lunes, 21 de octubre de 2024

El abuelo

                             Vejez y juventud, Teodor Axentowicz (h. 1900)

El abuelo descansa
sobre una piedra dura.
Es primavera y nota,
por el trasiego de aves,
que los trigos encañan
en los campos del páramo.
Mira a lo alto y respira:
ni una nube en el cielo
que asombre la esperanza
de una buena cosecha.
El abuelo parece
jugar con las palomas
e inquietas golondrinas
le coronan la frente.
Está a gusto a la fresca
tibieza de la brisa
que mueve los escasos
árboles de la plaza.
El abuelo ha olvidado
los nombres de los pájaros,
él que tan bien sabía
los nombres de las hierbas,
los nombres de las fuentes,
cómo se llama el niño
que jugaba con los juncos.
Ha olvidado su nombre.
El cementerio, lejos,
le espera con paciencia.
Ciprés y jaramagos
coronarán su frente.

Mariluz Escribano Pueo
(El corazón de la gacela, 2015)

jueves, 17 de octubre de 2024

San Poeta Labrador

                                   El segador, Hans Olde (1893)

Yo era poeta labrador.
Mi campo era amarillo y áspero.
Todos los días yo sudaba
y lloraba para ablandarlo.
Tras de los bueyes, lentos, firmes,
iba la reja de arado.
Mis surcos eran largos, hondos.
(Mis versos eran hondos, largos.)
Por el otoño lo sembraba
sin desmayar, año tras año.
Iba un puñado de belleza
por cada puñado de grano.
Y un puñadito de verdad.
(Esto sin que lo viera el amo.)

Año tras año lo segaba
bajo los fuegos del verano:
de hambre y dolor era la siega,
de hambre y de dolor y desengaño.
Por san poeta labrador,
a mediados del mes de mayo,
cuando en la Iglesia Catedral
arden las velas del milagro,
me arrodillé sobre la piedra
antes de que cantara el gallo
y estuve así, reza que reza,
la frente humilde, en cruz los brazos.
A Dios el Padre, a Dios el Hijo
y a Dios el Espíritu Santo,
con toda urgencia les pedía
que nos echaran una mano.

Pedía por todos los buenos,
por los que dicen que son malos.
Por los sordos con buen oído,
y por los ciegos de ojos sanos.
Por los soldaditos de plomo
y por el plomo de los soldados.
Por los de estómago vacío
y por los curados de espanto.
Por los niños del culo al aire
y por las niñas de ojos pasmados.
Por las madres de pechos secos
y por los abuelos borrachos.
Por los caídos en la nieve,
por los quemados del verano,
por los que duermen en la cárcel,
por los que velan en el páramo,
por los que gritan a los vientos,
por los que callan asustados,
por los que tienen sed y esperan
y por los desesperanzados.
Ardientemente, largas horas,
estuve así pidiendo, orando.

Con las rodillas desolladas,
sabor a incienso en mis labios,
yo, San Poeta Labrador,
cuando ya el Sol estaba en alto,
salí en el nombre de Dios Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo,
con ojos anchos de esperanza,
salí al encuentro del milagro.
(Ángeles a la tarea
sobre mi tierra arando, arando.
Bajo la sombra de sus alas,
altas espigas, rubio grano.
Pan de justicia para todos.
Amor y paz desenterrados.)
Miré. Miré. Los ángeles no estaban.
Inmóviles los bueyes, solo el campo.

Dejé secar la sangre en mis rodillas.
Miré de frente y empuñé el arado.

Ángela Figuera Aymerich
(Belleza cruel, 1958)

lunes, 14 de octubre de 2024

Uva

                        Vendimia, Franz von Matsch (h. 1942)

Milenaria historia
      te trae hasta nosotros
múltiple fruto
      grávido de dulces zumos.
Cuántas frentes coronaron,
      cuántos tirsos adornaron
tus verdes pámpanos...
      Cuántas ávidas bocas
no saciaron
      tus jugosos racimos...
Cuántos vinos corrieron
      por el río del tiempo...
Uva clara
      diáfana jaspeada tinta
             verde rojiza morada,
de ambarina transparencia
             o de oscura opaca y densa
opulencia;
        don misterioso de un dios 
para una sed que se apaga.

Alaíde Foppa
(Guirnalda de Primavera, 1966)

jueves, 10 de octubre de 2024

La lluvia

Bajo los Tilos con vistas a la Puerta de Brandenburgo, Lesser Ury (h. 1920)

¿Cómo sería la lluvia
si no fuera de aroma,
de recuerdo,
             de nube,
de color
             y de llanto?

¿Cómo se oiría la lluvia,
si no brillara intensa,
             pálida,
                          azul,
                                    violeta,
relámpago,
             arco iris
de olores y esperanzas?

