jueves, 30 de octubre de 2025

Hijo de la sombra

                       Noche de luna, Soter Jaxa-Małachowski (h. 1930)

Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada de sol adonde quieres,
con un solar impulso, con una luz suprema,
cumbre de las mañanas y los atardeceres.

Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.

El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.

La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.

Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.

La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.

Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.

El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.

El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

Miguel Hernández
(Poemas no incluidos en libro, 1937-1939)

domingo, 26 de octubre de 2025

En el mar hay un cantar

                            Paisaje costero, Horst Bernhard Hacker (1892)

En el mar hay un cantar
verde de silencios grises.
Como tus ojos, el mar,
borrachos de azul en sombra,
cantores de soledad.
¡Ay, qué colores profundos!
Verdes ojos, verdes mar;
azul de silencios grises,
en el mar hay un cantar.

Marina Romero
(Poemas A, 1935)

miércoles, 22 de octubre de 2025

Así, las manos dobladas

           Retrato de mujer, Frederick Carl Frieseke (1930)

Así, las manos dobladas
sobre el delantal bordado,
los ojos sin horizontes
y el corazón desatado,
me iré quedando dormida
en la noche de verano.
Ni el más ligero desvelo
doblará el encaje blanco.
Solo el corazón perdido
por el camino más largo.
En el silencio, la sombra
aviva el lirio exaltado.
Solo el corazón perdido
su voz de plata cantando.
Toda la noche en la falda
quietas, dobladas, las manos.
Sin horizontes, los ojos
el sueño los fue cerrando.
Pero el corazón, inútil,
como un reloj, desvelado.

Josefina de la Torre
(Poemas de la isla, 1930)

sábado, 18 de octubre de 2025

Voy a erguirme sin túnica ante tus ojos claros

                     Reflejos, Frederick Carl Frieseke (h. 1909)

Voy a erguirme sin túnica ante tus ojos claros
que persiguen sin verme un sueño irrealizable,
quiero alzar ante ti mi desnudez intacta
como una ofrenda inútil que nunca aceptarás.

Seré tuya en silencio. Tus manos abstraídas
ignorantes del don que ha de colmar sus palmas,
se detendrán en mí, advirtiéndome apenas,
entre el vivo relumbre de un espejismo ignoto.

Me poseerás ajeno, ausente de tu abrazo,
tendido hacia otro rumbo de frágiles riberas
mientras te doy mi vida impetuosa y pura
en el breve cristal de un momento sin gloria.

Ernestina de Champourcín
(Cántico inútil, 1936)

martes, 14 de octubre de 2025

La dulce música

         La música de la fuente, Henry Ryland (h.1890)

Fuente, desgrana tu pena
en esta tarde azulada.
Rima tu copla encantada
en esta tarde serena.

Bella amiga, mi hada buena,
di tu mágica balada.
¡Canta tu dulce tonada
que es toda de gracia llena!

Y la fuente me escuchó;
y su romance cantó
en el suave atardecer.

Y cada gota caía
como divina harmonía
en el fondo de mi ser.

Elisabeth Mulder
(La canción cristalina, 1928)

viernes, 10 de octubre de 2025

Kermesse

                    En el prado de Nagybánya, János Thorma (1870-1937)

En la alegre kermesse del verano,
las margaritas rifan el amor
sobre el verde tapete del prado.
Sí, no –sí, no–
mientras, como un patín,
tu corazón
resbala por mi llanto.
Sí, no –sí, no–
Ruleta de la ilusión,
ruleta del desencanto.

María Luisa Muñoz de Buendía
(Bosque sin salida, 1934)

lunes, 6 de octubre de 2025

Nadadora

                                  En la playa, Wilhelm Simmler (h. 1914)

Mis brazos:
los remos.

La quilla:
mi cuerpo.
Timón:
mi pensamiento.

(Si fuera sirena,
mis cantos
serían mis versos.)

Concha Méndez
(Inquietudes, 1926)

lunes, 29 de septiembre de 2025

En el infierno había un violoncello

                       Arroyo en el bosque II, Antonin Hudeček (h. 1941)

En el infierno había un violoncello
entre el café y el humo de pitillos
y cien aulas con libros amarillos
y nieve y sangre y barro por el suelo.

