martes, 17 de octubre de 2023

La copa del amor

                 Joven desnuda reclinada, Delphin Enjolras (1865-1945)

¡Bebamos juntos en la copa egregia!
Raro licor se ofrenda a nuestras almas.
¡Abran mis rosas su frescura regia
A la sombra indeleble de tus palmas!

Tú despertaste mi alma adormecida
En la tumba silente de las horas;
A ti la primer sangre de mi vida
¡En los vasos de luz de mis auroras!

¡Ah! tu voz vino a recamar de oro
Mis lóbregos silencios; tú rompiste
El gran hilo de perlas de mi lloro,
Y al sol naciente mi horizonte abriste.

Por ti, en mi oriente nocturnal, la aurora
Tendió el temblor rosado de su tul;
Así en las sombras de la vida ahora,
¡Yo te abro el alma como un cielo azul!

                              ***

¡Ah, yo me siento abrir como una rosa!
Ven a beber mis mieles soberanas:
¡Yo soy la copa del amor pomposa
Que engarzará en tus manos sobrehumanas!

La copa erige su esplendor de llama…
¡Con qué hechizo en tus manos brillaría!
Su misteriosa exquisitez reclama
Dedos de ensueño y labios de armonía.

Tómala y bebe, que la gloria dora
El idilio de luz de nuestras almas;
¡Marchítense las rosas de mi aurora
A la sombra indeleble de tus palmas!

Delmira Agustini
(El libro blanco (Frágil), 1907)

domingo, 24 de septiembre de 2023

Vi la cierva que el bosque

                        Arroyo del bosquePeder Mørk Mønsted (1900)

Vi la cierva que el bosque
eligió para mí como encendida
quietud tras el ramaje.

No me atreví a moverme.

Mi corazón cosía sus pedazos
de piel entre las hojas.

Solo un perfil mostraba.
Era un ojo que mira
como un hueso de níspero
flotando en el estanque.

Habló mientras la nieve
                se cubría de pájaros.

Hay que vivirlo todo—.

Y en su hocico de musgo
temblaba un avispero.

Después,
suspendido ya el tiempo
atrapada en el ámbar del instante
levantó la cabeza
                       –su tronco moteado,
sus cuatro extremidades–.

Desde entonces
                             me digo la verdad.

Cada mañana vuelvo
a la senda vacante
por ver si ella me aguarda.

En las horas de insomnio
siento su lengua que me arde
como un alga en la cara.

Ya me vence el cansancio.

Pero si ella regresa,
si la cierva viniera de nuevo a mis oídos
yo les pondría fin
                                a estas palabras.

Rosana Acquaroni
(18 ciervas, 2023)

viernes, 18 de agosto de 2023

El poeta dice la verdad

Ribera del río Guadaira, Manuel García y Rodríguez (1914)

Quiero llorar mi pena y te lo digo
para que tú me quieras y me llores
en un anochecer de ruiseñores,
con un puñal, con besos y contigo.

Quiero matar al único testigo
para el asesinato de mis flores
y convertir mi llanto y mis sudores
en eterno montón de duro trigo.

Que no se acabe nunca la madeja
del te quiero me quieres, siempre ardida
con decrépito sol y luna vieja.

Que lo que no me des y no te pida
será para la muerte, que no deja
ni sombra por la carne estremecida.

Federico García Lorca
(Sonetos del amor oscuro, 1935-1936)

viernes, 4 de agosto de 2023

Mesa

                           La mesita, Henri Le Sidaner (1920)

Cuadrúpeda, centaura,
¿quién dice que no hablas?
A mí, sí: come, come,
que aproveche, ¿está bueno?
Qué señora, qué clase. Pero me gusta aún más
oírte crepitar, cantar viva la gente,
llamarme mi joquei, mi prenda, zanganote.
Te monto al pelo, te pinto color blanco,
te gualdrapo un mantel, te derramo un jarrón
para que te refresques.
Mira cómo ronrona tu madera,
cómo se arquea tu cuadril.
Galopa y corta el viento, mi yeguona,
vamos hasta la venta.
                                                    "Maritornes,
dale pienso a mi amiga Rocinanta."
Que aproveche, ¿está rico?
Ah, lo fino se pega. Dichosa urbanidad.

Luis Feria
(Obra poética y cuentos, 2000)

Este poema, inédito a la muerte del autor, fue publicado en el nº4 de la revista Cuadernos del Ateneo, en 1998. Ahí se indica su lugar de redacción: La Laguna (Tenerife).

lunes, 17 de julio de 2023

Renaciente maravilla

Salamanca desde la margen izquierda del Tormes, Edgar Thomas A. Wigram (1906)

¡Salamanca, Salamanca,
renaciente maravilla,
académica palanca
de mi visión de Castilla!

Oro en sillares de soto
de las riberas del Tormes,
de viejo saber remoto
guardas recuerdos conformes.

Hechizo salmanticense
de pedantesca dulzura;
gramática del Brocense,
florón de literatura.

¡Ay, mi Castilla latina
con raíz gramatical,
ay, tierra que se declina
por luz sobrenatural!

Miguel de Unamuno
(Poesías, 1907)

domingo, 9 de julio de 2023

La teva pell suau

      El Grossglockner con el Glaciar de Pasterze, Thomas Ender (h. 1830)

LA TEVA PELL SUAU
xoca contra la meva,
com les plaques tectòniques,
les glaceres, 
els dinosaures,
els meteorits,
els camions de carreres.

Irene Solà
(Bestia, 2022)

Versión en castellano

TU PIEL SUAVE
choca contra la mía,
como las placas tectónicas,
los glaciares,
los dinosaurios,
los meteoritos,
los camiones de carreras.

[Traducción al castellano de Unai Velasco]

miércoles, 5 de julio de 2023

Anuncios por palabras

                                    Autómata, Edward Hopper (1927)

CUALQUIERA que conozca el paradero
de la compasión (fantasía del alma)
-¡que avise!, ¡que avise!
Que lo cante a voz en grito
y baile como si perdiera la razón
jubiloso bajo el frágil sauce
eternamente a punto de romper en llanto.

ENSEÑO a callar
en todos los idiomas
según el método de contemplar
el cielo estrellado,
las quijadas del sinantropus,
el plancton,
el copo de nieve.

DEVUELVO el amor.
¡Atención! ¡Ganga!
En la hierba de antaño,
cuando, bañados de sol hasta el cuello
yacéis, mientras baila el viento
(maestro del baile de vuestros cabellos).
Ofertas a "Sueño".

SE BUSCA persona
para llorar
por los ancianos que en los asilos
mueren. Sírvanse
presentarse sin referencias
ni solicitudes por escrito.
Los papeles serán destruidos
sin acuse de recibo.

POR LAS PROMESAS de mi esposo
–que os engañaba con los colores
del populoso mundo, con su jaleo,
con una copla desde la ventana, con un perro
detrás de la pared–
de que nunca estaríais solos
en penumbra, en silencio y sin aliento
–responder no puedo.
La Noche, viuda del Día.

Wisława Szymborska
(El gran número. Fin y principio y otros poemas, 1997)

[Traducción de Elżbieta Bortkiewicz]

miércoles, 28 de junio de 2023

Ven aquí, amor

  Satsuki, Ikeda Shōen (h. 1913)

Ven aquí, amor,
y esta rica cortina de bambúes
córrela; ven,
que si llega mi madre
y me pregunta
le diré que fue el viento.