¿Cómo daría la lluvia su olor,
su gris perfume,
si no fuera aquel ritmo,
aquella voz,
              el canto,
eco lejano,
              el viento,
una escala de ensueños?

¿Cómo sería la lluvia,
si no fuera su nombre?

Elena Martín Vivaldi
(Durante este tiempo, 1972)

lunes, 7 de octubre de 2024

Me vuelvo a los caminos

          Huerta en Eragny una mañana nublada, Camille Pissarro (1901)

Ya tomé la costumbre de hablarme cada día,
de remover las cosas menudas de mi tiempo,
cuando mañanas limpias me llenaban los ojos
de sorpresas tan nuevas.

Qué bien dispuesta el alba de pájaros y alondras
para que el duerme-vela se poblara de trinos
y, con el sol naciente, se saliera a los campos
dejando la pereza para siestas de cobre.
Cuando el toldo del patio se me tornasolaba
como una gran escama de aquel pez de los cielos.

Aireo en la memoria los pequeños sucesos
que guardan las celdillas de un girasol de infancia
con música primera, campanillas, cristales,
y el agua, ¡siempre el agua!

Hoy vuelvo a los caminos, a los huertos de entonces,
por veredas de sierra,
por lagartos sin prisa con un estar antiguo
de cuaternario tiempo…

Pasan los cisnes-nubes navegando la altura,
los pájaros sin nombre, porque ignorar es bueno
para pulsar misterios allá sobre lo azul.

Me salieron al encuentro perros siempre sin amo,
pordioseros errantes, 
labriegos y hortelanos terrosos de faena.
Gente de encrucijada bajo el sol y la sombra.

Me voy, me voy a los caminos,
a la libre andadura ignorante del tiempo.

Concha Lagos
(Para empezar, 1963)

domingo, 29 de septiembre de 2024

Porque te besé carillo

       Amantes al pie de un sauce, Camille Pissarro (a. 1903)

Porque te besé, carillo,
me riñó mi madre a mí:
torna el beso que te di.

Anónimo
(Siglo XV)

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Tal vai o meu amigo

                         Ciervos en Oak Grove, Albert Bierstadt (h. 1875)

–Tal vai o meu amigo
con amor que lh'eu dei
come cervo ferido
de monteiro del-rei.

Tal vai o meu amigo, 
madre, con meu amor
come cervo ferido
de monteiro maior.

E se el vai ferido,
irá morrer al mar;
si fará meu amigo,
se eu d'el non pensar.

–E guardade-vos, filha,
ca já un atal vi
que se fez coitado 
por guaanhar de mi.

E guardade-vos, filha, 
ca já un vi atal
que se fez coitado 
por de min guaanhar.

Pero Meogo
(Siglos XIII-XIV)

Versión en castellano de Un poema cada día

–Así va mi amigo
con amor que le di
como ciervo herido
del montero del rey.

Así va mi amigo,
madre, con mi amor
como ciervo herido
del montero mayor.

Y si él va herido,
irá a morir al mar,
así hará mi amigo,
si no pienso en él más.

–Ay guardaos, hija,
que a un tal conocí
que se fingió penado
por ganarme a mí.

Ay guardaos, hija,
que conocí a un tal
que se fingió penado
para a mí ganar.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Ya mamma, meu-l-habibe

                 En la terraza, Frederick Arthur Bridgman (1886)

Ya mamma, meu-l-habibe
Bais e no más tornarade.
Gar ké fareyo, ya mamma:
¿No un bezyello lesarade?

Anónimo
(Siglo XI)

Traducción al castellano de Un poema cada día


Madre, mi amigo
se va y no volverá.
Dime qué hare, madre:
¿ni un besito dejará?

sábado, 14 de septiembre de 2024

Sobre una carta de John Keats

      Una casa en Devon, Alfred de Breanski (1852-1928)

Un dios por quien jurar. El buen tiempo (supongo).
La salud. Muchos libros. Un paisaje de Friedrich.
La mente en paz. Tu cuerpo desnudo en la terraza.
Un macizo de lilas donde rezar a Flora.
Dos o tres enemigos y dos o tres amigos.
Todo eso junto es la felicidad.

Luis Alberto de Cuenca
(Por fuertes y fronteras, 1996)

lunes, 22 de julio de 2024

Ven en el viento

                        Vista costera, Alfred Thompson Bricher (1837-1908)

En el lagar pequeño de mi mano
zumo de esquilas y naranjos tengo.
La vida se derrama por mis brazos.
Ven en el viento.

En el ala sombría de mi nuca
rumor de algas y de voces dejo.
Te abrirán los caminos de mi alma.
Ven en el viento.

Largos suspiros pasan. Me sacuden.
Y mis hojas son pájaros huyendo.
El tiempo va de huida y pisa y tala.
Ven en el viento.

