Día de verano en el lago del bosque, Carl Frederik Aagaard (1877)
Nunca he visto dos nubes iguales,
ni dos hojas de roble,
ni dos perros, o gatos, o caballos,
ni, desde luego, dos rostros;
nunca he sentido dos emociones iguales,
nunca he pensado dos pensamientos iguales,
nunca he soñado dos sueños iguales,
nunca he recordado dos escenas iguales.
Únicamente lo singular existe,
dueño de sí mismo, indómito.
El resto es una tiranía del lenguaje
para domesticar el alma.
Rafael Argullol
(Poema, 2017)
Aquí está el poema diario que utilizamos para ir fortaleciendo la inteligencia y la sensibilidad de nuestros alumnos. Si alguien encuentra un bálsamo o un revulsivo en esta diaria medicina, bienvenido sea.
viernes, 30 de junio de 2017
miércoles, 28 de junio de 2017
Volcanes y caricias
Vista de Capri con el Vesubio al fondo, Edmund Berninger (h. 1929)
No me cuentes jamás ese secreto.
Guárdalo para ti.
Que entre los dos perdure
la convulsa belleza de esta isla.
Arrasada y altiva, negra y rota.
Incendiaria semilla de una tarde
que alumbró en tierra fértil, esas vides
escondidas al fondo de su propio abismo.
La lava entre los labios de este vino tan dulce.
La música del agua cuando cavo en tu piel
y elaboro con sed de azada antigua
la sagrada caricia, el beso oscuro,
tus derrames de azufre.
La convulsa belleza de aquel grito
que atravesó la isla
Fernando Beltrán
(Hotel vivir, 2015)
No me cuentes jamás ese secreto.
Guárdalo para ti.
Que entre los dos perdure
la convulsa belleza de esta isla.
Arrasada y altiva, negra y rota.
Incendiaria semilla de una tarde
que alumbró en tierra fértil, esas vides
escondidas al fondo de su propio abismo.
La lava entre los labios de este vino tan dulce.
La música del agua cuando cavo en tu piel
y elaboro con sed de azada antigua
la sagrada caricia, el beso oscuro,
tus derrames de azufre.
La convulsa belleza de aquel grito
que atravesó la isla
Fernando Beltrán
(Hotel vivir, 2015)
lunes, 26 de junio de 2017
Estoy en el incendio
Crepúculo en Venecia, Claude Monet (1908)
Más allá de tu pupila colmada de mercurio,
en la más inconsolable almena de la noche,
estoy en el incendio de todo lo que fuimos.
¡Si yo pudiera remontar por el confín del humo,
con pájaros de olvido volver atrás los años
hasta el abril primero cuando aún no existías!
¡Si encontrara allí tu cuerpo intacto de mi cuerpo,
tu nombre transparente para colmar el mundo
con el fervor descalzo del misterio más limpio!
Con qué equivocada furia la noche sin testigos
en deshauciadas llamas consume nuestro abrazo;
es lumbre de nostalgia, bengala del insomnio,
es quimera asfixiada en el envés del humo.
Estoy en el incendio de todo lo que fuimos.
Quizá todo adiós es festín de ceniza,
el gesto inútil de un animal que muere
y deja caer su sombra, apenas huérfana,
en el cauce apresurado
del olvido.
Alberto Conejero
(Si descubres un incendio, 2016)
Más allá de tu pupila colmada de mercurio,
en la más inconsolable almena de la noche,
estoy en el incendio de todo lo que fuimos.
¡Si yo pudiera remontar por el confín del humo,
con pájaros de olvido volver atrás los años
hasta el abril primero cuando aún no existías!
¡Si encontrara allí tu cuerpo intacto de mi cuerpo,
tu nombre transparente para colmar el mundo
con el fervor descalzo del misterio más limpio!
Con qué equivocada furia la noche sin testigos
en deshauciadas llamas consume nuestro abrazo;
es lumbre de nostalgia, bengala del insomnio,
es quimera asfixiada en el envés del humo.
Estoy en el incendio de todo lo que fuimos.
Quizá todo adiós es festín de ceniza,
el gesto inútil de un animal que muere
y deja caer su sombra, apenas huérfana,
en el cauce apresurado
del olvido.