Anónimo
(Siglos VII-VIII)

Este delicioso poema de amor pertenece al libro La semilla y el corazón. Antología de poesía japonesa, Alba Editorial, 2022. Ha sido traducido del japonés por Teresa Herrero y su versión en castellano es de Juan F. Rivero.

sábado, 10 de junio de 2023

Al fondo del espejo

          Retrato de una joven, Christine Herter (h. 1921)

Si dejas de mirarte en ese espejo
en el que ahora te contemplas,
si sales de este cuarto y de esta casa
y tardas varias horas en volver,
yo,
con una ingenuidad que ni en las fábulas,
me asomaré al espejo
por si estás ahí adentro,
por si te has olvidado de llevarte contigo.

Amalia Bautista
(Azul el agua, 2022)

martes, 6 de junio de 2023

Bajo del cielo fiel Junio corría

                       Corriente en el bosquePeder Mørk Mønsted (1911)

Bajo del cielo fiel Junio corría
arrastrando en sus aguas dulces fechas,
ardientes horas en la luz deshechas,
frutos y labios que mi sed asía.

Sobre mi juventud Junio corría:
golpeaban mi ser sus aguas flechas,
despeñadas y obscuras en las brechas
que su avidez en ráfagas abría.

Ay, presuroso Junio nunca mío,
invisible entre puros resplandores,
mortales horas en terribles goces,

¡cómo alzabas mi ser, crecido río,
en júbilos sin voz, mudos clamores,
viva espada de luz entre dos voces!

Octavio Paz
(Bajo tu clara sombra, 1935-1944)

sábado, 20 de mayo de 2023

Aquel temblor del muslo

               Puerta del jardín en Vetheuil, Claude Monet (1881)

Aquel temblor del muslo
y el diminuto encaje
rozado por la yema de los dedos,
son el mejor recuerdo de unos días
conocidos sin prisa, sin hacerse notar,
igual que amigos tímidos.

Fue la tarde anterior a la tormenta,
con truenos en el cielo.
Tú apareciste en el jardín, secreta,
vestida de otro tiempo,
con una extravagante manera de quererme,
jugando a ser el viento de un armario,
la luz en seda negra
y medias de cristal,
tan abrazadas
a tus muslos con fuerza,
con esa oscura fuerza que tuvieron
sus dueños en la vida.

Bajo el color confuso de las flores salvajes,
inesperadamente me ofrecías
tu memoria de labios entreabiertos,
unas ropas difíciles, y el rayo
apenas vislumbrado de la carne,
como fuego lunático,
como llama de almendro donde puse
la mano sin dudarlo.
Por el jardín, el ruido de los últimos pájaros,
de las primeras gotas en los árboles.

Aquel temblor del muslo
y el diminuto encaje, de vello traspasado,
su resistencia elástica
vencida con el paso de los años,
vuelven a ser verdad, oleaje en el tacto,
arena humedecida entre las manos,
cuando otra vez, aquí, de pensamiento,
me abandono en la dura solución de tus ingles
y dejo de escribir
para llamarte.

Luis García Montero
(Diario cómplice, 1987)

viernes, 21 de abril de 2023

You

                             Isla de Calipso, Herbert James Draper (1897)

Tú apareces,
tú te desnudas,
tú entras en la luz,
tú despiertas los colores,
tú coronas las aguas,
tú comienzas a recorrer el tiempo como un licor,
tú rematas la más cegadora de las orillas,
tú predices si el mundo seguirá o va a caer,
tú conjuras la tierra para que acompase su ritmo a tu lentitud de lava,
tú reinas en el centro de esta conflagración
y del primero
al séptimo día
tu cuerpo es un arrogante
                                                    palacio
donde vive
                         el
                              temblor.

Rafael Cadenas
(Una isla, 1958)

martes, 4 de abril de 2023

Odiseo en Barcelona

        El viejo lobo de mar, Henry Scott Tuke (1888)

¡Si nunca hubiese vuelto...!
¡Cuánto mejor si nunca hubiese vuelto!

Navegaban conmigo
Nausicaas y Penélopes.
Las llevaba tatuadas en mis brazos
para tenerlas siempre ante mis ojos
y no olvidarlas nunca.
Pero la piel se me ha arrugado,
y las celestemente jóvenes
parecen ahora ancianas damas.
¡Si nunca hubiese vuelto!

Llegué con las orejas taponadas
para no ser esclavo del hechizo
del canto aquel que nunca llegué a oír.
Y hallé cipreses góticos,
piedras y seres que jamás soñé,
palabras diferentes.
Y no estaban mis islas,
o acaso fueron sólo un sueño mío.

¡Si nunca hubiese vuelto! Pero he vuelto,
y aquí estoy otra vez, acariciando
este puñado de humo.

José Hierro
(Agenda, 1991)

El 3 de abril de 2022 se cumplieron cien años del nacimiento de José Hierro. Durante este año se han sucedido  exposiciones y homenajes para recordar su vida y obra. El último, el documental emitido por RTVE el pasado domingo en su programa Imprescindibles José Hierro, poeta de los vencidos.

domingo, 26 de marzo de 2023

Φωνές

                                          Otoño, G.H. Saber (2005)

Ιδανικές φωνές κι αγαπημένες 
εκείνων που πέθαναν, ή εκείνων που είναι
για μας χαμένοι σαν τους πεθαμένους.
Κάποτε μες στα όνειρά μας ομιλούνε,
κάποτε μες στην σκέψι τες ακούει το μυαλό.
Και με τον ήχο των για μια στιγμή επιστρέφουν
ήχοι από την πρώτη ποίηση της ζωής μας -
σα μουσική, την νύχτα, μακρυνή, που σβύνει.

Konstatinos Kavafis
(Ποιήματα, 1935)

Versión en castellano

Voces

Amadas voces ideales
de aquellos que han muerto, o de aquellos
perdidos como si hubiesen muerto.

Algunas veces en el sueño nos hablan;
algunas veces la imaginación las escucha.

Y con el suyo otros ecos regresan
desde la poesía primera de nuestra vida –
como una música nocturna perdida en la distancia.

Konstantino Kavafis
(Poemas, 1935)

[La traducción de este poema al castellano fue realizada por José María Álvarez: Konstantino Kavafis, Poesías completas, Hiperión, 1976]

martes, 21 de marzo de 2023

Allegro ma non troppo

Lago de Como en una mañana de primavera, Peder Mørk Mønsted (1920)

Eres bella–le digo a la vida–,
imposible imaginarte más exhuberante,
ni más ranil, ni más ruiseñorial,
ni más hormiguera ni más semillera.

Intento ganarme su simpatía,
halagarla, mirarla a los ojos.
Soy siempre la primera en saludarla
con expresión de humildad en el rostro.

Le salgo al paso por la derecha,
le salgo al paso por la izquierda,
extasiada la pongo por las nubes,
y caigo de bruces, fascinada.

¡Qué montaraz el saltamontes,
qué mora la zarzamora!
Nunca creerlo pudiera
quien tal prodigio no viera.

No se me ocurre –digo a la vida–
con qué poder compararte.
Nadie ha hecho nunca otra piña
ni mejor ni peor apiñada.

Alabo tu generosidad e ingenio,
tu grandeza de miras y tu precisión,
¿y qué más?, ¿qué más alabo?,
tu taumaturgia y tu brujería.