Julia Uceda
(En el viento hacia el mar, 2003)

sábado, 29 de junio de 2024

Los molinos de velas

                              El Zaan en Zaandam, Claude Monet (1871)

Ellos, siempre tres, son tus ángeles costeros. 
Los tres grandes molinos que te vuelan,
se arrebatan de sol, giran ebrios de azul,
salobres velas
en las manos del viento que te baña. 

Molinos que en el campo son navíos
y que aquí, ya veleros anclados, te aureolan.
¡Cuánto barco en tu pueblo de oleajes,
derramándose el campo en blancos lienzos! 

Agua dulce en la tierra de sembrados,
agua y sol en tus límites extremos.
Ellos giran y giran; remos, jarcias,
sin timón –que eres tú–, sobre los cielos.

Carmen Conde
(Los poemas del Mar Menor, 1962)

lunes, 24 de junio de 2024

Qué altos

             Balcón en París, Gustave Caillebotte (1881)

¡Qué altos
los balcones de mi casa!
Pero no se ve la mar.
¡Qué bajos!

Sube, sube, balcón mío,
trepa el aire, sin parar:
sé terraza de la mar,
sé torreón de navío.

–¿De quién será la bandera
de esa torre de vigía?

–¡Marineros, es la mía!

Rafael Alberti
(Marinero en tierra, 1925)

jueves, 20 de junio de 2024

Qué más da

               El Puente Nuevo al amanecer, Gustave Camille Cariot (1905)

Qué más da el sol que se pone o el sol que se levanta,
La luna que nace o la luna que muere.

Mucho tiempo, toda mi vida, esperé verte surgir entre las nieblas monótonas.
Luz inextinguible, prodigio rubio como la llama;
Ahora que te he visto sufro, porque igual que aquellos
No has sido para mí menos brillante,
Menos efímero o menos inaccesible que el sol y la luna alternados.

Mas yo sé lo que digo si a ellos te comparo,
Porque aun siendo brillante, efímero, inaccesible,
Tu recuerdo, como el de ambos astros,
Basta para iluminar, tú ausente, toda esta niebla que me envuelve.

Luis Cernuda
(Los placeres prohibidos, 1931)

domingo, 16 de junio de 2024

Poeta soy

                 La carta de amor, George Lawrence Bulleid (1911)

Dolor del mundo entero que en mi dolor estalla,
hambre y sed de justicia que se vuelven locura;
ansia de un bien mayor que el esfuerzo apresura,
voluntad que me obliga a ganar la batalla.

Sueño de toda mente que mi mente avasalla,
miel de amor que en el pecho es río de dulzura;
verso de toda lengua que mi verso murmura,
miseria de la vida que mi vergüenza calla.

Poeta soy… y vengo, por Dios mismo escogida,
a soltar en el viento mi canto de belleza,
a vivir con más alto sentido de nobleza,

a buscar en la sombra la verdad escondida.
¡Y las fuerzas eternas que rigen el destino
han de volverme polvo si equivoco el camino!

Claudia Lars
(Estrellas en el Pozo, 1934)

miércoles, 12 de junio de 2024

Madrigal de las once

   Vista de la bahía de Nápoles, Carl Frederik Aagaard (h. 1871)

Desnudas han caído
las once campanadas.

Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.

                                           La mañana
ha roto su collar desde la torre.

En los troncos, se rascan las cigarras.

Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
               quieta,
                           tu sombrilla blanca.

Dámaso Alonso
(Poemas puros. Poemillas de la ciudad, 1921)

domingo, 9 de junio de 2024

El viajero

             Sauces junto al Escalda, Guillaume Van Strydonck (1861-1937)

...Y, de pronto, el viajero
surgió. Sobre el sendero
sus pies dejaban pálido,
fosforente reguero.

Vio mi mano en oferta,
y dijo: –¿Es para mí?–
(Yo no sé si despierta
o en ensueños le oí).

...Extasiado, mirándole
los ojos, se lo di...
¡Poder no pensar,
poderse abandonar,
como el pétalo al viento,
como al fuego el sarmiento,
como la astilla al mar!

Caminito escondido
Caminito escondido
que te embozas en sombra
y con grama te alfombras,
y al silencio haces nido:

Caminito escondido:
eres humilde y breve,
y tu surco es muy leve
entre el bosque tupido.

Medio sol de mañana,
un poquito de luna,
un hilo de fontana,
son toda tu fortuna...

¡Poco tienes, sendero
enflecado de sauces,
mas tú sabes, camino,
que breve, pobre, austero,
en sombra, eres el cauce
de un designio divino.

También yo sé, camino
que, aunque corto y umbroso,
te vio el dolor celoso
y el amor adivino;

que alguna vez, acaso,
pudo encontrarte al paso
el hada de la suerte,

y que, en noche sombría
o en el claror del día,
te sabrá hallar la muerte!