Alberto Conejero
(Si descubres un incendio, 2016)
jueves, 22 de junio de 2017
A Él
Paisaje tropical, Albert Bierstadt (1830-1902)
Era la edad lisonjera
en que es un sueño la vida;
era la aurora hechicera
de mi juventud florida
en su sonrisa primera:
cuando sin rumbo vagaba
por el campo silenciosa
y en escuchar me gozaba
la tórtola que entonaba
su querella lastimosa.
Melancólico fulgor
blanca luna repartía,
y el aura leve mecía
con soplo murmurador
la tierna flor que se abría.
¡Y yo gozaba! El rocío
–nocturno llanto del cielo–,
el bosque espeso y umbrío,
la dulce quietud del suelo,
el manso correr del río,
y de la luna el albor,
y el aura que murmuraba
acariciando a la flor,
y el pájaro que cantaba...,
¡todo me hablaba de amor!
Y trémula, palpitante,
en mi delirio extasiada,
miré una visión brillante,
como el aire perfumada,
como las nubes flotante.
Ante mí resplandecía
como un astro brillador,
y mi loca fantasía
al fantasma seductor
tributaba idolatría.
Escuchar pensé su acento
en el canto de las aves;
eran las auras su aliento,
cargadas de aromas suaves,
y su estancia el firmamento...
¿Qué extraño ser era aquel?
¿Era un ángel o era un hombre?
¿Era un dios o era Luzbel?...
¿Mi visión no tiene nombre?
¡Ah, nombre tiene: era Él!
El alma soñaba tu imagen divina
y en ella reinabas ignoto señor,
que acaso su instinto feliz adivina
los rasgos que debe grabarle el amor.
Al sol en que el cielo de Cuba destella,
del trópico ardiente brillante fanal,
tus ojos eclipsan; tu frente descuella
cual se alza en la selva la palma real.
Del genio la aureola radiante, sublime,
ciñendo contemplo tu pálida sien,
y al verte, mi pecho palpita y se oprime,
dudando si formas mi mal o mi bien.
Que tú eres, no hay duda, mi sueño adorado,
el ser a quien tanto mi pecho anheló;
mas, ¡ay!, que mil veces el hombre, arrastrado
por fuerza enemiga, su tumba buscó.
Así vi a la mariposa
inocente, fascinada,
en torno a la luz amada
revolotear con placer;
insensata se aproxima
y la acaricia insensata,
hasta que la luz ingrata
devora su frágil ser.
Y es fama que allá en los bosques
que habita el indio indolente
nace y crece una serpiente
de prodigioso poder.
Si sus hálitos exhala,
en apariencia süaves,
volando bajan las aves
en su garganta a caer.
¿Y dónde van esas nubes
por el viento compelidas;
dónde esas hojas perdidas
que del árbol arrancó?...
¡Ay!, lo ignoran: las arrastra
el poder de su destino,
y ceden al torbellino
como al amor cedí yo.
Así vuelan resignadas
y no saben dónde van...,
pero siguen el sendero
que les traza el huracán.
Vuelan, vuelan en sus alas
nubes y hojas a la par,
ora al cielo las levante,
ora las hunda en el mar.
¿Y a qué pararse sirviera?
¿A qué el término inquirir?
¡Ya a la altura, ya al abismo,
su curso habrán de seguir!
Gertrudis Gómez de Avellaneda
(Poesías, 1841)
Era la edad lisonjera
en que es un sueño la vida;
era la aurora hechicera
de mi juventud florida
en su sonrisa primera:
cuando sin rumbo vagaba
por el campo silenciosa
y en escuchar me gozaba
la tórtola que entonaba
su querella lastimosa.
Melancólico fulgor
blanca luna repartía,
y el aura leve mecía
con soplo murmurador
la tierna flor que se abría.
¡Y yo gozaba! El rocío
–nocturno llanto del cielo–,
el bosque espeso y umbrío,
la dulce quietud del suelo,
el manso correr del río,
y de la luna el albor,
y el aura que murmuraba
acariciando a la flor,
y el pájaro que cantaba...,
¡todo me hablaba de amor!
Y trémula, palpitante,
en mi delirio extasiada,
miré una visión brillante,
como el aire perfumada,
como las nubes flotante.
