Puerto de Saint-Cast, Paul Signac (1890)
Te inventaré una ciudad de casas azules donde siempre serás nombrada
con el nombre que inventé para ti.
¡Estás tan linda cuando luces el nombre que inventé para ti!
Enterraremos ese otro –azaroso y furtivo- que ahora te viste, en un lugar que se parezca
a todos los lugares que conocemos
para que cuando nos dé alcance su nostalgia,
no recordemos dónde fenece.
Te inventaré un oficio que ocupe tus días en la ciudad de las casas azules:
algo así como desordenar las caracolas de la playa
o apuntalar castillos de arena.
Algo importante que entretenga tus manos para que no pierdas el tiempo
abrazada a los árboles,
regalando el don de tus caricias a aquellos que nunca te arroparán.
(A esos estúpidos ásperos a los que entregas tu cuerpo).
Te inventaré una ciudad de casas azules donde todos te conocerán
por el nombre que inventé para ti y tus manos, hacendosas,
desordenarán las caracolas de la playa
o cuidarán de los castillos de arena
para que los árboles no te susurren jamás
que echan de menos tu piel.
Vega Cerezo
(Yo soy un país, 2013)
Aquí está el poema diario que utilizamos para ir fortaleciendo la inteligencia y la sensibilidad de nuestros alumnos. Si alguien encuentra un bálsamo o un revulsivo en esta diaria medicina, bienvenido sea.
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sábado, 25 de marzo de 2017
miércoles, 25 de junio de 2014
El alfarero
Pigmalión y Galatea, Jean-Léon Gérôme (1824-1904)
Tus manos
que me han esculpido de esta singular manera
para repeler el placer
de otras manos.
En la plural forma de recibir
sin apenas precisar la caricia.
Tus manos. Siempre tus manos...
Enormes.
Y el mundo que dispongo a tu alcance
responde complaciente a los deseos,
como si su orden natural fuese gravitar hacia ti
para que tú solo entretengas las manos
en esta artesana pasión
de modelarme.
Vega Cerezo
(Yo soy un país, 2013)
Tus manos
que me han esculpido de esta singular manera
para repeler el placer
de otras manos.
En la plural forma de recibir
sin apenas precisar la caricia.
Tus manos. Siempre tus manos...
Enormes.
Y el mundo que dispongo a tu alcance
responde complaciente a los deseos,
como si su orden natural fuese gravitar hacia ti
para que tú solo entretengas las manos
en esta artesana pasión
de modelarme.
Vega Cerezo
(Yo soy un país, 2013)
lunes, 25 de noviembre de 2013
La corriente
Música azul y verde, Georgia O'Keeffe (1919)
Si cierras la puerta con tanto aspaviento
levantas corriente
y vuelan las cosas que reposan tranquilas
posándose en sitios que no les pertenecen.
La mesa en el pasillo
la alfombra en la alacena
el jarrón en el jardín.
Y al regresar nada es cercano.
Es insólito, disparatado e impropio.
Volviste con premura y a ordenar.
no dio
tiempo
Vega Cerezo
(La sirena dormida, 2010)
Si cierras la puerta con tanto aspaviento
levantas corriente
y vuelan las cosas que reposan tranquilas
posándose en sitios que no les pertenecen.
La mesa en el pasillo
la alfombra en la alacena
el jarrón en el jardín.
Y al regresar nada es cercano.
Es insólito, disparatado e impropio.
Volviste con premura y a ordenar.
no dio
tiempo
Vega Cerezo
(La sirena dormida, 2010)
lunes, 20 de mayo de 2013
Ausencia
Sirena, John William Waterhouse (1900)
Guardo una sirena
bajo la piel
que me envuelve
y protege.
Tumbada en el sofá
me pellizco un plieguecito
y tiro.
Uno por aquí,
otro por allá.
Ahora que tú no estás
para corregirme
el vicio
y decir que me dolerá,
que escocerá,
que me quedará marca.
Es tan hermosa que no ceso
de mirarla,
de asomarme a ella.
Sigo dejando charcos,
charquitos de agua salada
por si vuelves a buscarme
para que esta dermis
no te engañe
y este olor
no te confunda
y este llanto
no te espante.
Para que me reconozcas
sin tener que arrancarme
la piel a jirones
y desaparezca este vicio.
El dolor.
Este escozor
que solo deja marca.
Vega Cerezo
(La sirena dormida, 2010)
Guardo una sirena
bajo la piel
que me envuelve
y protege.
Tumbada en el sofá
me pellizco un plieguecito
y tiro.
Uno por aquí,
otro por allá.
Ahora que tú no estás
para corregirme
el vicio
y decir que me dolerá,
que escocerá,
que me quedará marca.
Es tan hermosa que no ceso
de mirarla,
de asomarme a ella.
Sigo dejando charcos,
charquitos de agua salada
por si vuelves a buscarme
para que esta dermis
no te engañe
y este olor
no te confunda
y este llanto
no te espante.
Para que me reconozcas
sin tener que arrancarme
la piel a jirones
y desaparezca este vicio.
El dolor.
Este escozor
que solo deja marca.
Vega Cerezo
(La sirena dormida, 2010)
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