Josefina Plá
(El precio de los sueños, 1934)

miércoles, 5 de junio de 2024

Adelina de paseo

              El parasol verde, Guy Rose (1911)

La mar no tiene naranjas, 
ni Sevilla tiene amor.
Morena, qué luz de fuego.
Préstame tu quitasol.

Me pondrá la cara verde,
–zumo de lima y limón–,
tus palabras –pececillos–
nadarán alrededor.

La mar no tiene naranjas.
Ay, amor.
¡Ni Sevilla tiene amor!

Federico García Lorca
(Canciones, 1921-1924)

viernes, 31 de mayo de 2024

Una música oscura, temblorosa

                  Farol japonés, Oda Krohg (1886)

Una música oscura, temblorosa,
cruzada de relámpagos y trinos,
de maléficos hálitos, divinos,
del negro lirio y de la ebúrnea rosa.

Una página helada, que no osa
copiar la faz de inconciliables sinos.
Un nudo de silencios vespertinos
y una duda en su órbita espinosa.

Sé que se llamó amor. No he olvidado,
tampoco, que seráficas legiones
hacen pasar las hojas de la historia.

Teje tu tela en el laurel dorado,
mientras oyes zumbar los corazones,
y bebe el néctar fiel de tu memoria.

Rosa Chacel
(A la orilla de un pozo, 1936)

martes, 21 de mayo de 2024

Paisaje

         Orillas del Epte en Êragny al atardecer, Camille Pissarro (1897)

Desde lejos escucho tu voz que resuena en este campo,
confundida con el sonido de este agua clarísima que desde aquí contemplo;
tu voz o juventud, signo que siempre oigo
cuando piso este verde jugoso siempre húmedo.

No calidad de cristal,
no calidad de carne, pero ternura humana,
espuma fugitiva, voz o enseña o unos montes,
ese azul que a lo lejos es siempre prometido.

No, no existes y existes.
Te llamas vivo ser,
te llamas corazón que me entiende sin que yo lo sospeche,
te llamas quien escribe en el agua un anhelo, una vida,
te llamas quien suspira mirando el azul de los cielos.

Tu nombre no es el trueno rumoroso que rueda
como solo una cabeza separada del tronco.
No eres tampoco el rayo o súbito pensamiento
que ascendiendo del pecho se escapa por los ojos.

No miras, no, iluminando ese campo,
ese secreto campo en el que a veces te tiendes,
río sonoro o monte que consigue sus límites,
frente a la raya azul donde unas manos se estrechan.

Tu corazón tomando la forma de una nube ligera
pasa sobre unos ojos azules,
sobre una limpidez en que el sol se refleja;
pasa, y esa mirada se hace gris sin saberlo,
lago en que tú, oh pájaro, no desciendes al paso.

Pájaro, nube o dedo que escribe sin memoria;
luna de noche que pisan unos desnudos pies;
carne o fruta, mirada que en tierra finge un río;
corazón que en la boca bate como las alas.

Vicente Aleixandre
(La destrucción o el amor, 1935)

jueves, 16 de mayo de 2024

Cines

                              Vestíbulo de cine, Andrew Stevovich (2008)

La ventana pantalla cinemática
reproduce su película inmortal
en los espejos.

           La cinta se fragmenta a cada paso
y se barajan los episodios
Los actores son siempre distintos.

           Tú y yo actores anónimos
un día pasaremos ante el objetivo

                        La calle llena el cuarto
                        Los espejos acuarios
                        fluyen sus aguas turbias.

                        Encendemos las baterías.
                        El cuarto se va por los espejos

A toda luz mis palabras-reflectores
proyectan en tus ojos
un film sentimental.

Lucía Sánchez Saornil
(Poema publicado en la revista Ultra, n. 3, Febrero 1921)

martes, 7 de mayo de 2024

Recital

                                    Vista de la bahía, Juan Gris (1921)

Por las noches el mar vuelve a mi alcoba
y en mis sábanas mueren las más jóvenes olas

No se puede dudar
del ángel volandero
ni del salto de agua          corazón de la pianola

La mariposa nace del espejo
y a la luz derivada del periódico
yo no me siento viejo

Debajo de mi lecho
                                   pasa el río
y en la almohada marina
cesa ya de cantar el caracol vacío

Gerardo Diego
(Manual de espumas, 1924)

viernes, 3 de mayo de 2024

Mi camino tiene una luz

  Bosque en primavera, Carl Frederik Aagaard (e. 1851y 1895)

Mi camino tiene una luz,
–hay un pajarito cantando en un pino–.
Voy caminando hacia la luz,
–hay una ranita cantando en la acequia–.
Me acerco y se agranda la luz,
–hay una chiquilla cantando en la fuente–.
¿Adónde me lleva esta luz?
–Hay un lucerito cantando en la noche–.
¡Me prende en su fuego la luz!
–Hay una voz nueva cantando en mi oído–.