Ante mí resplandecía
como un astro brillador,
y mi loca fantasía
al fantasma seductor
tributaba idolatría.
Escuchar pensé su acento
en el canto de las aves;
eran las auras su aliento,
cargadas de aromas suaves,
y su estancia el firmamento...
¿Qué extraño ser era aquel?
¿Era un ángel o era un hombre?
¿Era un dios o era Luzbel?...
¿Mi visión no tiene nombre?
¡Ah, nombre tiene: era Él!
El alma soñaba tu imagen divina
y en ella reinabas ignoto señor,
que acaso su instinto feliz adivina
los rasgos que debe grabarle el amor.
Al sol en que el cielo de Cuba destella,
del trópico ardiente brillante fanal,
tus ojos eclipsan; tu frente descuella
cual se alza en la selva la palma real.
Del genio la aureola radiante, sublime,
ciñendo contemplo tu pálida sien,
y al verte, mi pecho palpita y se oprime,
dudando si formas mi mal o mi bien.
Que tú eres, no hay duda, mi sueño adorado,
el ser a quien tanto mi pecho anheló;
mas, ¡ay!, que mil veces el hombre, arrastrado
por fuerza enemiga, su tumba buscó.
Así vi a la mariposa
inocente, fascinada,
en torno a la luz amada
revolotear con placer;
insensata se aproxima
y la acaricia insensata,
hasta que la luz ingrata
devora su frágil ser.
Y es fama que allá en los bosques
que habita el indio indolente
nace y crece una serpiente
de prodigioso poder.
Si sus hálitos exhala,
en apariencia süaves,
volando bajan las aves
en su garganta a caer.
¿Y dónde van esas nubes
por el viento compelidas;
dónde esas hojas perdidas
que del árbol arrancó?...
¡Ay!, lo ignoran: las arrastra
el poder de su destino,
y ceden al torbellino
como al amor cedí yo.
Así vuelan resignadas
y no saben dónde van...,
pero siguen el sendero
que les traza el huracán.
Vuelan, vuelan en sus alas
nubes y hojas a la par,
ora al cielo las levante,
ora las hunda en el mar.
¿Y a qué pararse sirviera?
¿A qué el término inquirir?
¡Ya a la altura, ya al abismo,
su curso habrán de seguir!
Gertrudis Gómez de Avellaneda
(Poesías, 1841)
lunes, 19 de junio de 2017
Cando ninguén os mira
Ladera arbolada, Albert Bierstadt (1830-19o2)
Cando ninguén os mira,
vense rostros nubrados e sombrisos,
homes que erran cal sombras voltexantes
por veigas e campíos.
Un, enriba dun cómaro
séntase caviloso e pensativo;
outro, ó pe dun carballo queda inmóvil,
coa vista levantada hacia o infinito.
Algún, cabo da fonte recrinado
parés que escoita atento o marmurío
da auga que cai, i exhala xordamente
tristísimos sospiros.
¡Van a deixala patria...!
Forzoso, mais supremo sacrificio.
A miseria está negra en torno deles,
¡ai!, ¡i adiante está o abismo...!
Rosalía de Castro
(Follas novas, 1880)
Versión al castellano de Un poema cada día
Cuando nadie los mira,
vense rostros nublados y sombríos,
hombres que yerran cual sombras volteantes
por vegas y baldíos.
Uno, encima de un collado
siéntase caviloso y pensativo;
otro, al pie de un roble queda inmóvil,
con la vista levantada al infinito.
Alguno, cabe la fuente reclinado
parece que escucha atento el ruido
de agua que cae, y exhala sordamente
tristísimos suspiros...
¡Van a dejar la patria...!
Forzoso, mas supremo sacrificio.
La miseria está negra en torno de ellos,
¡ay!, ¡y delante está el abismo...!
(Hojas nuevas, 1880)
Cando ninguén os mira,
vense rostros nubrados e sombrisos,
homes que erran cal sombras voltexantes
por veigas e campíos.
Un, enriba dun cómaro
séntase caviloso e pensativo;
outro, ó pe dun carballo queda inmóvil,
coa vista levantada hacia o infinito.
Algún, cabo da fonte recrinado
parés que escoita atento o marmurío
da auga que cai, i exhala xordamente
tristísimos sospiros.
¡Van a deixala patria...!