Para no ultrajarla en exceso
y evitar sus iras y enojos
desde hace cien milenios
le doro la píldora sin sonrojo.

Me acerco y le doy un tirón de hoja:
¿se ha detenido?, ¿me ha hecho caso?
¿Por una vez, solo una,
olvida dar el siguiente paso?

Wisława Szymborska
(Acaso, 1972)

[Traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski]

lunes, 6 de marzo de 2023

Canción de cuna para dormir a un preso

                 Puesta de sol en una costa del sur, Paul von Spaun (1911)

La gaviota sobre el pinar.
(La mar resuena).
Se acerca el sueño. Dormirás,
soñarás, aunque no lo quieras.
La gaviota sobre el pinar
goteado todo de estrellas.

Duerme. Ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
No hay más que sombra. Arriba, luna.
Peter Pan por las alamedas.
Sobre ciervos de lomo verde
la niña ciega.
Ya ni eres hombre, ya te duermes,
mi amigo, ea…

Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo
sobre la luna, y la degüella.
La mar está cerca de ti,
muerde tus piernas.
No es verdad que tú seas hombre;
eres un niño que no sueña.
No es verdad que tú hayas sufrido:
son cuentos tristes que te cuentan.
Duerme. La sombra toda es tuya,
mi amigo, ea…

Eres un niño que está serio.
Perdió la risa y no la encuentra.
Será que habrá caído al mar,
la habrá comido una ballena.
Duerme, mi amigo, que te acunen
campanillas y panderetas,
flautas de caña de son vago
amanecidas en la niebla.

No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.
La noche es vasta. Tiene espacios
para volar por donde quieras,
para llegar al alba y ver
las aguas frías que despiertan,
las rocas grises, como el casco
que tú llevabas a la guerra.
La noche es amplia, duerme, amigo,
mi amigo, ea…

La noche es bella, está desnuda,
no tiene límites ni rejas.
No es verdad que ni hayas sufrido,
son cuentos tristes que te cuentan.
Tú eres un niño que está triste,
eres un niño que no sueña.
Y la gaviota está esperando
para venir cuando te duermas.
Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
Duerme, mi amigo…
Ya se duerme
mi amigo, ea…

José Hierro
(Tierra sin nosotros, 1947)

miércoles, 1 de marzo de 2023

Salpicada de espuma, de salitre

       Vista de San Sebastián desde el Monte Igueldo, Tom Page (2010)

Salpicada de espuma, de salitre,
Desnuda, desde el mar,
Viene gritando:

¡La vida, sí, la vida misma!
¡Un delirio por los prados!

Desde mi ventana blanca,
Con los brazos extendidos,
La estoy llamando con voces
De un ardor desmelenado.

Salpicada de espuma, de salitre,
Desnuda, por los campos,
Va gritando:

¡La vida, sí, la vida misma!

Pálido y alto, callado,
La miro pasar llorando.

Gabriel Celaya
(Marea del silencio, 1935)

sábado, 14 de enero de 2023

Tintern Abbey

      Tintern Abbey con un pescador a orillas del río, John Dobbin (1876)

Five years have past; five summers, with the length
Of five long winters! and again I hear
These waters, rolling from their mountain-springs
With a soft inland murmur.—Once again
Do I behold these steep and lofty cliffs,
That on a wild secluded scene impress
Thoughts of more deep seclusion; and connect
The landscape with the quiet of the sky.
The day is come when I again repose
Here, under this dark sycamore, and view
These plots of cottage-ground, these orchard-tufts,
Which at this season, with their unripe fruits,
Are clad in one green hue, and lose themselves
'Mid groves and copses. Once again I see
These hedge-rows, hardly hedge-rows, little lines
Of sportive wood run wild: these pastoral farms,
Green to the very door; and wreaths of smoke
Sent up, in silence, from among the trees!
With some uncertain notice, as might seem
Of vagrant dwellers in the houseless woods,
Or of some Hermit's cave, where by his fire
The Hermit sits alone.
      These beauteous forms,
Through a long absence, have not been to me
As is a landscape to a blind man's eye:
But oft, in lonely rooms, and 'mid the din
Of towns and cities, I have owed to them,
In hours of weariness, sensations sweet,
Felt in the blood, and felt along the heart;
And passing even into my purer mind
With tranquil restoration:—feelings too
Of unremembered pleasure: such, perhaps,
As have no slight or trivial influence
On that best portion of a good man's life,
His little, nameless, unremembered, acts
Of kindness and of love. Nor less, I trust,
To them I may have owed another gift,
Of aspect more sublime; that blessed mood,
In which the burthen of the mystery,
In which the heavy and the weary weight
Of all this unintelligible world,
Is lightened:—that serene and blessed mood,
In which the affections gently lead us on,—
Until, the breath of this corporeal frame
And even the motion of our human blood
Almost suspended, we are laid asleep
In body, and become a living soul:
While with an eye made quiet by the power
Of harmony, and the deep power of joy,
We see into the life of things.
     If this
Be but a vain belief, yet, oh! how oft—
In darkness and amid the many shapes
Of joyless daylight; when the fretful stir
Unprofitable, and the fever of the world,
Have hung upon the beatings of my heart—
How oft, in spirit, have I turned to thee,
O sylvan Wye! thou wanderer thro' the woods,
How often has my spirit turned to thee!
And now, with gleams of half-extinguished thought,
With many recognitions dim and faint,
And somewhat of a sad perplexity,
The picture of the mind revives again:
While here I stand, not only with the sense
Of present pleasure, but with pleasing thoughts
That in this moment there is life and food
For future years. And so I dare to hope,
Though changed, no doubt, from what I was when first
I came among these hills; when like a roe
I bounded o'er the mountains, by the sides
Of the deep rivers, and the lonely streams,
Wherever nature led: more like a man
Flying from something that he dreads, than one
Who sought the thing he loved. For nature then
(The coarser pleasures of my boyish days
And their glad animal movements all gone by)
To me was all in all.—I cannot paint
What then I was. The sounding cataract
Haunted me like a passion: the tall rock,
The mountain, and the deep and gloomy wood,
Their colours and their forms, were then to me
An appetite; a feeling and a love,
That had no need of a remoter charm,
By thought supplied, nor any interest
Unborrowed from the eye.—That time is past,
And all its aching joys are now no more,
And all its dizzy raptures. Not for this
Faint I, nor mourn nor murmur; other gifts
Have followed; for such loss, I would believe,
Abundant recompense. For I have learned
To look on nature, not as in the hour
Of thoughtless youth; but hearing oftentimes
The still sad music of humanity,
Nor harsh nor grating, though of ample power
To chasten and subdue.—And I have felt
A presence that disturbs me with the joy
Of elevated thoughts; a sense sublime
Of something far more deeply interfused,
Whose dwelling is the light of setting suns,
And the round ocean and the living air,
And the blue sky, and in the mind of man:
A motion and a spirit, that impels
All thinking things, all objects of all thought,
And rolls through all things. Therefore am I still
A lover of the meadows and the woods
And mountains; and of all that we behold
From this green earth; of all the mighty world
Of eye, and ear,—both what they half create,
And what perceive; well pleased to recognise
In nature and the language of the sense
The anchor of my purest thoughts, the nurse,
The guide, the guardian of my heart, and soul
Of all my moral being.
     Nor perchance,
If I were not thus taught, should I the more
Suffer my genial spirits to decay:
For thou art with me here upon the banks
Of this fair river; thou my dearest Friend,
My dear, dear Friend; and in thy voice I catch
The language of my former heart, and read
My former pleasures in the shooting lights
Of thy wild eyes. Oh! yet a little while
May I behold in thee what I was once,
My dear, dear Sister! and this prayer I make,
Knowing that Nature never did betray
The heart that loved her; 'tis her privilege,
Through all the years of this our life, to lead
From joy to joy: for she can so inform
The mind that is within us, so impress
With quietness and beauty, and so feed
With lofty thoughts, that neither evil tongues,
Rash judgments, nor the sneers of selfish men,
Nor greetings where no kindness is, nor all
The dreary intercourse of daily life,
Shall e'er prevail against us, or disturb
Our cheerful faith, that all which we behold
Is full of blessings. Therefore let the moon
Shine on thee in thy solitary walk;
And let the misty mountain-winds be free
To blow against thee: and, in after years,
When these wild ecstasies shall be matured
Into a sober pleasure; when thy mind
Shall be a mansion for all lovely forms,
Thy memory be as a dwelling-place
For all sweet sounds and harmonies; oh! then,
If solitude, or fear, or pain, or grief,
Should be thy portion, with what healing thoughts
Of tender joy wilt thou remember me,
And these my exhortations! Nor, perchance—
If I should be where I no more can hear
Thy voice, nor catch from thy wild eyes these gleams
Of past existence—wilt thou then forget
That on the banks of this delightful stream
We stood together; and that I, so long
A worshipper of Nature, hither came
Unwearied in that service: rather say
With warmer love—oh! with far deeper zeal
Of holier love. Nor wilt thou then forget,
That after many wanderings, many years
Of absence, these steep woods and lofty cliffs,
And this green pastoral landscape, were to me
More dear, both for themselves and for thy sake!