Pero tú, resguardada por el velo
de tus cristales de lucientes brillos,
pasabas, seria y pura, en los sencillos
compases de tu fe y de tu consuelo.

Algunas veces fuimos de la mano
por las venas del bosque y las cornejas
peinaron la melena a nuestras almas.

Si hoy nos separa el Ábrego inhumano,
no llores mi amistad mientras te alejas:
entrega al viento el talle de tus palmas.

Rosa Chacel
(A la orilla de un pozo, 1936)

lunes, 22 de septiembre de 2025

Poema en el agua

                                     Luz de luna, Winslow Homer (1874)
                              
Tus manos iban a una caza
de estrellas partidas
pero ellas te burlaban
escurriéndose entre tus dedos abiertos.
Las palabras, como pájaros,
se ahogaban en el agua.
Pasaba la brisa
—adioses de abanico en nuestras frentes—
Tenías un aire desmayado
que te iba bien.
Músicas colgaban de tus labios.
¿Y por qué no había de ser
esta noche
nuestro viaje a la luna?
¡Oh! ¡No tendríamos más que dejarnos caer!

Lucía Sánchez Saornil
(Poema publicado en la revista Grecia, n. XX, 30 de Junio de 1919)

domingo, 7 de septiembre de 2025

Ten esperanza

                         Camino de El Paular, Enrique Simonet (h. 1921)

¿Lo comprendes? Lo has comprendido.
¿Lo repites? Y lo vuelves a repetir.
Siéntate. No mires hacia atrás. ¡Adelante!
Adelante. Levántate. Un poco más. Es la vida.
Es el camino. ¿Que llevas la frente cubierta de sudores, con espinas, 
      con polvo, con amargura, sin amor, sin mañana?...
Sigue, sigue subiendo. Falta poco. Oh, qué joven eres.
Qué joven, qué jovencísimo, qué recién nacido. Qué ignorante.
Entre tus pelos grises caídos sobre la frente brillan tus claros ojos 
      azules,
tus vividos, tus lentos ojos puros, allí quedados bajo algún velo.
Oh, no vaciles y álzate. Álzate todavía. ¿Qué quieres? 
Coge tu palo de fresno blanco y apóyate. Un brazo a tu lado quisieras. 
      Míralo.
Míralo, ¿no lo sientes? Allí, súbitamente, está quieto. Es un bulto 
      silente.
Apenas si el color de su túnica lo denuncia. Y en tu oído una palabra no 
      pronunciada.
Una palabra sin música, aunque tú la estés escuchando.
Una palabra con viento, con brisa fresca. La que mueve tus vestidos 
      gastados.
La que suavemente orea tu frente. La que seca tu rostro,
la que enjuga el rastro de aquellas lágrimas.
La que atusa, apenas roza tu cabello gris ahora en la inmediación de la 
      noche.
Cógete a ese brazo blanco. A ese que apenas conoces, pero que 
      reconoces.
Yérguete y mira la raya azul del increíble crepúsculo,
la raya de la esperanza en el límite de la tierra.
Y con grandes pasos seguros, enderézate, y allí apoyado, confiado, solo,
échate rápidamente a andar...

Vicente Aleixandre
(Historia del corazón, 1954)

lunes, 1 de septiembre de 2025

Apuntes

                                      Olivar, Vincent Van Gogh (1889)

                  I

Desde mi ventana,
¡campo de Baeza,
a la luna clara!
¡Montes de Cazorla,
Aznaitín y Mágina!
¡De luna y de piedra
también los cachorros
de Sierra Morena!

                II

Sobre el olivar,
se vio a la lechuza
volar y volar.
Campo, campo, campo.
Entre los olivos,
los cortijos blancos.
Y la encina negra,
a medio camino
de Úbeda a Baeza.
                                   [...]

                IV

Sobre el olivar,
se vio a la lechuza
volar y volar.
A Santa María
un ramito verde
volando traía.
¡Campo de Baeza
soñaré contigo
cuando no te vea!