Forzoso, mais supremo sacrificio.
A miseria está negra en torno deles,
¡ai!, ¡i adiante está o abismo...!
Rosalía de Castro
(Follas novas, 1880)
Versión al castellano de Un poema cada día
Cuando nadie los mira,
vense rostros nublados y sombríos,
hombres que yerran cual sombras volteantes
por vegas y baldíos.
Uno, encima de un collado
siéntase caviloso y pensativo;
otro, al pie de un roble queda inmóvil,
con la vista levantada al infinito.
Alguno, cabe la fuente reclinado
parece que escucha atento el ruido
de agua que cae, y exhala sordamente
tristísimos suspiros...
¡Van a dejar la patria...!
Forzoso, mas supremo sacrificio.
La miseria está negra en torno de ellos,
¡ay!, ¡y delante está el abismo...!
(Hojas nuevas, 1880)
lunes, 5 de junio de 2017
Rima LVI
Monumento a Bécquer en el Parque de la Quinta de la Fuente del Berro
Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno,
y andar... andar.
Moviéndose a compás como una estúpida
máquina el corazón;
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.
El alma que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.
Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae sin cesar.
Así van deslizándose los días
unos de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer, probablemente
mañana como hoy.
¡Ay! ¡a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
¡Amargo es el dolor pero siquiera
¡padecer es vivir!
Gustavo Adolfo Bécquer
(Rimas, 1871)
Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno,
y andar... andar.
Moviéndose a compás como una estúpida
máquina el corazón;
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.
El alma que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.
Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae sin cesar.
Así van deslizándose los días
unos de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer, probablemente
mañana como hoy.
¡Ay! ¡a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
¡Amargo es el dolor pero siquiera
¡padecer es vivir!
Gustavo Adolfo Bécquer
(Rimas, 1871)
sábado, 3 de junio de 2017
Era más de media noche
Ruinas de Oybin a la luz de la luna, atribuido a Caspar David Friedrich (1774-1740)
Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego, envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas
cruje y un «¡ay!» se escuchó;
un «¡ay!» moribundo, un «¡ay!»
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela
y da al que lo oyó temblor.
Un «¡ay!» de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.
El ruido
cesó,
un hombre
pasó
embozado,
y el sombrero
recatado
a los ojos
se caló.
Se desliza
y atraviesa
junto al muro
de una iglesia,
y en la sombra
se perdió.
Una calle estrecha y alta,
la calle del Ataúd,
cual si de negro crespón
lóbrego eterno capuz
la vistiera, siempre oscura
y de noche sin más luz
que la lámpara que alumbra
una imagen de Jesús,
atraviesa el embozado,
la espada en la mano aún,
que lanzó vivo reflejo
al pasar frente a la cruz.
José de Espronceda
(El estudiante de Salamanca, 1839)
Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego, envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas
cruje y un «¡ay!» se escuchó;
un «¡ay!» moribundo, un «¡ay!»
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela
y da al que lo oyó temblor.
Un «¡ay!» de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.
El ruido
cesó,
un hombre
pasó
embozado,
y el sombrero
recatado
a los ojos
se caló.
Se desliza
y atraviesa
junto al muro
de una iglesia,
y en la sombra
se perdió.
Una calle estrecha y alta,
la calle del Ataúd,
cual si de negro crespón
lóbrego eterno capuz
la vistiera, siempre oscura
y de noche sin más luz
que la lámpara que alumbra
una imagen de Jesús,
atraviesa el embozado,
la espada en la mano aún,
que lanzó vivo reflejo
al pasar frente a la cruz.
José de Espronceda
(El estudiante de Salamanca, 1839)
domingo, 28 de mayo de 2017
El Ciervo en la Fuente
Ciervos y venados, Carl Friedrich Deiker (1871)
Un Ciervo se miraba
en una hermosa cristalina Fuente;
placentero admiraba
los enramados cuernos de su frente,
pero al ver sus delgadas, largas piernas,
al alto cielo daba quejas tiernas.
«¡Oh dioses! ¿A qué intento,
a esta fábrica hermosa de cabeza
construir su cimiento
sin guardar proporción en la belleza?
¡Oh qué pesar! ¡Oh qué dolor profundo!
¡No haber gloria cumplida en este mundo!»