William Wordsworth
(Lyrical Ballads, With a Few Others Poems, 1798)


Versión en castellano

¡Cinco años ya, cinco veranos largos
como largos inviernos! De nuevo oigo
estas aguas rodar desde su fuente
con un suave murmullo. Otra vez veo
estos riscos abruptos y empinados,
que en un lugar salvaje y solitario
sugieren el retiro más profundo
y conectan el cielo y el paisaje.
Llega el día y reposo aquí de nuevo
bajo este oscuro sicomoro y miro
estas manchas de chozas y de huertos
que, en la estación, sin madurar sus frutos,
se visten de un matiz verde, y se pierden
entre sotos y bosques. ¡Veo de nuevo
estos setos, más bien breves hileras
de bosque juguetón hecho silvestre;
granjas, hasta la misma puerta, verdes,
y espirales de humo entre los árboles,
que se elevan en silencio! Con dudosa
vigilancia, según puede esperarse
de errantes moradores de los bosques
o de algún ermitaño que, en su cueva,
se sienta solitario junto al fuego.
    Estas formas, 
en una larga ausencia, no han sido para mí 
como un paisaje a los ojos de un ciego; 
con frecuencia en espacios aislados y entre el ruido
de pueblos y ciudades, me han traído
en horas lasas sensaciones dulces,
sentidas en la sangre y aun pasadas
del corazón hasta la misma mente,
con un tranquilo alivio; sentimientos
de placer olvidado, quizá tales
como tener influjo no liviano
en la vida mejor de un hombre bueno,
sus pequeños, sin nombre, y olvidados
actos de amor y de bondad. No menos
a ellas debo otro don aun más sublime;
ese bendito humor en el que el peso
del misterio, la carga áspera y dura
de este ininteligible mundo todo,
se ilumina; ese humor bueno y sereno
en el que los afectos nos conducen
casi a la suspensión de nuestro aliento
e incluso del fluir de nuestra sangre,
nos echamos dormidos en el cuerpo
y somos un espíritu viviente,
mientras, con ojos hechos a la calma
por el poder de la armonía y el gozo,
escrutamos la vida de las cosas.
      Si esto 
es vana creencia, sin embargo,
a oscuras o a la triste luz del día
en sus múltiples formas, cuántas veces,
cuando la inútil y molesta brega,
y la fiebre del mundo están pendientes
del palpitar del corazón, mi mente
ha vuelto a ti, silvestre Wye, que vagas
a través de los bosques, cuántas veces
he vuelto a ti en espíritu.
Y ahora, con chispas de muy tenues pensamientos,
con recuerdos borrosos y apagados,
y una perplejidad un poco triste,
la imagen de la mente resucita,
mientras estoy aquí de pie, sintiendo
no solo el gran placer presente, sino
que en este instante hay vida y alimento
para futuros años. Y así espero,
aunque distinto del que fui, sin duda,
cuando llegué primero a estas colinas;
cuando saltaba, corzo, en las montañas,
junto a ríos profundos, junto a arroyos,
con la naturaleza como guía;
más como hombre que escapa a lo que teme
que el que busca las cosas que él amaba.
Pues la naturaleza entonces era
(idos todos los ásperos placeres
de la niñez y sus alegres brincos)
para mí todo en todo. Yo no puedo
pintar lo que era entonces. Me atraía
la rugiente cascada. La alta roca,
la montaña y el hondo, oscuro bosque,
sus colores y formas me incitaban
un deseo, un amor y un sentimiento
que no necesitaba de otro encanto
del pensamiento, ni interés alguno
salvo el de la visión. Pasó ese tiempo,
y ya no están sus goces dolorosos
y sus éxtasis locos. No por esto
me duelo, ni murmuro, que otros dones
han seguido a esa pérdida; los creo
recompensa abundante. He aprendido
a ver el mundo, no como en la hora
de alegre juventud, sino escuchando
la suave y triste música del hombre,
sin asperezas, aunque con poderes
de castigar y someter. Y siento
una presencia que me mueve al goce
de nobles pensamientos, un sentido
de algo que está unido fuertemente,
cuyo albergue es la luz de los ocasos,
y el arqueado mar, y el aire vivo,
y el cielo azul, y la razón del hombre;
una moción y espíritu que impulsa
a los seres pensantes y pensados
y que rueda a través de toda cosa.
Por tanto soy amante todavía
de praderas, y bosques, y montañas;
y de todo cuanto hay que conozcamos
en esta tierra verde; del gran mundo
del oído y la vista, que crean ambos
lo percibido. Reconozco a gusto
en la naturaleza y los sentidos
el ancla de mis más puras ideas,
la guía y el guardián de mis afectos,
y el alma de mi ser moral entero.
    Ni por azar, 
aun no aprendido esto, 
decaería mi talante afable,
porque tú estás conmigo en las orillas
de este río, mi más querida amiga,
querida amiga, y en tu voz percibo
el resonar de mi pasión antigua;
leo en la luz de tu mirar salvaje
mis placeres antiguos. ¡Aún un poco
pueda yo ver en ti lo que yo fuera,
querida hermana! Y hago esta plegaria
sabiendo ya que la naturaleza
nunca traiciona el corazón que la ama;
es privilegio suyo conducirnos
de goce en goce en toda nuestra vida;
pues puede así inspirar la mente nuestra,
así inculcar tranquilidad, belleza,
y alimentar los altos pensamientos,
de modo tal que ni las malas lenguas,
ni juicios imprudentes, ni sarcasmos
egoístas, ni hipócritas saludos,
ni el triste curso de la vida diaria
prevalezca jamás contra nosotros
o nuestra alegre lealtad perturbe,
que todo aquello que miramos lleno
está de bendiciones. ¡Que la luna
te alumbre en tu paseo solitario;
que los brumosos vientos de montaña
te soplen en el rostro, y otros años,
cuando estos locos éxtasis maduren
en un sobrio placer, cuando tu mente
sea mansión de toda forma amable,
tu memoria será como un albergue
para todos los sones y armonías!
¡Si el miedo, o el dolor, o el estar sola
reclaman su porción, con qué alegría
te acordarás de mí y de mis consejos!
¡Y si estuviera donde ya no pueda
oír tu voz ni ver en tu mirada
reflejos de mi ayer, recuerda entonces
que a orillas de esta plácida corriente
hemos estados juntos, que, devoto
de la naturaleza, aquí me vine
tenaz en su servicio; mejor dices
con un ardiente amor, con hondo celo
del más sagrado amor. Recuerda entonces
que, tras mucho vagar y mucha ausencia,
estos abruptos bosques y altos riscos
y este paisaje pastoral los amo
también por la presencia tuya en ellos!