Josefina de la Torre
(Versos y estampas, 1927)

martes, 30 de abril de 2024

Amor a una mañana

                       Paisaje primaveral, Peder Mørk Mønsted (1893)

Mañana, mañana clara:
¡Si fuese yo quien te amara!

Paso a paso en tu ribera,
Yo seré quien más te quiera.

Hacia toda tu hermosura
Mi palabra se apresura.

Henos sobre nuestra senda.
Déjame que yo te entienda.

¡Hermosura delicada
Junto al filo de la nada!

Huele a mundo verdadero
La flor azul del romero.

¿De tal lejanía es dueña
La malva sobre la peña?

Vibra sin cesar el grillo
A su paciencia me humillo.

¡Cuánto gozo a la flor deja
Preciosamente la abeja!

Y se zambulle, se obstina
la abeja. ¡Calor de mina!

El grillo ahora acelera
Su canto. ¿Más Primavera?

Se pierde quien se lo pierde.
¡Qué mío el campo tan verde!

Cielo insondable a la vista:
Amor es quien te conquista.

¿No merezco tal mañana?
Mi corazón se la gana.

Claridad, potencia suma:
Mi alma en ti se consuma.

Jorge Guillén
(Cántico, 1928)

sábado, 27 de abril de 2024

Laxitud

Interior con mujer en una silla de mimbre, Pierre Bonnard (1920)

La tarde gris y triste me agobia,
tengo sueño;
estiro lentamente
mis dos brazos abiertos
que se prenden al aire;
quieren cazar el tiempo,
aprisionarlo pronto,
robarle su secreto,
deshacer bruscamente sus límites estrechos.
Quiero llorar: no sé;
quiero reír: no puedo.
Los deseos
se estrellan contra la inexorable inercia
del silencio;
sobre mi corazón rueda grávido el peso
de la existencia toda.
Al fin me desperezo.
Logro romper el cerco
del malsano sopor,
pero apenas lo venzo
ya me torna a invadir
quedamente su tedio.
Luego...
Ya no sé más;
suspiro,
me paseo,
exprimo el tormentoso
lagar de mi cerebro,
destilo el elixir de su inquietud
en mi pecho...
Sujeto en mi memoria
repite el pensamiento;
la tarde gris y triste me agobia,
¡tengo sueño!...

Ernestina de Champourcín
(En silencio, 1926)

martes, 23 de abril de 2024

El agua que está en la alberca

                           Chopos en el Epte, Claude Monet (h. 1900)

El agua que está en la alberca
y el verde chopo son novios
y se miran todo el día
el uno al otro.
En las tardes otoñales,
cuando hace viento, se enfadan:
el agua mueve sus ondas,
el chopo sus ramas;
las inquietudes del árbol
en la alberca se confunden
con inquietudes de agua.
Ahora que es la primavera,
vuelve el cariño; se pasan
toda la tarde besándose
silenciosamente. Pero
un pajarillo que baja
desde el chopo a beber agua,
turba la serenidad
del beso con temblor vago.
Y el alma del chopo tiembla
dentro del alma del agua.

Pedro Salinas
(Presagios, 1924)

viernes, 19 de abril de 2024

Ser

                                      Perfume, Luigi Russolo (1910)

Ser.
Fábrica de ideas.
Fábrica de sensaciones.
¡Revolución de todos
los motores!

Ser y ser.
Energía continua.
Dinamismo.
Evolución.

Así siempre.
Y cerca de los astros.

¡Ser!

Concha Méndez
(Surtidor, 1928)

domingo, 14 de abril de 2024

Abril

  Chopos en Moret-sur-Loing una tarde de agosto,  Alfred Sisley (a. 1899)

–El chamariz en el chopo. 
–¿Y qué más?
–El chopo en el cielo azul. 
–¿Y qué más?
–El cielo azul en el agua. 
–¿Y qué más?
–El agua en la hojita nueva. 
–¿Y qué más?
–La hojita nueva en la rosa. 
–¿Y qué más?
–La rosa en mi corazón. 
–¿Y qué más?
–¡Mi corazón en el tuyo!

Juan Ramón Jiménez
(Baladas de primavera, 1907)

jueves, 11 de abril de 2024

Canción quechua

            El corazón de los Andes, Frederic Edwin Church (1826-1900)

Donde fue Tihuantisuyo,
nacían los indios.
Llegábamos a la puna
con danzas, con himnos.

Silbaban quenas, ardían
dos mil fuegos vivos.
Cantaban Coyas de oro
y Amautas benditos.

Bajaste ciego de soles,
volando dormido,
para hallar viudos los aires
de llama y de indio.

Y donde eran maizales
ver subir el trigo
y en lugar de las vicuñas
topar los novillos.

¡Regresa a tu Pachacamac,
En Vano Venido,
Indio loco, Indio que nace,
pájaro perdido!