Hablando de esta suerte
el Ciervo, vio venir a un lebrel fiero.
Por evitar su muerte,
parte al espeso bosque muy ligero;
pero el cuerno retarda su salida,
con una y otra rama entretejida.
Mas libre del apuro
a duras penas, dijo con espanto:
«Si me veo seguro,
pese a mis cuernos, fue por correr tanto;
lleve el diablo lo hermoso de mis cuernos,
haga mis feos pies el cielo eternos».
Así frecuentemente
el hombre se deslumbra con lo hermoso;
elige lo aparente,
abrazando tal vez lo más dañoso;
pero escarmiente ahora en tal cabeza:
el útil bien es la mejor belleza.
Félix María de Samaniego
(1745-1801)
martes, 23 de mayo de 2017
Poética
Lecciones de un alquimista, Antonio Muñiz (2012)
La poesía no debe ser un arma,
debe ser un abrazo,
un invento,
un descubrir a los demás
lo que les pasa por dentro,
eso, un descubrimiento,
un aliento,
un aditamento,
un estremecimiento.
La poesía debe ser
obligatoria.
Gloria Fuertes
(Historia de Gloria, 1980)
domingo, 14 de mayo de 2017
¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Cautivo en prisión, Mihály Zichy (1850)
SEGISMUNDO
¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque, si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Solo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
–dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer–,
qué más os pude ofender,
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y, con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y, con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
–gracias al docto pincel–,
cuando, atrevido y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huida;
¿y teniendo yo más vida,
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón,
negar a los hombres sabe
privilegio tan süave,
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?
Calderón de la Barca
(La vida es sueño, 1636)
SEGISMUNDO
¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque, si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Solo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
–dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer–,
qué más os pude ofender,
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y, con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y, con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
–gracias al docto pincel–,
cuando, atrevido y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huida;
¿y teniendo yo más vida,
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón,
negar a los hombres sabe
privilegio tan süave,
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?
Calderón de la Barca
(La vida es sueño, 1636)
miércoles, 10 de mayo de 2017
En las mañanicas del mes de mayo
Flores de primavera, Iosif Krachkovsky (1905)
En las mañanicas
del mes de mayo
cantan los ruiseñores,
retumba el campo.
En las mañanicas,
como son frescas,
cubren ruiseñores
las alamedas.
Ríense las fuentes
tirando perlas
a las florecillas
que están más cerca.
Vístense las plantas
de varias sedas,
que sacar colores
poco les cuesta.
Los campos alegran
tapetes varios,
cantan los ruiseñores,
retumba el campo.
Lope de Vega
(El robo de Dina, 1615-1622)
En las mañanicas
del mes de mayo
cantan los ruiseñores,
retumba el campo.
En las mañanicas,
como son frescas,
cubren ruiseñores
las alamedas.
Ríense las fuentes
tirando perlas
a las florecillas
que están más cerca.
Vístense las plantas
de varias sedas,
que sacar colores
poco les cuesta.
Los campos alegran
tapetes varios,
cantan los ruiseñores,
retumba el campo.
Lope de Vega
(El robo de Dina, 1615-1622)
domingo, 7 de mayo de 2017
Detén tu curso, Henares, tan crecido
En el río Cache la Poudre, Worthington Whittredge (1871)
Detén tu curso, Henares, tan crecido,
de aquesta soledad músico, amado,
en tanto que, contento, mi ganado
goza del bien que pierde este afligido;
y en tanto que en el ramo más florido
endechas canta el ruiseñor, y el prado
tiene de sí al verano enamorado,
tomando a mayo su mejor vestido.
No cantes más, pues ves que nunca aflojo
la rienda al llanto en míseras porfías,
sin menguárseme parte del enojo.
Que mal parece, si tus aguas frías
son lágrimas las más, que triste arrojo,
que canten, cuando lloro, siendo mías.
Francisco de Quevedo
(1580-1645)
Detén tu curso, Henares, tan crecido,
de aquesta soledad músico, amado,
en tanto que, contento, mi ganado
goza del bien que pierde este afligido;
y en tanto que en el ramo más florido
endechas canta el ruiseñor, y el prado
tiene de sí al verano enamorado,
tomando a mayo su mejor vestido.