Antonio Machado
(Nuevas canciones, 1917-1930)

lunes, 4 de agosto de 2025

El otro dolor

                                     Otoño, Miguel Rius (tomado de https://miguelrius.es).

A veces, sentado, después de la larguísima jornada, en el largo camino, 
     me tiento y casi te reconozco.
Dentro estás, dormida allí, madre mía, desde hace tantos años,
tendida, amorosamente sepultada, intacta en tus bordes.
Y ando, y no se me nota. Y digo, y tampoco.
Como el casco de una metralla que incrustado en el ser allí vive y, 
     quedado, no se conoce,
así a veces tú, queda en mí, dentro de mi vivir me acompañas.
Pero muevo esta mano, y no te recuerdo.
Y pronuncio unas palabras de amor para alguien, y parece que lo que 
     allí dentro está no las roza cuando las exhalo.
Y sigo y camino, y padezco y me afano,
siempre yo estuche vivo, caja viva de tu dormir, que mudo en mí llevo.

Pero a veces he sufrido y camino de prisa, y he tropezado y rodado, 
      y algo me duele.
Algo que llevo dentro, aquí, ¿dónde?, en tu sereno vivir en mi alma, 
     que blando se queja.
Oh, sí, cómo te reconozco. Aquí estás. ¿Te he dolido?
Hemos caído, hemos rodado juntos, madre mía serena, y solo te siento 
     porque me dueles.
Me dueles tú como una pena que mitigase otra pena,
como una pena que al aflorar anegase.
Y tu blando dolor, como una existencia que me hiciese bajar la cabeza 
     hacia tu sentimiento,
se reparte por todo yo y me consuela, oh madre mía, oh mi antigua y mi 
     permanente, oh tú que me alcanzas.
Y el otro dolor agudo, el del camino, el lacerante que me aturdía,
blandamente se suaviza como si una mano lo apaciguase,
mientras todo el ser anegado de tu blanda caricia de pena
es conciencia de ti, caja suave de ti, que me habitas.

Vicente Aleixandre
(Historia del corazón, 1954)

El artista Miguel Rius Gese (fotógrafo, pintor, escultor, viajero incansable) rescató la casa de Miraflores de la Sierra en la que Vicente Aleixandre escribió muchos de sus versos. Los creadores de este blog hemos tenido el privilegio de habitar esa casa durante unas horas y recordar al poeta con Miguel y su encantadora familia.

viernes, 1 de agosto de 2025

Tiempo de amor

                         Amalfi, Rudolf André (h. 1920)

Este tiempo de amor nunca termine.
No lo empañe el olvido con su óxido;
debe quedar intacto hasta la muerte
lo que nació inmortal como el sonido.

Este tiempo de luz alguien lo salve;
lo arranque alguien de este precipicio
al que se aboca ya desde que alienta.
Que alguien corte la amarra y vaya suelto
del tiempo, a la deriva, hasta la playa donde
no lo fulmine el rayo a pesar suyo,
no lo desgaste el tiempo como a un día.

Luis Feria
(Conciencia, 1962)

sábado, 5 de julio de 2025

Siempre será mi amigo

             Camino en una mañana de invierno, George Clausen (h. 1923)

Siempre será mi amigo no aquel que en primavera
sale al campo y se olvida entre el azul festejo
de los hombres que ama, y no ve el cuero viejo
tras el nuevo pelaje, sino tú, verdadera

amistad, peatón celeste, tú, que en el invierno
a las claras del alba dejas tu casa y te echas
a andar, y en nuestro frío hallas abrigo eterno
y en nuestra honda sequía la voz de las cosechas.

Claudio Rodríguez
(Conjuros, 1958)

sábado, 28 de junio de 2025

En un principio

            Patio andaluz con niños, Manuel García y Rodríguez (1906)

    En un principio era mi madre,
caverna tibia y redondeada,
cuna de carne florecida,
rincón bañado de pulsaciones,
cascada de sábanas almidonadas.
    Y en un principio era mi padre,
huerto de helechos bajo la luna,
sangre clara de amor en las ventanas
contra su cuello de lumbre.
Entonces le crecí, ramazón suave,
como un vientre intenso
sobre su vientre.
    Y la vida me despertó
en el país lejano del suelo
con el olor que brota de los troncos
y las manos que descuelgan ropa en los patios,
cuando la lluvia revienta
sobre octubre,
caballo inmenso y desbocado.