Gabriela Mistral
(Ternura,1924)

miércoles, 3 de abril de 2024

En un jardín te he soñado

        En el jardín, Childe Hassam (a. 1935)

    En un jardín te he soñado,
alto, Guiomar, sobre el río,
jardín de un tiempo cerrado
con verjas de hierro frío.
    Un ave insólita canta
en el almez, dulcemente,
junto al agua viva y santa,
toda sed y toda fuente.
    En ese jardín, Guiomar,
el mutuo jardín que inventan
dos corazones al par,
se funden y complementan
nuestras horas. Los racimos
de un sueño –juntos estamos–
en limpia copa exprimimos,
y el doble cuento olvidamos.
    (Uno: Mujer y varón,
aunque gacela y león,
llegan juntos a beber.
El otro: No puede ser
amor de tanta fortuna:
dos soledades en una,
ni aun de varón y mujer.)

Antonio Machado
(Nuevas canciones, 1917-1930)

domingo, 31 de marzo de 2024

Ya no

Jacques Martin-Ferrières en Marquayrol, Henri-Jean Guillaume Martin (1910)

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.

Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.

No volverá a tocarte.

No te veré morir.

Idea Vilariño
(Poemas de amor, 1957)

jueves, 28 de marzo de 2024

Fuera menos penado si no fuera

                   En el jardín, Henri-Jean Guillaume Martin (h. 1900)

Fuera menos penado, si no fuera
nardo tu tez para mi vista, nardo,
cardo tu piel para mi tacto, cardo,
tuera tu voz para mi oído, tuera.

Tuera es tu voz para mi oído, tuera,
y ardo en tu voz y en tu alrededor ardo,
y tardo a arder lo que a ofrecerte tardo
miera, mi voz para la tuya, miera.

Zarza es tu mano si la tiento, zarza,
ola tu cuerpo si lo alcanzo, ola,
cerca una vez, pero un millar no cerca.

Garza es mi pena, esbelta y negra garza,
sola como un suspiro y un ay, sola,
terca en su error y en su desgracia terca.

Miguel Hernández
(El silbo vulnerado, 1943-1935)

lunes, 25 de marzo de 2024

El remanso

Río en un bosque de hayas y anémonas blancas, Peder Mørk Mønsted (1898)

Río cansado se acogió a la sombra
de los árboles dulces..., de los árboles
serenos que no tienen que correr…
Y allí se quedó en gracia de recodo.

Ya está el remanso. Mínimas raíces
lo fijan a la orilla de su alma:
Reflejando las luces y las sombras,
se duermen con un sueño sin distancias…

Es mediodía: Por el cielo azul
una paloma pasa…
El río está tan quieto
que el gavilán, oculto entre las ramas,
no sabe ya por un instante
dónde tender el vuelo con la garra:
Si al fino pájaro del aire
o al pájaro, más fino aún, del agua…

Dulce María Loynaz
(Juegos de agua, 1947)

viernes, 22 de marzo de 2024

Poema mariposa

                      El murmullo del mar, Delphin Enjolras (1865-1945)

En el aire estaba
impreciso, tenue, el poema.
Imprecisa también
llegó la mariposa nocturna,
ni hermosa ni agorera,
a perderse entre biombos de papeles.
La deshilada, débil cinta de palabras
se disipó con ella.
¿Volverán ambas?
Quizás, en un momento de la noche,
cuando ya no quiera escribir
algo más agorero acaso
que esa escondida mariposa
que evita la luz,
como las Dichas.

Ida Vitale
(Procura de lo imposible, 1998)

domingo, 25 de febrero de 2024

Malagueñas

                       Sevilla. El baile, Joaquín Sorolla (1915)

Yo pensaba haber cogido
la naranja y el azahar...
Con hacer leña del tronco
me tuve que contentar.

No solo canta el que canta, 
que también canta el que llora...
No hay penita ni alegría
que se quede sin su copla.

Han alargado tu calle,
que ahora llega hasta la plaza,
y antes no llegaba más 
que a la puerta de tu casa.

Ya te lo decía yo
que aquello se acabaría:
que en la casa de los pobres
dura poco la alegría.

Manuel Machado
(Cante hondo, 1912)

sábado, 17 de febrero de 2024

Frescas guirnaldas de rosas

                          El beso, Francesco Hayez (1859)

                          MARÍA
Frescas guirnaldas de rosas
en los arcos colocad;
cubrid de lirios el suelo
y mi cámara adornad
con manojos de claveles
y con ramos de azahar,
que mi amor regresa y gusta
entre flores reposar. [...]
¡Don Pedro!

                           PEDRO
                       ¡Doña María,
felices ojos que van
a verte después de tantas
horas que ciegos están! [...]

                           MARÍA
¡Mi corazón va a romperse
de tanta felicidad!
¿Cómo llegasteis tan pronto?