No cantes más, pues ves que nunca aflojo
la rienda al llanto en míseras porfías,
sin menguárseme parte del enojo.
Que mal parece, si tus aguas frías
son lágrimas las más, que triste arrojo,
que canten, cuando lloro, siendo mías.
Francisco de Quevedo
(1580-1645)
viernes, 28 de abril de 2017
Duélete de esa puente, Manzanares
Duélete de esa puente, Manzanares;
mira que dice por ahí la gente
que no eres río para media puente,
y que ella es puente para muchos mares.
Hoy, arrogante, te ha brotado a pares
húmedas crestas tu soberbia frente,
y ayer me dijo humilde tu corriente
que eran en marzo los caniculares.
Por el alma de aquel que ha pretendido
con cuatro onzas de agua de chicoria
purgar la villa y darte lo purgado,
me di ¿cómo has menguado y has crecido?,
¿cómo ayer te vi en pena, y hoy en gloria?
–Bebióme un asno ayer, y hoy me ha meado.
Luis de Góngora
(1561-1627)
miércoles, 26 de abril de 2017
Mozuelas las de mi barrio
Mujeres en la ventana, Bartolomé Esteban Murillo (1665-1675)
Mozuelas las de mi barrio,
loquillas y confiadas,
mirad no os engañe el tiempo,
la edad y la confianza.
No os dejéis lisonjear
de la juventud lozana,
porque de caducas flores
teje el tiempo sus guirnaldas.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Vuelan los ligeros años,
y con presurosas alas
nos roban, como Harpías,
nuestras sabrosas viandas.
La flor de la maravilla
esta verdad nos declara,
porque le hurta la tarde
lo que le dio la mañana.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Mirad que cuando pensáis
que hacen la señal de la Alba
las campanas de la vida,
es la queda y os desarma
de vuestro color y lustre,
de vuestro donaire y gracia,
y quedáis todas perdidas
por mayores de la marca.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Yo sé de una buena vieja
que fue un tiempo rubia y zarca,
y que al presente le cuesta
harto caro el ver su cara;
porque su bruñida frente
y sus mejillas se hallan
más que roquete de obispo
encogidas y arrugadas.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Y sé de otra buena vieja
que un diente que le quedaba
se lo dejó estotro día
sepultado en unas natas;
y con lágrimas le dice:
«Diente mío de mi alma,
yo sé cuánto fuisteis perla,
aunque agora no sois nada.»
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Por eso, mozuelas locas,
antes que la edad avara
el rubio cabello de oro
convierta en luciente plata,
quered cuando sois queridas,
amad cuando sois amadas,
mirad, bobas, que detrás
se pinta la ocasión calva.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Luis de Góngora
(1561-1627)
Mozuelas las de mi barrio,
loquillas y confiadas,
mirad no os engañe el tiempo,
la edad y la confianza.
No os dejéis lisonjear
de la juventud lozana,
porque de caducas flores
teje el tiempo sus guirnaldas.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Vuelan los ligeros años,
y con presurosas alas
nos roban, como Harpías,
nuestras sabrosas viandas.
La flor de la maravilla
esta verdad nos declara,
porque le hurta la tarde
lo que le dio la mañana.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Mirad que cuando pensáis
que hacen la señal de la Alba
las campanas de la vida,
es la queda y os desarma
de vuestro color y lustre,
de vuestro donaire y gracia,
y quedáis todas perdidas
por mayores de la marca.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Yo sé de una buena vieja
que fue un tiempo rubia y zarca,
y que al presente le cuesta
harto caro el ver su cara;
porque su bruñida frente
y sus mejillas se hallan
más que roquete de obispo
encogidas y arrugadas.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Y sé de otra buena vieja
que un diente que le quedaba
se lo dejó estotro día
sepultado en unas natas;
y con lágrimas le dice:
«Diente mío de mi alma,
yo sé cuánto fuisteis perla,
aunque agora no sois nada.»
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Por eso, mozuelas locas,
antes que la edad avara
el rubio cabello de oro
convierta en luciente plata,
quered cuando sois queridas,
amad cuando sois amadas,
mirad, bobas, que detrás
se pinta la ocasión calva.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!
Luis de Góngora
(1561-1627)
sábado, 22 de abril de 2017
Conjura
Lesbia, John Reinhard Weguelin (1878)
Tu espalda
zarpa de gato blanco.