William Wordsworth
(Baladas líricas y otros poemas, 1798)

[Traducción al castellano de Antonio Abellán]

viernes, 6 de enero de 2023

Mont Blanc

                                   Mont Blanc, Albert Bierstadt (1895)

                                         I

The everlasting universe of things
Flows through the mind, and rolls its rapid waves,
Now dark—now glittering—now reflecting gloom—
Now lending splendour, where from secret springs
The source of human thought its tribute brings
Of waters—with a sound but half its own,
Such as a feeble brook will oft assume,
In the wild woods, among the mountains lone,
Where waterfalls around it leap for ever,
Where woods and winds contend, and a vast river
Over its rocks ceaselessly bursts and raves.

                                      II

Thus thou, Ravine of Arve—dark, deep Ravine—
Thou many-colour'd, many-voiced vale,
Over whose pines, and crags, and caverns sail
Fast cloud-shadows and sunbeams: awful scene,
Where Power in likeness of the Arve comes down
From the ice-gulfs that gird his secret throne,
Bursting through these dark mountains like the flame
Of lightning through the tempest;—thou dost lie,
Thy giant brood of pines around thee clinging,
Children of elder time, in whose devotion
The chainless winds still come and ever came
To drink their odours, and their mighty swinging
To hear—an old and solemn harmony;
Thine earthly rainbows stretch'd across the sweep
Of the aethereal waterfall, whose veil
Robes some unsculptur'd image; the strange sleep
Which when the voices of the desert fail
Wraps all in its own deep eternity;
Thy caverns echoing to the Arve's commotion,
A loud, lone sound no other sound can tame;
Thou art pervaded with that ceaseless motion,
Thou art the path of that unresting sound—
Dizzy Ravine! and when I gaze on thee
I seem as in a trance sublime and strange
To muse on my own separate fantasy,
My own, my human mind, which passively
Now renders and receives fast influencings,
Holding an unremitting interchange
With the clear universe of things around;
One legion of wild thoughts, whose wandering wings
Now float above thy darkness, and now rest
Where that or thou art no unbidden guest,
In the still cave of the witch Poesy,
Seeking among the shadows that pass by
Ghosts of all things that are, some shade of thee,
Some phantom, some faint image; till the breast
From which they fled recalls them, thou art there!

                                       III

Some say that gleams of a remoter world
Visit the soul in sleep, that death is slumber,
And that its shapes the busy thoughts outnumber
Of those who wake and live.—I look on high;
Has some unknown omnipotence unfurl'd
The veil of life and death? or do I lie
In dream, and does the mightier world of sleep
Spread far around and inaccessibly
Its circles? For the very spirit fails,
Driven like a homeless cloud from steep to steep
That vanishes among the viewless gales!
Far, far above, piercing the infinite sky,
Mont Blanc appears—still, snowy, and serene;
Its subject mountains their unearthly forms
Pile around it, ice and rock; broad vales between
Of frozen floods, unfathomable deeps,
Blue as the overhanging heaven, that spread
And wind among the accumulated steeps;
A desert peopled by the storms alone,
Save when the eagle brings some hunter's bone,
And the wolf tracks her there—how hideously
Its shapes are heap'd around! rude, bare, and high,
Ghastly, and scarr'd, and riven.—Is this the scene
Where the old Earthquake-daemon taught her young
Ruin? Were these their toys? or did a sea
Of fire envelop once this silent snow?
None can reply—all seems eternal now.
The wilderness has a mysterious tongue
Which teaches awful doubt, or faith so mild,
So solemn, so serene, that man may be,
But for such faith, with Nature reconcil'd;
Thou hast a voice, great Mountain, to repeal
Large codes of fraud and woe; not understood
By all, but which the wise, and great, and good
Interpret, or make felt, or deeply feel.

                                     IV

The fields, the lakes, the forests, and the streams,
Ocean, and all the living things that dwell
Within the daedal earth; lightning, and rain,
Earthquake, and fiery flood, and hurricane,
The torpor of the year when feeble dreams
Visit the hidden buds, or dreamless sleep
Holds every future leaf and flower; the bound
With which from that detested trance they leap;
The works and ways of man, their death and birth,
And that of him and all that his may be;
All things that move and breathe with toil and sound
Are born and die; revolve, subside, and swell.
Power dwells apart in its tranquillity,
Remote, serene, and inaccessible:
And this, the naked countenance of earth,
On which I gaze, even these primeval mountains
Teach the adverting mind. The glaciers creep
Like snakes that watch their prey, from their far fountains,
Slow rolling on; there, many a precipice
Frost and the Sun in scorn of mortal power
Have pil'd: dome, pyramid, and pinnacle,
A city of death, distinct with many a tower
And wall impregnable of beaming ice.
Yet not a city, but a flood of ruin
Is there, that from the boundaries of the sky
Rolls its perpetual stream; vast pines are strewing
Its destin'd path, or in the mangled soil
Branchless and shatter'd stand; the rocks, drawn down
From yon remotest waste, have overthrown
The limits of the dead and living world,
Never to be reclaim'd. The dwelling-place
Of insects, beasts, and birds, becomes its spoil;
Their food and their retreat for ever gone,
So much of life and joy is lost. The race
Of man flies far in dread; his work and dwelling
Vanish, like smoke before the tempest's stream,
And their place is not known. Below, vast caves
Shine in the rushing torrents' restless gleam,
Which from those secret chasms in tumult welling
Meet in the vale, and one majestic River,
The breath and blood of distant lands, for ever
Rolls its loud waters to the ocean-waves,
Breathes its swift vapours to the circling air.

                                      V

Mont Blanc yet gleams on high:—the power is there,
The still and solemn power of many sights,
And many sounds, and much of life and death.
In the calm darkness of the moonless nights,
In the lone glare of day, the snows descend
Upon that Mountain; none beholds them there,
Nor when the flakes burn in the sinking sun,
Or the star-beams dart through them. Winds contend
Silently there, and heap the snow with breath
Rapid and strong, but silently! Its home
The voiceless lightning in these solitudes
Keeps innocently, and like vapour broods
Over the snow. The secret Strength of things
Which governs thought, and to the infinite dome
Of Heaven is as a law, inhabits thee!
And what were thou, and earth, and stars, and sea,
If to the human mind's imaginings
Silence and solitude were vacancy?