                           PEDRO
Un deseo de mirar
tus pupilas, de sentirte
entre mis brazos temblar
me acometió de repente...
Volví rienda a mi alazán...
Nadie sabe mi partida
ni nadie me ha visto entrar... [...]

                           MARÍA
¡Oh dulces verdades y tiernas mentiras!
¡Qué alegres mis manos en tus manos presas!
Se apagan mis ojos si tú no los miras;
se secan mis labios si tú no los besas...
A tu lado todo de gozo florece...
¡Viéndome en tus ojos recobro la calma,
porque al verme en ellos, señor, me parece
que miro mi alma dentro de tu alma!

Francisco Villaespesa
(Doña María de Padilla, 1913)

domingo, 11 de febrero de 2024

Las violetas

Jóvenes recogiendo flores junto a un río, John William Waterhouse (1909)

Esmaltan el contorno entero de la fuente,
Y son cual pebeteros que aroman la corriente.
Recogiéndolas sufro por la glotona pena
De que no quepan todas en mi canasta llena.

Allí las plantó un mago para que cada moza
Que llene en esas fuentes sus ánforas de loza
Sienta la tentación de prenderlas al seno
Como en un raro búcaro opulento y moreno.

¿Quieres tú una? Aspírala. ¡Si parecen de miel
Y dejan largo rato su perfume en la piel!
Exprímela en los labios. ¡Qué picante sabor!

Juraría que guarda cada cáliz, amor.
Tal vez por eso un mago las plantó allí en la fuente
Para hacer algún filtro con la clara corriente.

Juana de Ibarbourou
(Las lenguas de diamante, 1919)

jueves, 1 de febrero de 2024

Adiós a las vistas

            Lago de Lugano desde el puente Tresa, Janus la Cour (1875)

No guardo rencor a la primavera
por haber vuelto.
No la culpo
de cumplir con sus deberes
año tras año.

Comprendo que mi tristeza
no detendrá el verdor.
Si la hierba vacila
se debe solo al viento.

No me duele que los alisos
inclinados sobre el agua
vuelvan a tener con que susurrar.

Acepto de buen grado
que —como si aún vivieras—
la orilla de cierto lago
siga tan bella como antes.

No les reprocho a las vistas
las vistas a una bahía
deslumbrada por el sol.

Incluso soy capaz de imaginar
que unos no-nosotros
están en este momento sentados
en el tronco caído de un abedul.

Respeto su derecho
al bisbiseo, a la risa
y al silencio feliz.

Incluso les supongo
por amor unidos,
y que él la rodea
con un brazo vivo.

Algo súbito, algo pajaril
cruje entre el juncal.
De corazón les deseo
que lo oigan.

No pido cambios
a las olas de la orilla,
ora ágiles, ora perezosas,
que, a mí, no me obedecen.

No exijo nada
del remanso del bosque,
ya esmeralda,
ya zafiro,
ya negro.

Solo con un detalle no me conformo.
Con mi propio regreso al lugar.
Con el privilegio de la presencia.
Presento mi renuncia.

No he vivido más que tú,
sino solo lo bastante
para pensar de lejos.

Wisława Szymborska
(Fin y principio, 1993)

[Traducción de Ana Mª Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski]

sábado, 27 de enero de 2024

Los cisnes

                  Un lago en Long Island, William Merritt Chase (1890)

                                               I

    ¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores?
    Yo te saludo ahora como en versos latinos
te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.
Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos,
y en diferentes lenguas es la misma canción.
    A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez...
Soy un hijo de América, soy un nieto de España...
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez. 
    Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas
den a las frentes pálidas sus caricias más puras, 
y alejen vuestras blancas figuras pintorescas
de nuestras mentes tristes las ideas oscuras.
    Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,
se mueren nuestras rosas, se agostan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas.
    Nos predican la guerra con águilas feroces,
gerifaltes de antaño revienen a los puños,
mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,
ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.
    Faltos de los alientos que dan las grandes cosas,
¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?
A falta de laureles son muy dulces las rosas,
y a falta de victorias busquemos los halagos.
    La América española como la España entera
fija está en el Oriente de su fatal destino;
yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera
con la interrogación de tu cuello divino.
    ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?
    He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros, 
que habéis sido los fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el estertor postrero de un caduco león...
    ...Y un Cisne negro dijo: «La noche anuncia el día».
Y uno blanco: «¡La aurora es inmortal, la aurora
es inmortal!» ¡Oh tierras de sol y de armonía,
aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!

Rubén Darío
(Cantos de vida y esperanza, 1905)

miércoles, 10 de enero de 2024

XXV

Dama elegante con un ramo de rosas, Émile Vernon (1872-1920)

Cuando en la noche te envuelven
las alas de tul del sueño
y tus tendidas pestañas
semejan arcos de ébano,
por escuchar los latidos
de tu corazón inquieto
y reclinar tu dormida
cabeza sobre mi pecho,
             diera, alma mía,
             cuanto poseo, 
             ¡la luz, el aire
             y el pensamiento!