Tus muslos
antorchas encendidas.
Tu vientre
teja de leche dura.
Tu boca
runa de luz.
Tu pelo
chorro de lava quieta.
Tus manos
incendios de cristal.
Tus pechos
corazones de punta.
Tu sexo
flecha de sombra.
Ven esta noche,
ven esta noche,
ven esta noche.
Álvaro Tato
(Vuelavoz, 2017)
Tu espalda
zarpa de gato blanco.
Tus muslos
antorchas encendidas.
Tu vientre
teja de leche dura.
Tu boca
runa de luz.
Tu pelo
chorro de lava quieta.
Tus manos
incendios de cristal.
Tus pechos
corazones de punta.
Tu sexo
flecha de sombra.
Ven esta noche,
ven esta noche,
ven esta noche.
Álvaro Tato
(Vuelavoz, 2017)
martes, 18 de abril de 2017
Conversación
Melancolía, Edvard Munch (1894)
Cada vez que te hablo, otras palabras
escapan de mi boca, otras palabras.
No son mías. Proceden de otro sitio.
Me muerden en la lengua. Me hacen daño.
Tienen, como las lanzas de los héroes,
doble filo, y los labios se me rompen
a su contacto, y cada vez que surgen
de dentro –o de muy lejos, o de nunca–,
me fluye de la boca un hilo tibio
de sangre que resbala por mi cuerpo.
Cada vez que te hablo, otras palabras
hablan por mí, como si ya no hubiese
nada mío en el mundo, nada mío
en el agotamiento interminable
de amarte y de sentirme desamado.
Luis Alberto de Cuenca
Cada vez que te hablo, otras palabras
escapan de mi boca, otras palabras.
No son mías. Proceden de otro sitio.
Me muerden en la lengua. Me hacen daño.
Tienen, como las lanzas de los héroes,
doble filo, y los labios se me rompen
a su contacto, y cada vez que surgen
de dentro –o de muy lejos, o de nunca–,
me fluye de la boca un hilo tibio
de sangre que resbala por mi cuerpo.
Cada vez que te hablo, otras palabras
hablan por mí, como si ya no hubiese
nada mío en el mundo, nada mío
en el agotamiento interminable
de amarte y de sentirme desamado.
Luis Alberto de Cuenca
(La caja de plata, 1985)
viernes, 31 de marzo de 2017
Más recomendaciones para Julias
No caigas nunca en el amor por lo trágico,
en ese concurrido amor por lo terrible
que linda tu carroza, en esos aires
negros de tuba atroz, tres veces dicho,
no es fácil, y no llores
al volver
pero tampoco
al ir, no llores
y punto, vive
como si fuera un verbo que tuviera
sentido,
enciende
rápido
esa
vela,
no le quites al libre su limosna,
no quedes en las plazas,
no hagas ruido.
Llama siempre que ames, ama aunque
te digan que te arañará (no es raro), y
te nieguen el oasis en la frente,
pero no seas
nunca
sólo
azar,
sal
de tu vida como quien entra a solas en un supermercado
y no duda en cambiar su sempiterna marca de refrescos azules de momento,
di
no
al revés
y no te trices nunca,
y pase lo que pese
sigue, sigue
como si no
fuera contigo,
como si
te acompañaras, lámpara
de una luz nueva, de una nueva
máquina
más.
Sé que no eres mi hija (sé que no eres
hija de nadie, y yo no tengo trazos
desiguales que darte), pero
no temas más y no maceres este tiempo tuyo
que te repite así su tic-tac mágico:
no mires el reloj, detente, date
y descubre las cosas del alma de las cosas
del alma. No me importa
si recuerdas o no quién te lo dijo,
pero jamás des tus gemidos a esos
crueles pequeños que aún creen en lecciones
de leche. Olvídame, camina,
busca a dios
donde quieras,
resúmete en cualquier contrasentido
y elige tu color. Sin miedo
ni esperanza, conócete a ti misma,
duda del nihil novus y esas viejas valijas
y, preclaro platón, pliego de plácemes,
dale oído a ese adagio luminoso
que aconseja primero no dañar, primum non nocere,
ojalá todo esté en los libros,
tengo que irme, siempre estamos marchándonos,
reclama, no te manches,
no temas,
salta,
date
más
hoy,
es
toy,
sé
fir
me,
ven,
adiós.