Ana Istarú
(Poemas para un día cualquiera, 1977)

martes, 24 de junio de 2025

Dafne

     Apolo y Dafne, Armand Point (1919)

Que tu luz no me busque, Apolo, porque soy una hoja
que vive con el viento.
Toda la savia es
una caricia blanda,
tengo verdes los brazos de besarme en las ramas,
de mirar en las sombras el cristal desvaído de mi cuerpo.
Los helechos me abren su corazón de agua,
poseo dos mil lunas ganadas al ocaso,
los tilos, el espliego, la frescura
de todos los diamantes que se mueren de frío,
las lianas que adornan
la libertad, el talle, las avenas,
mis pestañas, las rosas, los pedernales tiernos de los frutos,
las blancas mariposas donde beben su plata las raíces,
donde el bosque se espesa de semillas y muerte.
No deseo tu fuego, adoro la ceniza que es espora del trigo
y no quiero otro rayo que el resplandor redondo en las 
         naranjas,
el cenit que atomiza la techumbre calada de los árboles,
los troncos como dioses,
las auroras cebadas en su vientre de polen solitario.
Es inútil que corras, porque este paraíso que fecundan tus ojos
me pertenece ya, es la textura
del fondo de mi carne
                                         y crezco vegetal
desde la dermis al vello más oscuro donde duermen los 
          mundos,
es inútil que corras, inútil que me alcances,
porque tengo las plantas
vaciadas en la tierra
                                     y el laurel
es ya un triunfo de oro en mi cabeza.

Juana Castro
(Paranoia en otoño, 1985)

viernes, 20 de junio de 2025

A un muchacho

                      Playa de Waikiki, David Howard Hitchcock (1896)

Entre la espuma y la marea
se levanta su espalda
cuando la tarde ya
iba cayendo sola.

Tuve sus ojos negros, como hierbas,
entre las conchas brunas del Pacífico.

Tuve sus labios finos
como una sal hervida en las arenas.

Tuve, en fin, su barbilla de incienso
bajo el sol.

Un muchacho del mundo sobre mí
y los cantares de la Biblia
modelaron sus piernas, sus tobillos
y las uvas del sexo
y los himnos pluviales que nacen de su boca
envolviéndonos sí como a dos nautas
enlazados al velamen incierto del amor.

Entre sus brazos, vivo.
Entre sus brazos duros quise morir
como un ave mojada.

Nancy Morejón
(Piedra pulida, 1986)

lunes, 16 de junio de 2025

Afrodita

          Jardín de la casa familiar, Joaquín Sorolla (1920)

Y está triste
como una silla abandonada
en la mitad del patio azul
Los pájaros la rodean
Cae una aguja
Las hojas resbalan
sin tocarla.
    Y está triste
en mitad del patio
con la mirada baja
los pechos alicaídos
dos palomas tardas
Y un collar
sin perro
en la mano

                 Como una silla vacía.

Cristina Peri Rossi
(Diáspora, 1976)

jueves, 12 de junio de 2025

La enamorada

               Puerto de Sörnäinen, Victor Westerholm (1893)

esta lúgubre manía de vivir,
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió.

enviarás mensajes, sonreirás,
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado.

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

Alejandra Pizarnik
(La última inocencia, 1956)

domingo, 8 de junio de 2025

Micro-poemas

                      Muchacha con espejo, Walt Kuhn (1928)


Eros.

Dios innegable y único
de las sábanas.


Chopin.

Lágrima dulce y pálida del alma
y un embrujo de nardos en el aire.

Dadá.

Flor de flores Dadá
en locomotoras de lívidos vuelos
fugando noche locura vino
huraña luna sin sol viajera.

El espejo.

Mano en fiebre espectral
burilando en la sombra
la imagen fugitiva
del rostro sin pasado.

Ileana Espinel
(Arpa salobre, 1966)
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