Percy Bysshe Shelley
(Mont Blanc, 1817)


Versión en castellano

                                        I

La eternidad, que fluye cual la savia en las rosas,
pasa a través del alma y arrastra el oleaje
del universo en ondas tristes o luminosas,
que copian la nostalgia de su eterno viaje;
y van hasta la fuente secreta donde brota
el pensamiento humano, sonoro de delicia,
¡oh manantial sin dueño que apenas una gota
desborda dulcemente si el aire le acaricia!
Como el murmullo leve de un arroyo de plata
se silencia en el bosque salvaje, en la alta sierra,
que asorda, poderosa, la vasta catarata,
y el viento en el hayedo que el corazón aterra;
así se apaga el leve fluir de la conciencia
humana, cuando, llena de soledad, escala
la cima donde junta la nieve su inocencia
y delira entre rocas el agua que resbala.

                                  II

¡Oh torrente del Arve, oscura y honda sima
transida de colores y poblada de ecos;
valle de abetos verdes que caen desde la cima
debajo de las nubes, entre los montes huecos!
¡Oh escena solitaria, trágicamente bella,
por donde rueda el Arve, que encama el misterioso
espíritu del monte que en la nieve sin huella
alza su oculto trono de paz y de reposo!
¡Oh río que en la viva roca te abres camino;
y a través de los valles, desde la limpia cumbre,
te desatas lo mismo que un relámpago alpino
que cruza la tormenta con su espada de lumbre!
Así pasas, ¡oh río!, bajo los pinos verdes
que entre las rocas cuelgan reciamente agarrados,
como arcaicos gigantes que acaso tú recuerdes
haber visto en la infancia de los tiempos pasados.
Los vientos desalados en ellos se recrean;
y los olores beben de su verdor sonoro;
y escuchan de sus ramas la música; y menean
sus hojas silenciosas, que suenan como un coro.
Igual que el arco iris tras la lluvia en el cielo,
la espuma del torrente teje un velo delgado,
y esculpe la cascada la piedra con su vuelo:
la eternidad se escucha cuando todo ha callado;
y un misterioso sueño hace dormir al eco
en las hondas cavernas de donde el Arve arranca
su profundo sonido, como un chasquido seco
que va de cumbre en cumbre sobre la nieve blanca.
¡Tú eres el incesante caminar y la senda
de esta música vaga que jamás se detiene!
¡Empapado de vértigo soy tu propia leyenda,
y si te miro, un soplo divino hasta mí viene!
¡Y parece al mirarte que el corazón te inventa
y tu imagen sustancia de humana fantasía!
¡Mi ser se comunica con el Poder que alienta
en tus hondas entrañas, y su vida es la mía!
¡Mil pensamientos cruzan tu soledad umbría,
y flotan o se posan cual huéspedes divinos
en la dormida gruta que habita mi Poesía,
como un hada que pulsa su lira entre los pinos!
¡Mil pensamientos buscan entre las sombras quietas
fantasmas y visiones de tu callado abismo!...
Pero el viento se lleva sus figuras secretas,
y tú, en cambio, perduras eternamente el mismo.

                                   III

Dicen que resplandores de otro remoto mundo
visitan nuestras almas al dormir; que la muerte
es un sueño habitado, y un vivir más profundo
que nos mantiene en vela para que Dios despierte.
Alzo al cielo los ojos; ¿qué alada omnipotencia
tras el velo se oculta de la muerte y la vida?
¿Sueño acaso y el mundo es solo una apariencia
que en círculos de magia se abre al alma dormida?
¡El espíritu mismo se desmaya y destierra
como nube arrastrada por la fuerza del viento,
que cruza los abismos y hermosamente yerra
hasta hacerse invisible como mi pensamiento!
Allá lejos, muy lejos, coronando de cielo
su serenada nieve, se yergue el Monte Blanco;
su quietud infinita se alza como un anhelo
imperial sobre el pasmo del callado barranco;
sus montañas feudales le rinden pleitesía;
rocas de extrañas formas y cimas que modela
la nieve; valles hondos donde nunca entra el día;
glaciares y congostos donde la luz se hiela;
precipicios azules como el cielo glorioso,
que tuerce entre los valles al nivel de las crestas;
todo en torno a tu mole se agrupa silencioso,
dominado y vencido por tus cumbres enhiestas.
¡Oh desierto que solo la tempestad habita,
y en donde arroja el águila los triturados huesos
del cazador; y el lobo, tras de su huella escrita
en la nieve, aúlla al fondo de los bosques espesos!
¡Cuánto horror amontona tu soledad desnuda!
¡Oh piedra atormentada y espectral cataclismo!
¡Como un planeta en ruinas cubre la nieve muda
la sombra desolada del cielo y del abismo!
¿Jugó un titán contigo? ¿Te bañaste en la aurora
del mundo? ¿Un mar llameante cubrió tu virgen nieve?
Nadie responde. Todo parece eterno ahora;
y el alma, poco a poco, como una flor se embebe.
El desierto nos habla con misterioso acento;
y una trágica duda, cual roedor gusano,
socava la conciencia donde tienen su asiento
la soledad del hombre y el desamparo humano;
pero una fe más dulce, más serena, más alta,
nos reconcilia y hace creer en la belleza;
en las cosas hermosas; en el amor que exalta
y despierta en el hombre su dormida pureza.
¡Tu música, oh montaña, descifra la armonía
del corazón, que late ya más puro que antes;
a las almas egregias brindas tu compañía,
y sus conciencias tomas puras como diamantes!

                                  IV

Los lagos y campiñas; los bosques y el rocío;
el mar; y cuantas cosas vivas el mundo encierra
en su hondo laberinto; la lluvia; el ancho río;
el lívido relámpago que hace temblar la tierra;
los altos vendavales: la feble somnolencia
que en la estación propicia visita a las ocultas
flores; el sueño en vela que teje la inocencia
invisible y futura de las rosas adultas;
el abrirse en el vuelo de su infancia sin peso
que la delgada rama estremece, y sonroja
el compacto sigilo de su color ileso,
como una cosa eterna que luego se deshoja;
las obras y caminos del hombre; cuanto nace
y acaba; cuanto es suyo o puede serlo un día;
cuanto alienta y se mueve y con dolor se hace;
todo muere y revive por infinita vía.
Mas tú habitas aparte, serenado, tranquilo;
remoto, inaccesible Poder; trono de calma;
fragmento de planeta rodeado de sigilo,
donde a soñar aprende su eternidad el alma.
Como vastas culebras que vigilan su presa,
los heleros se arrastran desde el viejo granito
donde una nieve virgen y eternamente ilesa
defiende las fronteras de su reino infinito.
Para despecho y mofa del hombre, el sol y el hielo
han alzado mil torres en su quietud augusta,
y prodigiosamente han almenado el cielo
de la ciudad que duerme sobre la cumbre adusta.
¡Oh ciudad de la muerte silenciosa y torreada
de luz! ¡Oh fiel muralla de hielo inexpugnable!
¡No, ciudad, no!: corriente de muerte desbordada
que arrastra desde el cielo su ruina innumerable.
¡Oh perpetuo sonido de su rodar! ¡Oh abetos
arrancados de cuajo y arrollados cual briznas;
y rotos pinos verdes que en sus ramajes quietos
aún guardan un perfume de calladas lloviznas!
¡Corroída por el tiempo, como del hombre el pecho
por el dolor, la roca, múltiple y despeñada
desde el glaciar remoto, poco a poco ha deshecho
los lindes entre el mundo de la vida y la nada!
¡El reino donde habitan el bruto, la gacela,
los mínimos insectos, la hierba verde, el rojo
pechirrojo dorado que en primavera vuela;
todo a sus plantas yace y es estéril despojo!
Huye el hombre transido de terror; su morada
y su labor son humo desvanecido; rueda
lejos su estirpe eterna, que es al azar llevada
cual flota en la tormenta remota polvareda.
Allá abajo relumbran anchas grutas, de donde
raudos torrentes brotan que su tumulto frío
juntan, y verde espuma que aparece y se esconde
entre secretas piedras hasta formar un río.
¡Y su augusto silencio va sonando a los mares
y atravesando tierras desde la nieve viva;
y en sus aguas se duermen paisajes y pinares,
mientras la espuma corre cual cierva fugitiva!...