Cuando se clavan tus ojos
en un invisible objeto
y tus labios ilumina
de una sonrisa el reflejo,
por leer sobre tu frente
el callado pensamiento 
que pasa como la nube
del mar sobre el ancho espejo,
            diera, alma mía,
            cuanto deseo,
            ¡la fama, el oro,
            la gloria, el genio!

Cuando enmudece tu lengua
y se apresura tu aliento,
y tus mejillas se encienden
y entornas tus ojos negros,
por ver entre sus pestañas
brillar con húmedo fuego
la ardiente chispa que brota
del volcán de los deseos,
            diera, alma mía,
            por cuanto espero,
            la fe, el espíritu,
            la tierra, el cielo.

Gustavo Adolfo Bécquer
            (Rimas, 1871)

sábado, 6 de enero de 2024

Oriental

                        Vista de La Alhambra, Louis Gurlitt (1812-1897)

Corriendo van por la vega
a las puertas de Granada
hasta cuarenta gomeles
y el capitán que los manda.

Al entrar en la ciudad,
parando su yegua blanca,
le dijo este a una mujer
que entre sus brazos lloraba:

"Enjuga el llanto, cristiana;
no me atormentes así;
que tengo yo, mi sultana,
un nuevo Edén para ti.

Tengo un palacio en Granada,
tengo jardines y flores,
tengo una fuente dorada
con más de cien surtidores;

y en la vega del Genil
tengo parda fortaleza,
que será reina entre mil
cuando encierre tu belleza;

y sobre toda una orilla
extiendo mi señorío;
ni en Córdoba ni en Sevilla
hay un parque como el mío.

Allí la altiva palmera
y el encendido granado,
junto a la frondosa higuera,
cubren el valle y collado;

allí el robusto nogal,
allí el nópalo amarillo,
allí el sombrío moral
crecen al pie del castillo.

Y olmos tengo en mi alameda
que hasta el cielo se levantan,
y en redes de plata y seda
tengo pájaros que cantan.

Sultana serás si quieres,
que, desiertos mis salones,
está mi harén sin mujeres,
mis oídos sin canciones.

Yo te daré terciopelos
y perfumes orientales;
de Grecia te traeré velos
y de Cachemira, chales.

Yo te daré blancas plumas
para que adornes tu frente:
más blancas que las espumas
de nuestros mares de Oriente;

y perlas para el cabello,
y baños para el calor,
y collares para el cuello;
para los labios… ¡amor!"

"¿Qué me valen tus riquezas
–respondiole la cristiana–,
si me quitas a mi padre,
mis amigos y mis damas?

Vuélveme, vuélveme, moro,
a mi padre y a mi patria,
que mis torres de León
valen más que tu Granada".

Escuchóla en paz el moro,
y manoseando su barba,
dijo, como quien medita
(en la mejilla, una lágrima):

"Si tus castillos mejores
que nuestros jardines son,
y son más bellas tus flores,
por ser tuyas, en León,

y tú diste tus amores
a alguno de tus guerreros,
hurí del Edén, no llores:
vete con tus caballeros".

Y dándola su caballo
y la mitad de su guardia,
el capitán de los moros
volvió en silencio la espalda.

José Zorrilla
(Poesías, 1837)

martes, 2 de enero de 2024

Cenicientas las aguas, los desnudos

                 Lluvia en Mont Plaisant, Albert Marquet (1944)

Cenicientas las aguas, los desnudos
árboles y los montes cenicientos;
parda la bruma que los vela y pardas
las nubes que atraviesan por el cielo;
triste, en la tierra, el color gris domina,
            ¡el color de los viejos!

De cuando en cuando de la lluvia el sordo
           rumor suena, y el viento
           al pasar por el bosque
           silba o finge lamentos
tan extraños, tan hondos y dolientes
que parece que llaman por los muertos.

Seguido del mastín, que helado tiembla,
          el labrador, envuelto
en su capa de juncos, cruza el monte;
          el campo está desierto,
y tan solo en los charcos que negrean
del ancho prado entre el verdor intenso
posa el vuelo la blanca gaviota,
          mientras graznan los cuervos.

          Yo desde mi ventana,
que azotan los airados elementos,
regocijada y pensativa escucho
          el discorde concierto
          simpático a mi alma...
          ¡Oh, mi amigo el invierno!,
mil y mil veces bien venido seas,
mi sombrío y adusto compañero.
¿No eres acaso el precursor dichoso
del tibio mayo y del abril risueño?

¡Ah, si el invierno triste de la vida,
como tú de las flores y los céfiros,
también precursor fuera de la hermosa
y eterna primavera de mis sueños...!

Rosalía De Castro
(En las orillas del Sar, 1884)
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