971)

miércoles, 5 de marzo de 2008

Elegido por aclamación

Sí, fue un malentendido.
Gritaron: ¡a las urnas!
y él entendió: ¡a las armas! –dijo luego.
Era pundonoroso y mató mucho.
Con pistolas, con rifles, con decretos.

Cuando envainó la espada dijo, dice:
La democracia es lo perfecto.
El público aplaudió. Sólo callaron,
impasibles, los muertos.

El deseo popular será cumplido.
A partir de esta hora soy –silencio–
el Jefe, si queréis. Los disconformes
que levanten el dedo.

Inmóvil mayoría de cadáveres
le dio el mando total del cementerio.

Ángel González
(Grado elemental, 1962)

jueves, 7 de febrero de 2008

Me basta así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).

Ángel González
(Palabra sobre palabra, 1965)
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