                                  V

Todavía relumbra Mont Blanc en la distancia,
afirmando en la tierra su imperial fortaleza
y majestad: luz múltiple; múltiple resonancia;
y mucha muerte y vida dentro de su belleza.
En la penumbra quieta de las noches sin luna,
o en el fulgor absorto del día, cae la nieve
sobre la excelsa cumbre: su soledad ninguna
presencia humana rompe, ni su silencio leve.
Nadie la ve o escucha. Ni cuando el sol retira
su luz y copo a copo la cumbre palidece;
ni en la callada noche que en el silencio gira
y en las estrellas limpias hermosamente crece.
Los vientos se combaten en silencio, empujando
la nieve con su aliento veloz y poderoso;
¡pero siempre en silencio!, y al volar agrupando
los copos en montones de blancor silencioso.
Sobre estas soledades donde nace y habita
el relámpago pasa sin voz, y su sonido
inocente resbala por la cumbre infinita
como niebla que flota sobre el valle dormido.
Te anima, ¡oh cumbre sola!, la Fuerza, la escondida
Fuerza del universo, que el alma humana llena,
y que a su ley eterna mantiene sometida
la anchura de los cielos que en el silencio suena.
Mas ¿dónde tu ribera, tu porvenir en dónde;
y el del mar y las rocas y las altas estrellas,
si tras el sueño humano la soledad no esconde
más que un rumor vacío y un desierto sin huellas?

[Traducción al castellano de Leopoldo Mª Panero]

viernes, 30 de diciembre de 2022

Ode on a Grecian Urn

Dibujo de un grabado del jarrón de Sobisios, John Keats (h. 1819)

                                    I

Thou still unravish'd bride of quietness,
Thou foster-child of silence and slow time,
Sylvan historian, who canst thus express
A flowery tale more sweetly than our rhyme:
What leaf-fring'd legend haunts about thy shape
Of deities or mortals, or of both,
In Tempe or the dales of Arcady?
What men or gods are these? What maidens loth?
What mad pursuit? What struggle to escape?
What pipes and timbrels? What wild ecstasy?

                                  II

Heard melodies are sweet, but those unheard
Are sweeter; therefore, ye soft pipes, play on;
Not to the sensual ear, but, more endear'd,
Pipe to the spirit ditties of no tone:
Fair youth, beneath the trees, thou canst not leave
Thy song, nor ever can those trees be bare;
Bold Lover, never, never canst thou kiss,
Though winning near the goal yet, do not grieve;
She cannot fade, though thou hast not thy bliss,
For ever wilt thou love, and she be fair!

                                 III

Ah, happy, happy boughs! that cannot shed
Your leaves, nor ever bid the Spring adieu;
And, happy melodist, unwearied,
For ever piping songs for ever new;
More happy love! more happy, happy love!
For ever warm and still to be enjoy'd,
For ever panting, and for ever young;
All breathing human passion far above,
That leaves a heart high-sorrowful and cloy'd,
A burning forehead, and a parching tongue.

                                 IV

Who are these coming to the sacrifice?
To what green altar, O mysterious priest,
Lead'st thou that heifer lowing at the skies,
And all her silken flanks with garlands drest?
What little town by river or sea shore,
Or mountain-built with peaceful citadel,
Is emptied of this folk, this pious morn?
And, little town, thy streets for evermore
Will silent be; and not a soul to tell
Why thou art desolate, can e'er return.

                                  V

O Attic shape! Fair attitude! with brede
Of marble men and maidens overwrought,
With forest branches and the trodden weed;
Thou, silent form, dost tease us out of thought
As doth eternity: Cold Pastoral!
When old age shall this generation waste,
Thou shalt remain, in midst of other woe
Than ours, a friend to man, to whom thou say'st,
"Beauty is truth, truth beauty,—that is all
Ye know on earth, and all ye need to know."

John Keats
(Ode on a Grecian Urn, 1819)


Versión en castellano

                                     I

Tú, todavía intacta novia de la quietud,
ahijada del silencio y las lentas edades,
narradora del bosque que así puedes contar
una historia florida mejor que nuestros versos,
¿qué frondosa leyenda envuelve tu figura
con dioses o mortales, o con ambos,
en el Tempe o en los valles de la Arcadia?
¿Qué hombres son, o qué dioses? ¿Qué indómitas doncellas?
¿Qué acoso delirante? ¿Qué afán por escapar?
¿Qué flautas y tambores? ¿Qué arrebato salvaje?

                                  II

Las músicas oídas son dulces; sin embargo,
más lo son las no oídas; tocad, pues, suaves flautas,
no para los sentidos, sino, más deseadas,
tocad para el espíritu canciones silenciosas:
bello muchacho, bajo los árboles no puedes
dejar tu canto, ni ellos se quedarán desnudos;
audaz amante, nunca, nunca podrás besarla,
aunque ya estás muy cerca. Pero no desesperes;
nunca podrá alejarse, y aunque no seas dichoso,
tú serás siempre amante, y ella por siempre hermosa.

                                III

Ah ramaje feliz de hojas nunca perdidas,
jamás la primavera podrá escuchar tu adiós;
ah músico feliz, infatigable,
que tocas para siempre canciones siempre nuevas;
y más feliz amor, y más feliz,
siempre cálido, aún a la espera del gozo,
siempre anhelante y para siempre joven,
más allá del aliento de la pasión humana
que deja el corazón abatido y hastiado,
abrasada la boca y la lengua reseca.

                               IV

¿Quiénes son esas gentes que van al sacrificio?
¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
llevas esa vaquilla que muge hacia los cielos
y cuyos suaves lomos se visten de guirnaldas?
¿Qué pequeña ciudad a la orilla de un río,
o de un mar, o con quieta ciudadela en un monte,
se ha quedado sin nadie esta sacra mañana?
Ciudad pequeña, habrán de seguir silenciosas
tus calles para siempre, y ni un alma vendrá
para decir por qué te has quedado desierta.