Gonzalo Escarpa
(Fatiga de materiales, 2006)
sábado, 25 de marzo de 2017
La ciudad de las casas azules
Puerto de Saint-Cast, Paul Signac (1890)
Te inventaré una ciudad de casas azules donde siempre serás nombrada
con el nombre que inventé para ti.
¡Estás tan linda cuando luces el nombre que inventé para ti!
Enterraremos ese otro –azaroso y furtivo- que ahora te viste, en un lugar que se parezca
a todos los lugares que conocemos
para que cuando nos dé alcance su nostalgia,
no recordemos dónde fenece.
Te inventaré un oficio que ocupe tus días en la ciudad de las casas azules:
algo así como desordenar las caracolas de la playa
o apuntalar castillos de arena.
Algo importante que entretenga tus manos para que no pierdas el tiempo
abrazada a los árboles,
regalando el don de tus caricias a aquellos que nunca te arroparán.
(A esos estúpidos ásperos a los que entregas tu cuerpo).
Te inventaré una ciudad de casas azules donde todos te conocerán
por el nombre que inventé para ti y tus manos, hacendosas,
desordenarán las caracolas de la playa
o cuidarán de los castillos de arena
para que los árboles no te susurren jamás
que echan de menos tu piel.
Vega Cerezo
(Yo soy un país, 2013)
Te inventaré una ciudad de casas azules donde siempre serás nombrada
con el nombre que inventé para ti.
¡Estás tan linda cuando luces el nombre que inventé para ti!
Enterraremos ese otro –azaroso y furtivo- que ahora te viste, en un lugar que se parezca
a todos los lugares que conocemos
para que cuando nos dé alcance su nostalgia,
no recordemos dónde fenece.
Te inventaré un oficio que ocupe tus días en la ciudad de las casas azules:
algo así como desordenar las caracolas de la playa
o apuntalar castillos de arena.
Algo importante que entretenga tus manos para que no pierdas el tiempo
abrazada a los árboles,
regalando el don de tus caricias a aquellos que nunca te arroparán.
(A esos estúpidos ásperos a los que entregas tu cuerpo).
Te inventaré una ciudad de casas azules donde todos te conocerán
por el nombre que inventé para ti y tus manos, hacendosas,
desordenarán las caracolas de la playa
o cuidarán de los castillos de arena
para que los árboles no te susurren jamás
que echan de menos tu piel.
Vega Cerezo
(Yo soy un país, 2013)
martes, 21 de marzo de 2017
En mi poesía no hay sitios

Hélice, Robert Delaunay (1923)
En mi poesía no hay sitios
No hay malavez nombres ni
años añoranzas tiempos
pasados pisados puentes
ni acueductos ni calles
En mi poesía no hay anales
tampoco tramas o temas
ni banderas ni oficinas
En mi poesía no hay público
ni sermones ni discursos
ni ruedan trenes y no hay
luna en mi poesía ni países
En mi poesía no hay fines
para entretener o sonar
con palabras cadavéricas
En mi poesía hay fulgor
Carlos Edmundo de Ory
(Energeia, 1978)
viernes, 17 de marzo de 2017
Cabra sola
![]() |
| Cubierta de la magnífica antología sobre la vida y obra de Gloria Fuertes preparada por Jorge de Cascante en Blackie Books |
Hay quien dice que soy como una cabra;
lo dicen lo repiten, ya lo creo;
pero soy una cabra muy extraña
que lleva una medalla y siete cuernos.
¡Cabra! En vez de mala leche yo doy llanto.
¡Cabra! Por lo más peligroso me paseo.
¡Cabra! Me llevo bien con alimañas todas.
¡Cabra! Y escribo en los tebeos.
Vivo sola, cabra sola,
–que no quise cabrito en compañía–
cuando subo a lo alto de este valle
siempre encuentro un lirio de alegría.
Y vivo por mi cuenta, cabra sola;
que yo a ningún rebaño pertenezco.
Si sufrir es estar como una cabra,
entonces sí lo estoy, no dudar de ello.
Gloria Fuertes
(Poeta de guardia, 1968)
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