                              V

¡Ática forma! Hermosa figura, cincelada
en encaje de mármol con hombres y muchachas,
con ramajes silvestres y pisada maleza;
tú, forma silenciosa, nuestra razón excedes
como lo hace lo eterno. ¡Pastoral impasible!
Cuando el tiempo destruya a esta generación,
tú permanecerás en medio de otras penas,
no las nuestras, diciendo, amiga de los hombres:
«La belleza es verdad, y la verdad belleza. En la tierra,
eso solo sabéis, y es cuanto os hace falta».

John Keats
(Oda a una urna griega, 1819)

[Traducción al castellano de Lorenzo Oliván]

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Soneto CXXX

              Autorretrato, Marie-Geneviève Bouliard (1792)
 
My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.

I have seen roses damasked, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.

I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound;
I grant I never saw a goddess go;

My mistress, when she walks, treads on the ground.
And yet, by heaven, I think my love as rare 
As any she belied with false compare.

William Shakespeare
(Sonnets, 1609)


Versión en castellano


No comparo los ojos de mi amada con soles,
es más rojo el coral que el color de sus labios
y si es blanca la nieve son sus pechos morenos;
si el cabello es de hierro, negro hierro la ciñe.

Sé de rosas de Oriente que son rojas y blancas,
mas no veo estas rosas en lugar de mejillas;
y en algunos perfumes hay delicias mayores
que el aliento que sale de la boca que yo amo.

Me enamora escucharla, y no obstante sé bien
que la música tiene un sonido más dulce;
reconozco que nunca vi el andar de una diosa,

ella cuando camina va pisando la tierra.
Pero, oh cielos, solo ella es así, sin igual,
no como otras burladas por ridículos símiles.

[Traducción al castellano de Carlos Pujol]

lunes, 19 de diciembre de 2022

Soneto CCXX

       Retrato de Juana de Aragón, Rafael Sanzio (h. 1518)

Onde tolse Amor l’oro, et di qual vena,
per far due treccie bionde? e ’n quali spine
colse le rose, e ’n qual piaggia le brine
tenere et fresche, et die’ lor polso et lena?

Onde le perle, in ch’ei frange et affrena
dolci parole, honeste et pellegrine?
onde tante bellezze, et sí divine,
di quella fronte, piú che ’l ciel serena?

Da quali angeli mosse, et di qual spera,
quel celeste cantar che mi disface,
sí che m’avanza omai da disfar poco?

Di qual sol nacque l’alma luce altera
di que’ belli occhi ond’io ò guerra et pace,
che mi cuocono il cor in ghiaccio e ’n fuoco?

Francesco Petrarca
(Canzoniere, siglo XIV)


Versión en castellano

¿Dónde halló Amor el oro, y en qué vena,
para las rubias trenzas? ¿Y en qué espinas
las rosas, y en qué prados las escarchas
frescas que aliento y pulso les dio luego?

¿Dónde las perlas en las que fragua y frena
dulces palabras, castas y excelentes?
¿Dónde tantas bellezas, tan divinas
de esa frente serena más que el cielo?

¿De qué ángeles proviene, y de qué esfera,
el celeste cantar que me deshace
tanto que habrá de deshacerme en poco?

¿De qué sol esa luz excelsa y noble,
de los ojos que paz me dan y guerra,
y en hielo y fuego el corazón consumen?

[Traducción al castellano de Jacobo Cortines]

sábado, 12 de noviembre de 2022

No.m pren així com al petit vailet

                             Invierno, Walter Moras (1910)

No·m pren així com al petit vailet 
qui va cercant senyor qui festa·l faça,
tenint-lo cald en lo temps de la glaça
e fresc d’estiu com la calor se met,
preant molt poc la valor del senyor
e concebent desalt de sa manera,
veent molt clar que té mala carrera
de canviar son estat en major.

Jo són aquell qui en lo temps de tempesta, 
quan les més gents festegen prop los focs, 
e pusc haver ab ells los propis jocs,
vaig sobre neu, descalç, ab nua testa, 
servint senyor qui jamés fon vassall
ne·l venc esment de fer mai homenatge;
en tot lleig fet hagué lo cor salvatge;
solament diu que bon guardó no·m fall.

Plena de seny, lleigs desigs de mi tall. 
Herbes no·s fan males en mon ribatge:
sia entés com dins en mon coratge
los pensaments no·m devallen avall.

Ausiàs March
(h. 1397-1459)

Versión en castellano

No soy como el pequeño servidor
en busca de señor que lo regale,
que le procure abrigo cuando hiela
y lo refresque en el calor de estío;
pues no aprecia el valor de su señor
y da en abominar de sus costumbres;
ve muy claro que lleva mal camino
y que es difícil mejorar su estado.

Yo soy aquel que en tiempo de tormenta,
cuando las gentes huelgan junto al fuego,
pudiendo compartir sus diversiones,
descalzo y sin cubrir voy por la nieve;
sirvo a un señor que nunca fue vasallo
ni rindió pleitesía, y con rebelde
corazón afrontó los actos viles;
solo un buen galardón dice que espere.

Toda cordura, expulso el bajo instinto;
en mi bancal no crece la cizaña,
porque aquí dentro de mi corazón
mis pensamientos no se abaten nunca.

La traducción al castellano de este poema de Ausiàs March se debe a José María Micó.

domingo, 6 de noviembre de 2022

Can vei la lauzeta mover

                  Dehesa, Robert Ducanson (1857)

Can vei la lauzeta mover
de joi sas alas contra. l rai
que s’oblid’ e.s laissa chazer
per la doussor c’al cor li vai,
ai! Tan grans envela m’en ve
de cui qu’eu veya jauzion,
meravilhas ai, car desse
lo cor de de dezirer no.m fon.

Ai, las! Tan cuidava saber
d’amor, e tan petit en sai!
car eu d’amar no.m posc tener
celeis don ja pro non aurai.
Tout m’a mo cor, e tout m’a me,
e se mezei’s e tot lo mon;
e can se.m Tolú, no.m laissez re
mas desirer e cor volon.

Anc non agui de me poder
ni no fui meus de l’or’ en sai
que.m laissez en sos olhs vezer
en un miralh que mout me plai.
Miralhs, pus me mirei en te,
mán mort li sospir de preon,
c’aissi.m perdei com perdet se
lo bels Narcisos en la fon.


Bernart de Ventadorn
(Siglo XII)

Versión al castellano

Cuando veo a la alondra mover
de alegría sus alas contra el rayo de sol,
y se desvanece y se deja caer
por la dulzura que le llega al corazón,
¡ay!, me entra una envidia tan grande
de cualquiera que vea gozoso,
que me maravillo de que al momento
el corazón no se funda de deseo.

¡Ay de mí!, creía saber mucho
de amor, ¡y sé tan poco!,
pues no me puedo abstener de amar
a aquella de quien nunca obtendré ventaja.
Me ha robado el corazón, me ha robado a mí,
y a sí misma y a todo el mundo;
y, cuando me privó de ella, no me dejó nada
más que deseo y corazón anheloso.

Nunca más tuve poder sobre mí,
ni fui mío desde aquel momento
en que me dejó mirar en sus ojos,
en un espejo que me place mucho.
Espejo: desde que me miré en ti,
se me han muerto los suspiros de lo profundo,
porque me perdí de la misma manera
que se perdió el hermoso Narciso en la fuente.

La traducción al castellano de este poema de Bernard de Ventadorn se encuentra en el libro La poesía de los trovadores, edición de Martín de Riquer e Isabel de Riquer, Espasa-Calpe, 2002.
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